Fantastic Four #40, de Stan Lee, Jack Kirby y Vincent Colletta.

Entre tantas novedades, sigo sacando tiempo de donde puedo para continuar con mi lectura ordenada de Los Cuatro Fantásticos de Stan Lee y Jack Kirby. Ya saben, a estas alturas es imposible no haber leído cosas sueltas, sagas puntuales, y por supuesto conocer, grosso modo, toda la historia del grupo. Pero la experiencia de leerlo del tirón, de ver cómo mes a mes se va construyendo una mitología entera, un universo, no tiene precio. Fantastic Four es muy grande, y aunque para mí lo mejor de la primera Marvel sigue siendo el Amazing Spider-man de Lee y Steve Ditko, le estoy viendo un mérito increíble. Es un salto al vacío, sin red, a ver qué pasa. Y les sale bien casi siempre. Además, tiene la ventaja de que la locura de la improvisación y la libertad de la Silver Age todavía no han sido desterradas del todo por el canon y la continuidad. Es extraño, pero parecen convivir sin contradicciones. Las dos últimas veces que hablé de Fantastic Four lo hice para centrarme, precisamente, en episodios autoconclusivos locos, excesivos y descabellados, que me hechizaron por eso y también porque están completamente olvidados. Pero hoy quiero centrarme en otro mucho más conocido.

Fantastic Four #39 y #40 forman una historia clásica del cuarteto: una explosión los ha dejado sin sus poderes en el número anterior y tienen que disimular como pueden porque saben que si se se enteran sus enemigos, están muertos. El Doctor Muerte, hasta entonces creyendo que había vencido a los Cuatro Fantásticos en su último encuentro por culpa de una triquiñuela de Richards, se da cuenta de su error gracias a un mago barato que estaba haciendo un espectáculo en su castillo —y que por toda recompensa se lleva una guasca en la cara: genial—, y ataca con furia al grupo. En el número 39, se apropia de todos los artilugios de Richards en el edificio Baxter y los usa contra el grupo, que sobrevive gracias a la ayuda de Daredevil —A Blind Man Shall Lead Them—. En el número 40 sigue la fiesta, y el grupo consigue entrar en el edificio Baxter y, con un trasto típico de Reed, recuperan sus poderes. Y aquí empieza lo grande.

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Porque como es lógico, Ben Grimm le dice a su colega que eh, espera, que lo mismo yo prefiero no volverme a convertir en un monstruo de piedra naranja. Ni puto caso. Reed, el mismo que tantas veces se atormentó y se atormentará por no poder curar a su amigo, pasa de todo y ante la terrible amenaza de Muerte, dispara a Ben con el artilugio que lo volverá la Cosa de nuevo, sabiendo que se expone a que lo odie para siempre. Y entonces, pasa esto:

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Esa cara. Esa expresión. Esa mirada. No he visto en mi puta vida una cosa igual. La rabia, la mala hostia contenida, la resignación, el “alguien se va a cagar encima por esto”. Una viñeta sin una sola palabra, solamente esos ojos de Ben. Kirby en estado puro, porque Kirby no está sólo en las grandes viñetas página llenas de personajes y máquinas descomunales, sino también aquí, en una viñeta dibujada con una total economía de medios, a la velocidad de crucero que tenía que usar Kirby para cumplir las fechas de entrega de la tonelada de páginas mensual con la que tenía que surtir a Marvel, y entintada por el nefasto Colletta. Pero el genio es el genio, claro.

Tras ver esa cara, uno se puede imaginar lo que viene: la Cosa pilla por banda al Doctor Muerte y lo revienta a hostias en seis páginas gloriosas, en las que el villano lo ataca con todos sus recursos tecnológicos y Ben se los quita de encima a base de rabia y pura frustración. Si los tiempos hubieran sido otros, sin la Comic Code Authority y sin las necesidades editoriales, bien podría haber sido éste el fin de Victor Von Doom.

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Pero no, la Cosa se detiene antes de matarlo y el Doctor Muerte se marcha por donde ha venido, humillado y vencido, pero vivo —maldita inmunidad diplomática—. Y ahí queda Ben Grimm, la Cosa, el más humano de los Cuatro Fantásticos, que una vez más ha visto cómo se desvanecía su esperanza de ser de nuevo normal, y todavía tiene que aguantar ver cómo Reed y Susan se hacen arrumacos: “Qué bien, cari, volvemos a ser normales y nos tenemos el uno al otro”. ¿Reacción de Ben? La lógica, claro:

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Ahí os quedáis. Os metéis el grupito por donde os quepa. Pena que la cosa acabe así, apurando el espacio en viñetas diminutas, pero da lo mismo. La fuerza de la escena es abrumadora. La Cosa hace lo que debe, y después hace lo que haríamos cualquiera.

Ya decía antes que sí, claro, que conocía la historia por referencias. Pero una cosa es conocerla y otra leerla, y sentir esa energía atávica que borbotea en las viñetas de Kirby, los golpes de la Cosa contra el Doctor Muerte, y sobre todo esos ojos llenos de humanidad y de dolor. Imaginarse, aunque sea de lejos, lo que debía de ser seguir esta serie en los sesenta, mes a mes, y encontrarte esto, no es fácil. Que sí, evidentemente luego a base de repetición acabaron desproveyendo todo de sentido dramático y épico. Pero aquí estaba todo por hacer, y se hacía a lo bestia, a lo grande, en tebeos más grandes que la vida, como éste.

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4 thoughts on “Fantastic Four #40, de Stan Lee, Jack Kirby y Vincent Colletta.

  1. Yo tengo sentimientos encontrados con los Cuatro Fantásticos de Kirby y Lee. Me cuesta mucho pillarles el punto precisamente porque no parecen tener reglas ni corsés, son cómics de una imaginación desbordante pero para mi gusto a veces son demasiado fantasiosos.

    Me encantan los números de la venida de Galactus y la delirante aparición de su heraldo pero los números de los Inhumanos me aburren bastante, encuentro el tema demasiado “volado”. Luego el número de “This man.. this monsters” me parece buenísimo, a pesar de que siguen presentes todos los aspectos de fantasía desatada…. pero encuentro un toque damático más humano. Quizás sea porque mi referencia Marvel siempre ha sido Spider-Man, un superhéroe más urbano y realista…

    Luego me encanta Jack Kirby pero echo de menos un mayor detalle en los fondos y que no utilice trucos para no dibujar más que un par de personajes por viñeta o que abuse de planos medios. Entiendo que era debido a los acuciantes plazos de entrega pero me da mucha rabia no poder disfrutar de su arte en todo su esplendor. Como bien dices, el tema de los entintadores también tiene su influencia.

    saludos!

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