Kick-Ass, de Mark Millar, John Romita Jr. y Tom Palmer.

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Mark Millar no es guionista de cómic; es un vendedor de ideas. Y como tal, no tiene rival. Este hombre ha llegado a venderle a una productora de cine los derechos de un cómic que aún no había hecho. Es el sucesor natural de Stan Lee, el hombre business, el mayor fan de su propio trabajo, el rey del hype. Todo mola un montón y va a cambiar para siempre la industria o el universo de ficción con el que esté trabajando. Luego, claro, asentado el humo que provoca su paso en estampida, hay que leerse los cómics con calma. La mayoría de las veces se comprueba, poco sorprendentemente, que el rey está desnudo, sólo que como en el cuento nadie se atrevía a decirlo.

Haciendo sumario de todas las obras que he leído de Millar, me quedo con sus primeros Ultimate X-Men, una puesta al día fresca y descarada del concepto, con su The Authority y poco más. The Ultimates era un tebeo divertido hasta que se convirtió en la fantasía húmeda de un neocon, aunque tiene por ahí un cómic bastante olvidado, El Elegido, bastante curioso.

Pero centrémonos: Kick-Ass. El enésimo éxito de Millar,convertido en película antes incluso de terminar la miniserie y arrasando en premios y ventas. Y bueno. No es horroroso. Se beneficia del dibujo de un John Romita Jr. que aunque esté alejado ya de su mejor momento creativo y demasiado viciado, demasiado lleno de tics y trucos del oficio, hace un excelente trabajo, recalcado por un sorprendente entintado del Veterano —así, como mayúscula— Tom Palmer. Sorprendente porque creo que aunque ha sido quizás el mejor entintador de la editorial, sus últimos trabajos eran muy pobres, y no esperaba que a estas alturas pudiera realizar un entintado tan solvente.

Partiendo de la gran ventaja que supone tener a Romita Jr. y Palmer en lugar de alguno de los ilustradores de última hornada que olvidan que el cómic es fundamentalmente narración y se dedican al pin-up continuo, Millar, construye una historia potable, que cuenta algo que todos hemos imaginado alguna vez: un chaval normal y corriente, lector compulsivo de tebeos de superhéroes, un día decide comprarse un traje y salir a combatir el crimen. No es la primera vez que se juega a introducir el concepto del héroe en un mundo “real”, pero tampoco pretende Millar ser original en eso. Es el arranque para contar la historia de un perdedor que se lleva todos los palos posibles y más, cosa lógica. Es entretenida y engancha, aunque sólo sea por ver qué le pasa al pobre muchacho. Comparando con la película, el tebeo gana porque tiene más libertad para mostrar la violencia brutal que imagina Millar y puede ser mucho más explícita en el lenguaje, en las alusiones sexuales y en lo políticamente incorrecto, aunque en esto último, como siempre, Millar se regodea en el escándalo por el escándalo. Le divierte ser el niño malo de América, qué le vamos a hacer.

También gana el cómic a su adaptación cinematográfica en las tramas. Me parece mucho más efectivo, por ejemplo, que Big Daddy sea un pringado como Kick-Ass, además de un psicópata que roba la infancia a su hija y la convierte en una máquina de matar, aunque sea algo totalmente inverosímil. Del mismo modo, funciona mejor la inclusión de Red Mist si no sabemos desde el principio que es el hijo del mafioso, como sucede en la película. Ídem con la reacción de la chica que le gusta a Kick-Ass cuando éste le dice que no es homosexual, aquí sí, infinitamente más creíble que la de la película, de juzgado de guardia.

Kick-Ass falla donde suele fallar todo tebeo de Millar: en la caracterización de los personajes. Intenta, como siempre, que sea algo ágil, definirlos mediante sus acciones y diálogos y al protagonista, además, por el narrador en primera persona. Pero le cuesta muchísimo salir del mero estereotipo y confunde, como tantas veces, el detalle anecdótico con la verdadera caracterización. Por no hablar de sus detalles cool, i-pods por aquí, e-bay por allá, todo excesivamente recalcado para que se vea lo en la onda que está Millar. No vamos a negar que escribe adolescentes actuales, convincentes, pero se excede con estos detalles que no aportan nada, están demasiado forzados y además se vuelven contra él: el gag del diálogo en el que le preguntan a Hit Girl dónde compra una niña de diez años un lanzallamas y ésta responde que “en e-bay”, por ejemplo, tendría mucha más gracia si no se hubiera mencionado ya tres veces la web. Es un ejemplo muy significativo: la necesidad de Millar de molar siempre juega en detrimento del resultado final.

En todo caso no deja de ser una propuesta divertida, sin más. El desarrollo es demasiado lineal y simple, y deja la sensación de que Kick-Ass podría haber sido algo más de lo que es. El personaje de Hitgirl resta cualquier tipo de verosimilitud a la historia e impide profundizar con todas sus consecuencias en la idea de gente normal poniéndose un traje y en sus motivaciones, algo que por otro lado existe realmente en los EE UU y supone un fenómeno sociológicamente fascinante que puede dar mucho más de sí de lo que vemos en este tebeo, donde esto sólo se menciona hacia el final. Por lo demás, un cómic de Millar más, de la gama media-alta, pero en todo caso con todos sus defectos y tics como escritor. Obra maestra ni por asomo, claro.

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