La buena y vieja industria del cómic.

Ramón Sabatés trabajó durante setenta años en TBO y en las revistas de la editorial Bruguera, y creó la sección de Los grandes inventos del TBO y al personaje del profesor Franz de Copenhage. Sus originales eran reimprimidos innumerables veces e incluso vendidos sin que él percibiera dinero alguno. Murió en el año 2003 en la miseria, tras enormes problemas económicos que lo llevaron junto con su mujer Enriqueta a un asilo de religiosas.

Josep Coll i Coll publicó sus historietas en múltiples revistas, pero especialmente en TBO. A pesar de convertirse en uno de sus dibujantes más populares, tuvo que compaginar su trabajo como artista con la construcción debido a lo poco que cobraba, y finalmente dejar de dibujar en los sesenta para dedicarse exclusivamente a su trabajo como albañil. En los ochenta volvió a publicar en la revista Cairo. Se sucidió en 1984.

Gene Colan trabajó en los años 50 en diversas publicaciones de ciencia ficción, misterio, terror y romance. En la década de los 60 comienza a dibujar para Marvel en series como Daredevil o Iron Man, y cocrea, junto al guionista Marv Wolfman, La tumba de Drácula, serie en la que debutó el personaje de Blade, del que, años más tarde, se produjeron tres exitosas películas. Colan pasó sus últimos años realizando commisions —dibujos por encargo para aficionados—, antes de que una enfermedad lo postrara en la cama. Para poder costearse el tratamiento, Colan subastó dibujos y cómics firmados, ayudado por sus amigos, que organizaban las subastas. Firmó tebeos hasta que el dolor que sentía se lo impidó, dos meses antes de morir en la cama de un hospital, recientemente.

Manuel Gago creó uno de las series más emblemáticas del tebeo español: El guerrero del antifaz, publicado por primera vez en 1944. En 1946, ante el éxito de la colección, el editor de Editorial Valenciana, Juan Bautista Puerto Belda, registró al personaje como propio, e incluso llegó a aportar un dibujo de Gago como si hubiera sido dibujado por él. Gago trabajó durante décadas con el personaje en estas circunstancias, y sus herederos, tras su muerte, iniciaron una batalla legal para que la verdadera autoría del personaje fuera reconocida y para recuperar los originales de su padre, sometidos sistemáticamente a un expolio vergonzoso.

Bill Finger fue el más importante de los muchos negros que Bob Kane empleó en su creación, Batman. Ninguno de ellos firmaba su trabajo; sólo el nombre de Kane aparecía acreditado como autor de las historias. Finger, en realidad, cocreó al personaje dotándole de muchas de sus características básicas, entre ellas su propio nombre de guerra. También cocreó a Robin y a muchos de los villanos de la serie. Kane firmó un contrato con la editorial National que le concedía todos los derechos y dejaba fuera de toda mención a sus negros. De hecho, siempre fue muy agresivo con esta cuestión, negando su existencia y asegurando que creó a Batman en solitario. Cuando Finger y otros autores solicitaron a la editorial una mejora de contrato, al sentirse menospreciados cuando la serie de televisión de Batman llenaba de dinero las arcas de la editorial y de Bob Kane, fue despedido sin miramientos. Cuando intentó contar su versión de la historia de la creación de Batman, fue silenciado. Murió en 1974, alcohólico y sin ver reconocido su trabajo.

Son sólo algunos casos, los que me parecen más dolorosos o tengo más presentes, de cómo ha tratado la industria tradicional, la vieja maquinaria de hacer tebeos, a la mayoría de sus autores. Podría hablar de cómo los autores que trabajaron en la agencia de Toutain, Selecciones Ilustradas, en la época en la que dibujaban para la inglesa Fleetway, no podían firmar su trabajo, cómo trabajaban a destajo durante horas a base de estimulantes. O cómo los mangakas trabajan con horarios draconianos durante toda la semana, y existía la costumbre por parte de sus editores de recluirlos en habitaciones de hotel para que trabajaran sin parar hasta terminar sus páginas. No voy a hacerlo, porque no es mi intención ser exhaustivo. Sólo quiero dejar claro que los de arriba no son casos excepcionales o aislados. Lo que me interesa, en realidad, es llamar la atención sobre algo.

