Capitán América: la bomba loca, de Jack Kirby y Frank Giacoia.

Voy a hacer una confesión: de pequeño no me gustaba Jack Kirby. Supongo que en mi generación no es tan extraño. Tampoco me gustaba nada Steve Ditko. Me resultaban ambos del Pleistoceno. John Romita o John Buscema, aunque también los veía como viejunos, me resultaban más estéticos, claro. Se parecían más a los dibujantes actuales de cuando empecé a coleccionar cómics —a algunos, por lo menos; es obvio que Liefeld no se parecía a nada que hubiese habido antes—, era más fácil asimilarlos para mí. Pecados de juventud. Hoy, aun reconociendo, por supuesto, el inmenso talento de Romita o Buscema, hace tiempo que estoy subyugado por Ditko y Kirby. Más por Ditko, tengo que reconocerlo: su personalidad artística me fascina. Pero también por El Rey, claro. Kirby fue pura fuerza dibujada, poder desatado, imaginación desbordante. Influyó en todos pero al mismo tiempo no le siguió casi nadie. Sin Kirby, lo voy a decir otra vez porque creo que es necesario, hoy no habría tebeos de Marvel en las tiendas. Decir esto no es decir que Lee era un cero a la izquierda, por si acaso; pero estoy absolutamente convencido de que sin la fuerza arrolladora de Jack todos esos nuevos —y no tan nuevos— conceptos se habrían disuelto antes de despegar de verdad. Kirby se marchó como se marchó, como todos sabemos que se marchó, y volvió a Marvel igual, como todos sabemos que volvió. Y entre otras cosas, se marcó una saga en Captain America.

La saga de la bomba loca es el nombre con el que Panini ha editado en su colección Marvel Gold —que de los mil formatos que tienen, me parece francamente el mejor en cuanto a calidad y precio— los números 193 a 200 de Captain America, publicados originalmente en 1976. La fecha no es anecdótica: se celebraba el bicentenario de la fundación de los EE UU y este hecho tendría una importancia fundamental en la saga de Kirby.

Así, introduce al Capitán y a su fiel escudero de entonces, el Halcón, en una historia con tintes claramente pop pero cierto trasfondo político: una sociedad secreta de aristócratas —no muy diferente al Club Fuego Infernal en lo básico— pretende hacerse con el poder en el país y restaurar el orden anterior a la declaración de independencia. Para ello, planean hacer estallar un artefacto, la bomba loca, que volverá locos a todos los ciudadanos y sumirá al país en el caos. Al tiempo, fabrican un ejército de trabajadores sumisos mediante manipulación genética. SHIELD lo descubre y contacta con Steve Rogers y Sam Wilson para que investiguen el asunto. Y a partir de aquí, acción, acción y acción. Aventura en estado puro, una pelea tras otra, a cual más espectacular. La sobrehumana habilidad de Kirby para ello compensa la extrema simplicidad del argumento o las pequeñas incongruencias que salpican los ocho números —quizás precisamente por eso, porque hablamos de una historia que se lee en apenas una hora pero que se desarrolló durante ocho meses en su momento—, así como algunos diálogos un tanto forzados, aunque en esto habría que consultar el original para descartar que fuera cosa de la traducción. Otros tics de la época se sobrellevan con paciencia, como las didascalias redundantes que estorban más que ayudan a entender la ya de por sí cristalina narrativa.

Jack Kirby conservaba en su vuelta a Marvel todo su hechizo como dibujante. Los personajes saltan de las viñetas, las galletas que se pegan son bíblicas, las masas de músculos chocan a lo bestia, sin control. Ahí están también sus rostros pétreos, sus encuadres imposibles, sus máquinas de diseños inconfundibles. Pero al tiempo es un dibujante nuevo, más experimentado, más consciente de cómo explotar sus virtudes. Sobre todo se nota en la composición de página y en la narrativa: Kirby usará menos viñetas, muy frecuentemente cinco y hasta cuatro por página, e introducirá con frecuencia viñetas a página completa e incluso a doble página realmente espectaculares.

El despliegue gráfico y la intensidad del relato —Kirby podía ser muchas cosas, pero jamás era tibio— ya justifican la lectura de La saga de la bomba loca. La crítica que pretende llevar implícita se queda, a mi juicio, bastante corta, pero eso es lo de menos.

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