Fantastic Four #24, de Stan Lee y Jack Kirby.

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Ando estos días leyendo el tercer volumen de los Fantastic Four Masterworks, o sea, los números 21 a 30 de la serie original. Todavía estoy un poco lejos de los mejores momentos de la etapa de Stan Lee y Jack Kirby, los que todos los aficionados recuerdan: la llegada de Galactus, Pantera Negra, los Inhumanos, This man… this monster! Pero yo de momento estoy fascinado con un episodio hoy completamente olvidado: el Fantastic Four #24, The Infant Terrible! Esto ya no es ni sense of wonder ni bigger than life: va más allá, es puro delirio y desenfreno, del que recuerda al de las historias de ciencia ficción de los cincuenta pero con el melodrama de un Lee desatado y el dibujo de un Kirby cada vez más cómodo en la serie. Esto no es una historia de superhéroes, o no necesariamente. Es casi una anacronía, un último coletazo de una manera de hacer tebeos que estaba desapareciendo a favor de otra con la que Lee, Kirby y el resto iban a escribir páginas de oro.

No sé si por estar muy cercana la lectura del magnífico Four Color Fear, pero el caso es que ahora mismo estoy especialmente sensible a estas historias que no tienen ni pies ni cabeza pero cuyos autores no tienen ni miedo ni vergüenza para llevarlas a sus últimas consecuencias. Y eso que probablemente The Infant Terrible! fue una solución de emergencia para salir al paso un mes en el que no habría una idea mejor. Se ve muy claro además que fue una anomalía en la vertiginosa evolución de la serie hacia el modelo final del género: está entre un enfrentamiento contra el Doctor Muerte y una espectacular historia de dos números en la que el grupo se enfrenta a Hulk, con el primer gran enfrentamiento entre éste y la Cosa.

Ahí en medio esta historia no pintaba nada. Pero qué más da, en serio. Es puro oro. ¿Argumento? Un extraterrestre aparece en medio de Nueva York y empieza a hacer de todo, desde crear un robot gigante que se duplica cuando le golpean, a hacer un laberinto en medio de un cruce, o hacer surgir un grifo de helado en una pared de ladrillos. Como antes lo había sido el Hombre Milagro, el extraterrestre es omnipotente, y los Cuatro Fantásticos no saben qué hacer contra él. El show empieza desde que vemos al propio extraterrestre, cuyo diseño es bestial: un bicho verde con ojos de insecto, ventosas y dos trompetillas en la cabeza por la que lanza los rayos con los que canaliza su poder. Y vestido, siguiendo el patrón Kirby de la moda, con una especie de armadura fucsia. Pronto se descubre que por su forma de comportarse tiene que ser un niño, que simplemente se está divirtiendo.

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La cosa se difunde por la televisión, y a un jefe mafioso que está viendo las noticias no se le ocurre otra cosa que mandar a sus chicos a traerle el extraterrestre… armados con helados y piruletas. La viñeta en la que el extraterrestre viaja en el coche de la mafia comiendo helado es una de las más extrañas que dibujó Kirby en su vida, y mira que está el listón alto.

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Mientras, Reed Richards se imagina lo que puede llegar a hacer el alien: reducir de tamaño todo lo que haya sobre la faz de la tierra, jugar con los planetas, y finalmente coger el sol para jugar con él. Los otros tres miembros del grupo se van cagando leches a intentar detener al extraterrestre antes de que la arme, pero Reed decide quedarse en su laboratorio.

El alienígena mientras se divierte a costa de sus nuevos amigos mafiosos, cuyo jefe se acaba hartando y está a punto de pegarle un tiro. En esto llegan la Antorcha, la Cosa y la Chica Invisible y barren el suelo con los incautos mafiosos, lo que enfada bastante al extraterrestre. Acaba volviendo a Nueva York, muy cabreado, para liarla más gorda todavía, según nos acercamos al clímax; antes, Reed ha descubierto, con el intrincado método de mirar mucho rato por su telescopio, el cual Lee se asegura de dejar claro que es muy potente, pero no tanto como el de Monte Palomar —en plena carrera espacial, a ver quién es el guapo que hace de menos a la NASA, aunque sea un genio como Mr. Fantástico— una nave clavadita a las de La guerra de los mundos a la que le da un toque para que bajen a la Tierra a buscar al chiquillo, que sigue a lo suyo haciendo una barrabasada tras otra.

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Y ahí llegamos al momentazo del tebeo: el pequeño extraterrestre se fija en el sol tal y como predijo el genio de Reed Richards, y se dispone a cogerlo con sus propias manos… y entonces lo detiene su padre, que acaba de llegar.

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Todo el sistema solar a punto de irse por el desagüe en una viñeta, así como quien no quiere la cosa, sin avisar, en un número de relleno cuyo antagonista, que yo sepa, no ha vuelto a aparecer jamás. Éstos eran los años locos de Marvel, en los que todo era posible, en los que hasta una historia como ésta, de compromiso, era derroche de imaginación y puro delirio. Qué más da que Lee no tuviera ni puñetera idea de ciencias o que al número siguiente nadie recordara la destrucción causada por el alien. Éstos no eran tebeos para pensar, sino para dejarse llevar. Por eso digo que The Infant Terrible! es una anomalía, porque las historias de Marvel ya tiraban por otros derroteros, acercando a sus personajes a la calle, al realismo, según lo entendía Lee, ojo, que siguió sin tener nunca ni puñetera idea de ciencias, ni ganas de tenerla.

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