Bohemio pero abstemio, de Ramón Boldú.

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Ramón Boldú debe de ser un golfo de cuidado. Luego dirán del Vázquez, pero éste no se queda atrás. Afortunadamente, es historietista y no banquero o juez del tribunal supremo, porque de lo contrario sería para echarse a llorar. Más aún.

Pero no, es un golfo simpático, para qué engañarnos. Un buenazo inofensivo, o al menos eso es lo que se desprende de la lectura de Bohemio pero abstemio, la primera obra de Boldú que leo. Una obra que lleva la autobiografía —que por cierto, van tres entradas seguidas sobre cómics autobiográficos— a nuevas cotas de ingenio y patetismo. Boldú tiene casi menos piedad con su propia persona que Joe Matt, aunque no tenga mucho que ver el estilo del uno con el de otro. Boldú parece dibujar a línea tirada, con un cubata en la mano libre y en calzoncillos, sin plantearse demasiados problemas formales. El resultado a nivel gráfico es un poco confuso. En la mayor parte de las páginas el equilibrio entre texto y dibujo salta por los aires a favor del primero, hasta el punto de que la lectura se vuelve muy farragosa. Y sin embargo, de alguna manera funciona. No es un cómic para devorar, porque cansa, pero leído a capítulos resulta enriquecedor y divertido a partes iguales.

Boldú captura la vida con humor y alegría, e incluso cuando nos cuenta sucesos de su vida bastante chungos, lo hace con sano cachondeo y la convicción de que nada es para tanto. Al fin y al cabo, pese a todo, lo que no puede negársele es que ha vivido la vida a tope, comiéndosela a bocados y sin privarse de nada. Bohemio pero abstemio es una especie de “Historia sexual de la transición”, en la que queda perfectamente retratada una época de contradicciones y choques ideológicos, de cambios en todos los aspectos. La liberación sexual y moral son lo que queda cuando la reivindicación política se hace, aparentemente, innecesaria: el mejor ejemplo es el Lib, revista de tías en bolas en la que trabaja Boldú que copa buena parte del protagonismo de este tebeo.

Dibujante competente que además cambia de registro con una facilidad insultante, cambiando de viñeta a viñeta según le convenga, Boldú tiene además, escribiendo, mucha gracia. Más de una y más de dos veces he soltado la carcajada ante alguna escena, y siempre se lo va pasando uno bien si, como digo, se toma la lectura con calma. Boldú no tiene ningún reparo en contar sus vergüenzas y las de sus familiares, ligues y compañeros de trabajo —lo de Julián Lago es simplemente partiente—, e incluso cuando cuenta algo chungo, como toda la trama del ex de su segunda mujer, que quiere quitarles al hijo de ésta, te acabas riendo.

Aparte de lo bien que traslada al lector a aquella época loca, lo que más me ha gustado es el diálogo constante que mantiene Boldú con el lector, refiriéndose a nosotros y haciéndonos conscientes del proceso de creación siempre con recursos muy simpáticos: “esto no lo dibujo porque no tiene gracia”, “esto me lo salto porque no me acuerdo bien”. Boldú está dibujando un tebeo transparente, al que se le ven las bambalinas, en el que se dibuja dibujando muchas veces y reflexionando sobre su profesión.

En fin, ya digo, divertido. No me ha parecido un cómic excelente pero me ha interesado mucho lo que cuenta, por la época, y cómo lo cuenta. Y al menos con Boldú los detractores de la autobiografía no podrán decir aquello de que su vida es un coñazo o que simplemente no cuenta nada…

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