Rosalie Blum, de Camille Jourdy.

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Aunque ya tiene un tiempo, no he podido leer Rosalie Blum hasta hace bien poco. Era una serie que me llamaba la atención pero a la que, por el motivo de siempre, el presupuesto, se había quedado fuera de mis compras. Menos mal que está ahí la fiel biblioteca pública, siempre al rescate. Y una vez leída, el veredicto es que ni fu ni fa.

No voy a decir que sea un mal tebeo, porque no lo es. Camille Jourdy es buena. Tiene un dibujo muy moderno, bonito, con un aire a Sfar en algunos momentos, y su narrativa ágil y clara no está reñida con una estructura voluble y una composición siempre mutable, lo que ayuda mucho a que el lector se sorprenda continuamente y nunca se aburra. No escribe mal, tampoco. Y tiene una sensibilidad propia, una manera personal de contar las cosas. ¿Por qué no me ha gustado, entonces?

Supongo que el asunto está en que ni he conectado totalmente con la historia ni me convence cómo la desarrolla. El argumento gira en torno a tres personajes. El anodino Vincent, la melancólica Rosalie Blum y su sobrina Aude, una nini en toda regla tendente a la depresión. El primer tomo cuenta cómo Vincent comienza a seguir a Rosalie a escondidas, como si de un acosador se tratara, simplemente porque le provoca una sensación extraña y magnética. El punto de partida ya es de por sí algo flojo, o a mí así me lo ha parecido, pero además, el desarrollo es un tanto frío, sin garra, demasiado lento. Es una historia convencional, en el que sobresalen algunas escenas que, curiosamente no tienen que ver con la trama principal de Vincent y Rosalie. El segundo tomo es, sin embargo, el que dota de sentido al primero, porque es en realidad la misma historia contada desde Rosalie. Vemos desde otro punto de vista las mismas escenas, u otras que sólo son mencionadas en el primer volumen. Los dos forman un todo compacto, complementándose de una manera que recuerda un poco a lo que hacía Alan Moore en Watchmen en algunas secuencias. Salvando las distancias, claro, para empezar porque lo que quiere hacer Jourdy no es tan obsesivo, pero también porque se le va la mano en algún momento de forma que es un pelo obvio que están pasando cosas que luego se explicarán; concretamente tuve esa sensación cuando se ve a Aude al final del primer tomo espiando a Vincent.

Y el caso también es que tras leer el primer tomo y empezar con el segundo y ver que el foco del narrador cambiaba de personaje, me monté una película yo solo que me gustaba bastante: me imaginaba una serie de tomos en los que cada protagonista era perseguidor y perseguido al mismo tiempo y en la que íbamos conociendo a cada vez más personajes que completaran un fresco enorme y una historia mucho mayor. Lo que hace Jourdy en los dos primeros volúmenes pero a lo bestia, vamos. Evidentemente, ella no tiene la culpa de las movidas que yo me monte en mi cabeza, pero aun así creo que la conclusión de la historia es excesivamente convencional, además de que la tercera y última parte rompe la estructura e impide que sea redonda. Se juega al espejo para luego cerrar tramas de una manera bastante previsible, especialmente en lo que respecta a Aude y Vincent, que se ve venir de lejos.

Entre los personajes, que deberían ser el principal atractivo de una historia así, hay de todo, pero en general les falta gancho. Vincent es gris porque tiene que serlo, y funciona bien así. Pero Rosalie Blum no me dice nada, no me interesa. Para cuando se resuelve el misterio de su pasado, en el epílogo, ya lo he olvidado —el único valor que tiene ese epílogo es saber por qué Vincent estaba fascinado por ella—. Aude, de los tres protagonistas, me parece que es el que más vale, aunque no deja de ser un estereotipo. Entre los secundarios, hay de todo, pero en general van de lo intrascendente —el primo de Vincent— a lo excesivamente exagerado —la troupe de amigos de Aude, innecesariamente surrealista—, salvando, eso sí, a la madre de Vincent, que me parece un personaje genial.

Todo esto no significa que no se lea con agrado Rosalie Blum. Es sólo que el resultado final me parece irregular, y que los aciertos, que los tiene, quedan empañados por convencionalismos y fallos —así los veo yo, aunque pueden ser simplemente decisiones narrativas que no comparto— que se acumulan especialmente en la conclusión. Pero el viaje es entretenido, sobre todo el segundo tomo, en el que el lector juega a completar el puzzle propuesto en el primero.

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