Miedo, de David Muñoz, Antonio Trashorras y Javier Rodríguez.

Miedo es un tebeo ya un poco antiguo. Tiene sólo siete años, ya que se publicó en 2003, pero al margen del dato objetivo me atrevería a decir que formalmente también se ha quedado ya algo desfasado. Sin embargo, anoche lo releí —lo he releído muchas veces a lo largo de los años, de hecho— y me siguió pareciendo un gran cómic.

Miedo está guionizado al alimón por David Muñoz y Antonio Trashorras, y cuenta una historia que sucede durante febrero de 1981. El febrero del golpe, claro. Se apoyan en el dibujo del excelente Javier Rodríguez, que no sólo da una impecable lección de narrativa sino que consigue realmente ambientar de forma veraz el relato en un 1981 real, sin cartón piedra: la vestimenta, los juguetes, los tebeos y los muebles son efectivamente los que todos recordamos de nuestra infancia. Sin ese componente de autenticidad, difícilmente funcionaría una historia que se basa, precisamente, en pulsar esas teclas, en remover los recuerdos de manera bastante incómoda: hay muy poca nostalgia, entendida como añoranza del pasado, en Miedo.

Mencionaba antes el golpe de estado del 23 F. Es un elemento crucial en la trama, pero cuidado, porque éste no es un cómic del 23 F, sino un cómic en el 23 F. Dicho de otro modo, toda la trama golpista forma parte del fondo, pero no afecta demasiado a los dos protagonistas, unos niños a los que el devenir político del país les importaba mucho menos que la lucha diaria contra la crueldad. Adrián y Raúl son dos marginados, uno gordo y el otro cojo, que viven prácticamente aterrorizados. El miedo del título se refiere más al suyo que al de la nación, que también. Pero la historia que se cuenta es, sobre todo, la de estos dos chavales. Adrián es acosado por un macarra mayor que él, que no podría resultar más realista: quinquis como esos los hemos sufrido todos durante los ochenta en nuestros barrios. Sus compañeros de clase también se burlan de él. Lo mismo para Raúl, que además tiene que soportar el acoso de “el lapo”, director del colegio y nostálgico de tiempos mejores en los que los centros de enseñanza no llevaban nombres de rojos como García Lorca, que se burla de su pierna y lo golpea sin piedad. Quizás a los chavales de hoy en día este colegio les parezca de ciencia ficción —de hecho a mí me pilla un pelo lejos lo que se cuenta, aunque me sea familiar—, pero así eran. Y tanto Adrián como Raúl se enfrentan como pueden al mundo. El primero, sin atreverse a contarles a sus padres todo lo que le pasa, acaba encontrando la solución sin buscarla, gracias a una confusión que hace que lo expulsen por algo que estaba tramando su amigo Raúl, que también acaba dejando el colegio por causas más o menos ajenas a su voluntad. El desencuentro entre los dos amigos es uno de los puntos clave de Miedo, porque su amistad está muy bien construida, y resulta además muy natural, nada peliculera. Los marginados se apoyan entre sí, se sienten compañeros de fatigas, aunque nunca encontrarían el valor para plantar cara juntos a sus miedos. Es más bien un refugio, un alivio. Y juegan juntos, dibujan, van a ver El imperio contraataca… Y al final, Adrián se siente tan traicionado como Han Solo por Lando cuando descubre que Raúl está detrás de unas amenazas de bomba anónimas que están llegando al colegio, a pesar de que éste se lo había negado.

Muñoz y Trashorras huyen de forma muy inteligente de los lugares comunes en este tipo de historias de la infancia. El fin de la amistad de Adrián y Raúl coincide con un nuevo principio para ambos, con la posibilidad de empezar de cero… al tiempo, sí, que España supera, mal que mal, el intento golpista de Tejero. En la manera en la que ese trasfondo se entrelaza con la historia principal está el mayor hallazgo de Miedo. Se aprecia una buena documentación por parte de los autores, gracias a la cual plasman con fidelidad y naturalidad no sólo los hechos más o menos objetivos, sino las reacciones de la ciudadanía. Vemos el discurso de dimisión de Suárez, el asalto al Congreso, el discurso tardío del rey, escuchado por Adrián desde la cama, mientras lee un tebeo. La incertidumbre y el temor a una represión queda perfectamente reflejado en la conversación telefónica que mantienen los padres de los dos chavales, ambos de izquierda. Sin embargo, chirría el enfrentamiento entre el profesor progre y el profesor facha, con el que los guionistas oponen las dos Españas de una manera demasiado obvia y caen en los estereotipos… y no es que no existieran profesores como “el lapo”, que los había. Hay incluso alusión a detalles más incómodos, aunque no se abunde en ellos: los padres de Adrián, como la mayoría de españoles, aguardaron en su casa y sólo salieron a manifestarse cuando el golpe fracasó. La madre de Adrián le dice, cuando éste le pregunta si son rojos, que ellos no son “nada”.

El miedo, en definitiva. O los miedos, los diferentes miedos que afrontamos a lo largo de la vida, y que al final de este álbum parecen desaparecer dando paso a la esperanza, a la alegría un nuevo comienzo. Si la historia no parara ahí, habríamos comprobado que eso es ilusorio. Nada comienza del todo porque nada termina hasta que morimos. Y el miedo es un compañero de viaje inevitable con el que hay que aprender a tratar.

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