Special Exits, de Joyce Farmer.

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Joyce Farmer fue una autora underground en los setenta, una feminista militante, como Trina Robbins. Pasado aquello, desapareció del mundo de los tebeos, podría pensarse que para siempre. Pero no. Vuelve ahora, tras trabajar en una graphic memoir de doscientas páginas durante trece años, en la que cuenta los últimos cuatro años de vida de su padre y la segunda esposa de éste, y su relación con ellos. Y lo hace con una sensibilidad abrumadora. Es, simplemente, el mejor retrato de la vejez que he leído nunca.

Special Exits muestra el día a día de dos ancianos, con todo lo que eso conlleva. No es un relato cursi o edulcorado: Farmer no omite los choques lógicos que se tienen con una persona de esa edad, el conflicto generacional, las dudas, las molestias que ocasionan a su única hija. Pero las expone con mimo, con un cariño infinito. Ahí están esas “rarezas de viejo” que todos hemos visto o vemos en nuestros familiares ancianos. El miedo a los médicos, las excentricidades en el comer, o cosas como cortar la parte superior de los calcetines nuevos porque aprietan. Pero también está capturado, con aterrador realismo, el hecho mismo de envejecer, de morirse. Primero con Rachel, la segunda mujer de Lars, que fallece antes que él, perdiendo la cabeza por el camino. Una lozana anciana de ochenta años, gordita y sonriente, se convierte en una cáscara vacía que aún sigue siendo ella pero que al mismo tiempo ya no lo es, y lo hace delante de nuestros ojos, viñeta a viñeta, gracias al dibujo preciso de Farmer, un dibujo que es cierto que tarda en entrar pero que pronto se torna “invisible”, en el sentido de que estamos tan dentro de la historia que es como si no estuviera dibujada. Lo mismo puede decirse de la planificación de página, blindada durante todo el tebeo: dos por cuatro viñetas en todas las páginas, sin permitirse Farmer más innovación que la de eliminar el marco de alguna viñeta de tanto en tanto.

Todo esto está al servicio de un fin: que el lector viva realmente esos cuatro años como propios. Special Exits abruma y absorbe, fascina y repele. Estamos mirando nuestro futuro, estamos viviendo el fin de nuestros días a través de Rachel y Lars, que representan dos tipos diferentes de morir. La primera inconsciente, convertida de nuevo en una niña pequeña, como si fuera hacia atrás de vuelta a la no existencia; la de Lars, consciente, lenta, asumida con una entereza escalofriante, pero llena de la frustración de ser capaz cada vez de hacer menos cosas, o sentir como tu propio cuerpo te traiciona, o cómo la cabeza deja de funcionar como debe. Todo nos sacuden sin tremendismo, sin buscar el impacto inmediato, pero con total efectividad.

Porque, una vez más, el cómo es tan importante como el qué se cuenta. Farmer evita deliberadamente subrayar las cosas y presentar los dramas como tales escogiendo qué herramientas narrativas usa. La voz del narrador es mínima y neutra, limitada a las didascalias que informan de elipsis temporales Las viñetas tienen todas el mismo tamaño, ninguna destaca; como en Maus, jamás hay primeros planos directos. Tampoco utiliza apenas transiciones entre viñetas de las que Scott McCloud denomina “momento a momento”, lo que evita mostrar al mismo personaje en momentos sucesivos y por tanto recrearse en su sufrimiento o reacciones. Los acontecimientos se explican por si solos, nada los recalca, sólo los diálogos entre personajes. No se explica o justifica nada a posteriori, desde el presente en el que trabaja la autora, simplemente se muestra lo que sucedió, el desarrollo de la vida. Por supuesto, la autora influye en el discurso, escogiendo qué muestra y qué no y dando su visión, eligiendo los momentos que retrata, ya que al fin y al cabo es una obra personal, no un documental. Pero Farmer el juicio final lo deja siempre al lector.

Y por todo esto, tienen más valor los momentos sobrecogedores de Special Exits, que los tiene. El mejor, quizás, cuando Lars se prueba un traje nuevo y piensa que será con el que lo entierren. Pero, en realidad, el tebeo funciona tan bien por la fuerza que le imprime Farmer —aún mayor si somos conscientes de que ella misma se acerca ya a la edad que tenían sus padres al morir— y el ritmo sincopado, lleno de saltos en el tiempo, construyendo lentamente un retrato vital de dos personas que se enfrentan al fin de sus días, que engancha brutalmente al lector, sea cual sea su edad, aunque tengo la seguridad de que Special Exits tendrá diferentes lecturas a lo largo de mi vida: no puede afectarme igual con treinta que con sesenta.

Sin duda el mejor cómic que he leído en lo que va de año, en serio. Una obra redonda, a la que no puedo encontrarle ninguna mancha. Es perfecta tal y como está concebida, y se pega a uno durante varios días, sin que pueda evitarse pensar en Lars, Rachel y su hija, y en todo lo que hay contenido en las páginas de Special Exits, aún inédita en España, aunque espero que no por mucho tiempo.

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