Viaje, de Yuichi Yokoyama.

Uno a estas alturas ha leído cómics bastante raros, pero quizás ninguno tan raro como Viaje, de Yuichi Yokoyama. A Yokoyama le tenía muchas ganas simplemente por las páginas que había podido ver en la red, que me parecían tremendamente atractivas. Y la verdad es que ha pasado lo que esperaba que pasase: me ha estallado la cabeza.

Yokoyama tiene el atractivo de las cosas nuevas y sin estrenar. Con sus obras está abriendo nuevos caminos, que hoy son experimentales, pero que quién sabe si dentro de una década no serán frecuentes. Viene de fuera del medio, y no es casualidad, claro. Libre de tradiciones, puede partir de cero y crear un cómic que despedaza cualquier tipo de asunción previa que tengamos de lo que ha de ser. La primera que destierra es la de que el cómic es un vehículo narrativo, un medio para “contar historias”. En Viaje no la hay, o por lo menos no hay lo que hemos entendido siempre como una historia. Tampoco hay personajes, claro, por eso no hay historia al uso. Ni siquiera hay texto, aunque esto ya estemos acostumbrados a verlo en el cómic. La trama se reduce a un viaje en tren que realizan tres personas, y lo que van viendo durante el trayecto.

Y sin historia, lógicamente todo queda en manos de la cuestión sensorial, de las percepciones y las sensaciones que el lector va a tener leyendo. Yokoyama es un extraordinario dibujante con una capacidad para deformar la realidad, para inventar, de hecho, una realidad, que sólo puede definirse como alienígena. Yo no he visto nunca nada como esto. Lo que hace Chris Ware con los procesos mentales lo hace Yokoyama con los cognitivos, con lo visual. La manera en la que se aproximan a ellos sin embargo es similar, a través de un dibujo y una narrativa no naturalistas. El mundo en el que se desarrolla el viaje no es el nuestro, decididamente: la arquitectura, la ropa que visten los viajeros, el propio tren, no son reconocibles, pero sí lo suficientemente familiares como para que nos reconozcamos en ellos. Pero sobre todo la clave de Viaje está en la mirada que se le impone al lector, que es más alienígena aún si cabe: los ángulos, las perspectivas sorprendentes y la deformación de la imagen provocan la ilusión de que recibimos la información visual a través de los ojos de otro animal, o, precisamente, de un extraterrestre.

Esto basta para que me haya sumergido en las páginas de Viaje con una mezcla de fascinación y sorpresa muy agradable. Yokoyama sabe muy bien qué está haciendo, y cómo usa los recursos que tiene a su disposición y para qué. La geometría y la perspectiva se convierten en protagonistas absolutos de un dibujo que desubica, por la falta de referentes. La cámara se acerca exageradamente a algunos detalles y eso produce una sensación de extrañamiento, como si nunca hubiésemos visto una gota caer. El paso fugaz de otro tren nos revela ese cruce de miradas con otros viajeros que dura décimas de segundo y que todos hemos experimentado alguna vez. Su uso de las líneas cinéticas como un elemento central en la composición además de como mero catalizador del movimiento es igualmente nuevo y extraño. Pero en definitiva, todos los hallazgos pueden resumirse en uno: la fotografía de la realidad desde un punto subjetivo y enajenado.

Habrá quien argumente, y no sin razón, que Viaje es un mero ejercicio de estilo. Pero qué ejercicio de estilo. Es cualquier cosa menos un cómic vacío, porque cada viñeta está ahí por algo, y busca reproducir una experiencia desde un punto de vista diferente, sin acomodarse jamás en las casi doscientas páginas de que consta, con secuencias espectaculares como, por ejemplo, el cigarro que se fuman dos viajeros, quizá mi favorita. Decía al principio que lo mismo en una década esto que hoy es novedad es una elección creativa más. La verdad es que no lo sé. No sé si será una excepción, una isla en la historia del cómic, o realmente Yokoyama creará escuela. Pero creo que propuestas como la suya, o las del citado Ware, o las de Jesse Moynihan con ese Forming que aún estoy tratando de asimilar, son muy necesarias, porque, gusten más o menos, contribuyen a que el cómic pueda ser cada vez más cosas diferentes. Y eso siempre es bueno.

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