Está muy bien querer que se vendan muchísimos tebeos. Yo evidentemente soy el primero al que le gustaría que se vendieran cientos de miles a la semana. Pero no a cualquier precio. Añorar ciertos modelos editoriales, glorificar los tiempos pasados, implica, aunque sea inconscientemente, añorar una industria que aplastaba a los autores, que los fagocitaba sin miramientos, exprimiendo el talento, cerrando la puerta a la iniciativa personal, negando derechos de autor y devolución de originales, manipulando el arte original sin consultar, reeditándolo una y otra vez sin escrúpulos y sin pagar. Y que nadie se engañe: Bruguera no habría sido lo que fue sin estas prácticas. Es evidente que hay otras industrias —el modelo francés, mucho más respetuoso con el autor, como me señalaba hace poco Álvaro Pons—, y que otras, como Marvel y DC tratan hoy mucho más dignamente a sus autores. Pero, no lo olvidemos nunca, eso no ha salido de ellos. Ha sido fruto de la lucha de los autores, de gente que se negó a aceptar unas condiciones tiránicas y hasta crueles en muchos casos. Lo mismo en España. Es cierto que hoy la industria es pequeña, diminuta comparada con Bruguera o Valenciana. Pero yo no las echo de menos ni un ápice. Creo que los autores han ganado muchísimo. No viven de sus tebeos, es verdad. Pero ya no son esclavos.

La historia de la industria del cómic, o de las industrias del cómic, está llena de vergüenza. Eso no significa que a su amparo no se hayan creado obras maestras. El talento de muchos autores era tal que incluso en las peores condiciones eran capaces de producir excelentes cómics. Pero recordemos que entonces no había opción alguna. Un español que quisiera dedicarse a dibujar tebeos sólo podía ir a una de las grandes editoriales y dejarse explotar sin decir ni mu. Lo mismo, prácticamente, para un americano. La buena, la vieja industria, se construyó sobre los huesos de los verdaderos protagonistas de la historia del cómic: los guionistas, dibujantes, entintadores, coloristas, rotulistas, etc. que sólo desde hace unas pocas décadas están siendo valorados como lo que son.

Así que sí, por supuesto, tienen que venderse muchos tebeos, todos los que se puedan, pero no a cualquier precio. Yo no echo de menos los viejos tiempos en los que Jack Kirby era ninguneado, los autores de Bruguera obligados a copiar a los franceses, y tantos otros eran robados con total impunidad. Creo firmemente que el respeto absoluto, sagrado, por el autor debe ser el centro del negocio de los cómics, por encima de cualquier otra consideración, incluyendo, sí, la ganancia económica.

Y si amamos los tebeos, defendamos a los autores, siempre. Sé que se hace, que es algo sobre lo que los lectores están sensibilizados. Pero a veces, la nostalgia es traicionera. Por eso creo conveniente recordar a costa de qué las viejas industrias funcionaban como lo hacían. Y seguir, por supuesto, diciéndolo todas las veces que hagan falta, porque Colan murió hace unos días, tan sólo, en la más absoluta miseria. Y eso es vergonzoso y repugnante, y no debería suceder nunca más. Aunque sucederá. Lo sabemos perfectamente.

Fuentes:

Sobre Ramón Sabatés.

Sobre Josep Coll.

Sobre Manuel Gago.

Sobre Bill Finger.

Gracias a Álvaro Pons por ponerme tras la pista del caso de Gago, que desconocía.
La historia de Coll está magníficamente contada en la historieta de Santiago García y Javier Olivares publicada en ¡Caramba! número 1 .

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