The X-Men, de Roy Thomas, Neal Adams y otros.

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En 1969, The X-Men moría sin remedio. Una serie claramente secundaria dentro de los esquemas de la editorial, con dos series de grupo por delante de ella, Fantastic Four y The Avengers, y el leitmotiv de la banda de mutantes, el odio racial, más bien desaprovechado desde que Stan Lee lo planteara en su última saga, la primera aparición de los Centinelas. Ni siquiera la presencia del guionista estrella emergente, Roy Thomas, el sucesor de Lee, parecía ayudar a remontar el vuelo, quizás porque el baile de dibujantes y guionistas no ayudó demasiado. Entonces, apareció como elefante por cacharrería Neal Adams, e hizo historia.
La irrupción de Adams en X-Men bien puede ser la revolución gráfica más radical en la historia de la editorial, exceptuando quizás la llegada de McFarlane a The Amazing Spider-man —y no, por dios, no estoy comparando calidades, sólo impacto—. Adams era un artista único. Seguía la tradición artística imperante en Marvel, pero la llevaba mucho más allá y la filtraba por su particular visión. Recordaba mucho a Hal Foster y Alex Raymond, en sus figuras, en sus cuidadas expresiones faciales, pero también tenía algo de la grandilocuencia de Jack Kirby y rompía la estructura de página con más insolencia aún que Steranko.
Adams sabía que estaba en una serie condenada y por eso podía permitirse cualquier cosa. El resultado es un pulso constante, un más difícil todavía página tras página, que convierten la lectura de esos últimos números de The X-Men en un goce único para la vista. Los personajes se contorsionaban en escorzos nunca vistos, saltando fuera de los márgenes de la viñeta, como si se les quedaran pequeñas, como a Adams la página. Experimentaba con la forma de las viñetas, huyendo deliberadamente de la plantilla clásica y del ángulo de noventa grados. Conforme vamos pasando páginas y cuadernillos, más se va soltando el pelo, más descarado se vuelve y a más se atreve. Muchas de sus composiciones dejan una huella imborrable, por ejemplo, la página en la que la Bestia cae por una ventana. Y aunque en algún momento se descontrole en exceso, también radica ahí el interés de estos tebeos. Uno puede imaginarse a su Lee revisando las páginas de Adams y llegando a esa doble página en la que las viñetas se despliegan sobre las alas de Sauron y explotándole la cabeza. Pero salieron a la luz, afortunadamente.
El mayor problema de estos tebeos es culpa de su mayor virtud: fíjense que en tres párrafos no he comentado nada de las historias, de los argumentos. El despliegue apabullante de Adams eclipsa cualquier consideración que hagamos de los argumentos de Roy Thomas, por lo demás tan convencionales como los que había ido realizando para la serie desde que sustituyó a Lee. No es que no importen en el conjunto de la obra; simplemente se tiene la certeza de que con cualquier otro guión Adams se habría salido igualmente. Acierta con la saga del regreso de los Centinelas, porque permite volver a explorar el odio antimutante y además concluye con una de las imágenes más bellas de las dibujadas por Adams: la viñeta página en la que los Centinelas viajan al Sol. Pero, por el contrario, la saga de Sauron y la de la Tierra Salvaje —con Magneto volviendo de la muerte lor enésima vez— parecen simples excusas para que Adams se suelte el pelo y dibuje dinosaurios y hombres salvajes. No me quejo, que conste, pero así son las cosas. El último número de Adams, con Xavier volviendo de donde nunca debió marcharse —soy de la opinión de que las mejores historias de los X-Men lo son sin su tutor por medio— y los héroes enfrentados a una invasión extraterrestre a la que despachan con los buenos sentimientos de la humanidad canalizados por el poder del Profesor-X sobraba claramente.
El tomo de Panini, de su coleccionable para quioscos, tiene todas las virtudes del resto de las entregas: papel adecuado al color de estos cómics, buen precio… Es la primera vez en mucho tiempo que podemos admirar el arte de Adams como se debe —yo tengo los números en formato Biblioteca Marvel, y no, no es lo mismo—, aunque no se entiende muy bien por qué no se incluyen los primeros números de la saga del Faraón Viviente, en medio de la cual llega Adams, y sin los que no se comprende la historia. Si se trataba de publicar su trabajo, al margen de que se está dejando más claro si cabe que si estos cómics merecen reeditarse es por él, no se entiende que sí se incluya el fill-in de Don Heck imitando descaradamente a Adams o el número final, con un combate contra Hulk dibujado por Sal Buscema. En todo caso, es una etapa imprescindible, en la que Adams hace historia. Sin embargo, conviene recordar que si pudo hacerla, si fue libre para experimentar tantísimo, fue porque, como les pasó a Miller en Daredevil o a Peter David en Hulk, eran colecciones desahuciadas. Cuando Adams se encargó de The Avengers, siguió siendo Adams, pero menos. Por algo sería.
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