La oruga, de Suehiro Maruo.

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            A la obra de Suehiro Maruo le vengo teniendo ganas desde hace tiempo, pero nunca me he terminado de animar, por un motivo u otro —principalmente, que por más que buscaba no encontraba el primer tomo de La sonrisa del vampiro—, así que he decidido empezar por el final, por el último manga de Maruo publicado en castellano: La oruga.

            A Maruo le llaman maestro del terror, pero la verdad es que yo a lo que hace en La oruga no lo llamaría exactamente terror. Bueno, o tal vez sí, pero un terror poco frecuente, que no se basa en el susto, ni en el monstruo, ni siquiera en el terror psicológico. Maruo hace otra cosa. A partir de una novela de Ranpo Edogawa sobre un veterano de guerra terriblemente mutilado —la oruga del título— y su esposa, genera un relato donde la violencia y el sexo se mezclan de manera enfermiza. El asco y la libido se unen en imágenes increíblemente perturbadoras, porque, donde autores como Mizuki o Hino juegan con la caricatura y el efecto máscara, Maruo se encomienda a un dibujo realista y muy detallado, de trazo fino y depurado. Con él muestra un universo propio formado por insectos, sexos y vegetación, que a veces se tuerce en alucinaciones o pesadillas que deforman la realidad y hace que gotee como si estuviéramos en un cuadro de Dalí, y que, además, en este cómic se entremezcla a la perfección con la impecable ambientación del Japón posbélico.

            Se juega al choque, a perturbar al lector. Pero cuando vemos a la mujer del mutilado abandonarse a una actividad sexual llevada al paroxismo, malsana —no en sí misma, sino porque tiene como objetivo el autocastigo y acaba por llevarla a mutilar a su marido aún más—, cuando vemos esas viñetas totalmente explícitas en el que un hombre sin brazos ni piernas practica sexo oral con su mujer, mientras un puñado de moscas vuelan alrededor, la perturbación no proviene del rechazo, ni de la repugnancia que nos causa, sino por lo contrario, por sentirnos atraídos inevitablemente por lo que vemos.

            La trama, por lo demás, tampoco es demasiado elaborada. No importa. En La oruga el protagonismo es de las sensaciones, del mundo sensorial que recrea Maruo, que hace que olamos los sexos, la corrupción de la comida en descomposición, que nos sintamos violentos porque hay algo en esas imágenes que nos revuelve por dentro, y no siempre en la dirección que nos gustaría.

Para provocar eso, para que el terror sea verdaderamente venenoso y nos dé la vuelta a lo bestia, hace falta algo especial como autor. Estar un poco loco, quizás, o tener una sensibilidad retorcida, una falta de escrúpulos que te lleve a donde otros no se atreven a pisar por miedo a descubrirse algo de ellos mismos que no les guste. La labor del dibujante es, precisamente, obligarnos a entrar en ese territorio, a mirar al abismo de nosotros mismos. Y en eso tengo ya claro, aunque sólo haya leído uno de sus tebeos, que Maruo es un auténtico maestro.

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4 thoughts on “La oruga, de Suehiro Maruo.

  1. Perdona, pero… de quién es el fondo de tú blog. Me tiene obsesionado!
    Por otra parte; fantástico blog. Sobre todo en lo que se refiere a críticas a los autores orientales.

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