Fantastic Four #34, de Stan Lee, Jack Kirby y Chic Stone.

Voy poco a poco leyendo la etapa completa de Stan Lee y Jack Kirby en Fantastic Four, por primera vez en mi vida, que ya me vale —había leído historias sueltas, claro, las más recordadas— y me sigo sintiendo fascinado por algunos episodios aparentemente intrascendentes, de relleno, de impás entre dos grandes historias. Hace poco me pasó con el maravilloso número 24, The Infant Terrible!, y me ha vuelto a pasar ahora con el 34, A House Divided! En él aparece un villano sin poderes, un villano que en realidad no es un villano, aunque así se presente: Gideon. Lee y Kirby, que ya habían creado antagonistas que dejaban claro la perversidad de nazis —el Barón Zemo, Cráneo Rojo— y comunistas —el Fantasma Rojo—, aquí introducen un personaje que es algo totalmente diferente: un americano capitalista. Gideon es inmensamente rico, uno de los cuatro hombres más ricos del mundo. Kirby —con tintas de Chic Stone— lo presenta en una gran viñeta donde vemos una panorámica de su despacho, una sala inmensa llena de lujos y riquezas. El texto nos dice que Gregory Gideon tiene “uno de los poderes más grandes del mundo… ¡¡el poder de la riqueza ilimitada!!”. Y se demuestra por los métodos poco sutiles e ingenuos de siempre: un grupo de guardias de seguridad se están llevando de vuelta a la casa de la moneda mil millones de dólares porque Gideon sólo quiere billetes nuevos.

Acto seguido el millonario contacta al mismo tiempo con los otros tres tipos más ricos del mundo por medio de uno de esos aparatos que tanto le gustaban dibujar a Kirby, y les dice que en tres años les habrá arrebatado su fortuna.

La codicia de Gideon no conoce límites. Lo quiere todo porque puede, ignora las leyes porque puede. Pero como todo buen millonario, se aburre mucho, y por eso ofrece a sus adversarios que le reten a hacer lo que sea; si no lo consigue, los dejará en paz. Por supuesto, no se les ocurre otra cosa que desafiarle a vencer a los Cuatro Fantásticos —que a fin de cuentas son los protagonistas de la serie—. De un día para otro Gideon monta un megaplan en el que invierte un pastón para vencer al cuarteto, a base de enfrentarlos entre sí mediante equívocos, pero eso es lo de menos; a mí lo que me ha fascinado es la figura del propio Gideon.

En su siguiente aparición descubrimos que el tío ni siquiera ha sido capaz de idear su plan: ha pagado por él un millón de dólares —de la época—. Desprecia a sus empleados a los que llama hombres menores y ni siquiera quiere saber un solo detalle del plan.

En estas entra en escena su mujer. Una mujer plenamente leenesca, claro: abnegada y sufrida esposa que en lugar de mandar a freír monas a semejante gañán sufre en silencio sus malos modos —la regaña por interrumpir sus importantes negocios, ésos en los que ni él mismo tiene interés— y espera pacientemente a que vuelva a ser ese hombre con el que se casó. Gideon, de todas formas, puede ser un capitalista despiadado pero tiene su corazoncito: lo único que ama aparte del dinero es a su hijo Thomas. De hecho es para él para el que quiere dominar el planeta entero. Thomas, fan de los Cuatro Fantásticos y lector de sus tebeos, a la postre será el que permita al grupo derrotar a Gideon, porque al intentar ayudarlos acaba en medio de la batalla final.

Previamente, en una nueva conversación con su mujer, Gideon revela que su motivación es precisamente no tener motivación: quiere tener toda la riqueza del mundo en sus manos porque nadie más la tiene. Su mujer lo llama loco, él contesta que está por encima de los hombres corrientes.

Pero esto es una historia de Marvel y es una historia de superhéroes de los sesenta, y por tanto debe tener moraleja. Y la tiene, claro: al pensar que su hijo ha quedado atrapado en la máquina del tiempo que ha copiado del Doctor Muerte, se derrumba y suplica a Míster Fantástico que lo ayude. Todo era un truco: Thomas está perfectamente y así Gideon se da cuenta de su error y se arrepiente de sus fechorías. No sólo eso, sino que decide donar todo su dinero a la beneficiencia. Su mujer, obvio, elige compartir su destino porque “siempre seré la señora de Gregory H. Gideon”.

Lo que me ha enamorado del bueno de Gideon —al margen de que el tebeo esté lleno de las típicas locuras marca de la casa— es que, en su infantil y exagerada caracterización se esconde una visionaria e involuntaria imagen… del prototipo de empresario sin escrúpulos que ha llevado al mundo a la crisis global. Lo que en 1965 era una caricatura desproporcionada hoy se ha convertido en certero retrato. Gideon tiene el tipo de ambición desmedida y voraz que tienen esos millonarios que mientras el mundo se hunde no cesan de aumentar su patrimonio personal, que lo quieren todo, que nunca tienen suficiente dinero. El dinero es un fin en sí mismo y hay que tener mucho, hay que tener todo si se puede. Gideon no tiene ningún talento. Su valor como persona es su riqueza. El talento lo compra, y siempre tiene razón porque tiene el dinero. Trata a patadas a sus empleados porque no son nada, sus habilidades son despreciables, porque puede comprarlas. Ese potentando con abundante bigote que es Gideon, con su puro siempre en la boca, clamando que está por encima de todos los hombres, puede parecer una sátira tan exagerada como increíble en su tiempo, pero hoy, comparado con según qué personajes, casi, casi se queda corta. Al menos Gideon al final, aunque fuera por el egoísmo de creer que había perdido lo único que quería, vio la luz. Uno de esos milagros de los tebeos, ya sabéis; tardaremos menos en ver a un hombre volar.

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3 thoughts on “Fantastic Four #34, de Stan Lee, Jack Kirby y Chic Stone.

  1. …y ni siquiera necesita escornarse en ser un superatleta para llevar a cabo sus fechorías, ¿lo ves? Némesis es un pipiolo en comparación con Gideon, ¿qué millonario millonario-millonario necesita vestirse como el Caballero Luna (que ni una insignia de oro, ni un cinturón d platino i na, todo blanquito) para hacer el mal? 😉

    Ojo, que ya en serio, ¿no es el mejor signo de verdadero Poder ser capaz de y no hacerlo? El Kingpikg de Miller en Daredevil dejó de ser un luchador se sumo, pasó de emplear su fuerza a usar su verdadero poder, el dominio de la gente.
    Este Gideon, que francamente no recuerdo, claro, es como el gordo mafioso: podría (lo que quiera… podría hacerse uno de esos robo-trajes que usó locamente JJ Jameson para pelear con Spider, por ejemplo), pero su poder-poder, que es la capacidad de hacer cualquier cosa que se compre, le pernite “no querer”.

  2. ¡Los 4 F de Lee y Kirby! ¡Mi tebeo favorito de la historia! Seguro que estás disfrutando de la lectura al menos tanto como yo de tu post, que me ha parecido muy divertido. Aparte de muy bien traído, claro.

  3. Sí, Octavio, estoy de acuerdo. El mayor poder es ése, y Miller lo entendió de puta madre con Kingpin.

    Berni, la lectura la estoy disfrutando un huevo, sí. Sobre todo por este tipo de historias “menores”, hoy casi olvidadas, y que no había leído jamás, ni siquiera las conocía de oídas. Y muchas veces molan más que las grandes sagas.

    Un saludo a ambos.

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