El manual de mi mente, de Paco Alcázar.

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Silvio José emperador fue uno de mis grandes descubrimientos del año pasado. La recopilación de las páginas aparecidas en El Jueves me pareció no sólo una maravilla, sino también una obra sorprendentemente personal e inclasificable para los estándares de la revista. Así que, por lógica, tenía que leer las obras aún más personales de Paco Alcázar y ver qué se cocía en su cabeza.

            Y para ello nada mejor que abalanzarme sobre El manual de mi (¿su?) mente, por motivos obvios. Y sí, como esperaba, mejor todavía. Se trata de una antología que publicó en 2008 Mondadori y que recoge historietas e ilustraciones aparecidas en diversos medios entre 1997 y 2007, y que Alcázar espera, como manifiesta en la historia que sirve de prólogo, que sirva para que el lector se haga una idea de cómo ve las cosas el autor. Y sí sirve, sí. El autor ve las cosas… de manera peculiar. Afortunadamente, claro. Es muy difícil encontrar en el panorama nacional un dibujante con una personalidad artística tan definida y a la vez tan flexible como la de éste, aunque no renuncie nunca a sus constantes y a sus fetiches.

            Por eso quizás lo que más me ha llamado la atención de El manual de mi mente es su coherencia como obra, lo bien que se despliega su universo lleno de amputaciones, voces en la cabeza, drogas, marcianos y sobre todo personajes crueles y sin empatía. Porque más allá de eso, lo que me hechiza de Alcázar es la visión tan negra que expone de la sociedad y de todos nosotros. En una historieta suya sólo hay sitio para explotadores y explotados, y el mundo es un lugar asfixiante y sin escapatoria, lo que potencia con su inteligente uso de los bocadillos de texto enormes, el plano medio o el primer plano, y los espacios cerrados y casi siempre muy reducidos. Todos sus personajes son unos egoístas hijos de puta, unos onanistas que sólo buscan satisfacer sus deseos, siempre tan enfermizos como cabe esperarse dentro de la propia lógica que impera en el universo alcazariano —toma ya palabro—. En una historieta de Paco Alcázar todo se tuerce por insospechados caminos que sorprenden constantemente, gracias a la fértil y retorcida imaginación del autor. A veces simplemente uno no puede creerse que a alguien se le puedan ocurrir según qué cosas.

            En El manual de mi mente el lector se va a encontrar de todo, y nada malo. Es material producido durante diez años, así que es normal la variedad de contenidos y estilos. Hay color, bitonos y blanco y negro, hay historietas extensas y otras de una página, hay entrañables homenajes a la escuela Bruguera en el par de páginas de Don Soponcio y la criatura de estroncio, una página gloriosa que simula la sección de contactos y consultorio sentimental de cualquier revista, e incluso una historia muda, Membrana. Es imposible comentar todo, pero sí me gustaría destacar las que más me han gustado, por un motivo u otro: Estación en curva, sobre un dibujante, Obediencia, acerca de un superhéroe cuyo mánager es su propia madre, y la serie de historias de una página Mecanismo blanco —la más cercana en grafismo a Silvio José—. Y hay que pararse, por narices, en la que abre la antología: Todo está perdido. Me ha parecido brutal, cojonuda. Lo mejor que le he leído a Alcázar de momento. En noventa y dos tiras de cuatro viñetas va desplegando una historia en la que asume lo mejor de Dan Clowes y sobre todo de Charles Burns, lo pasa por su particular tamiz y lo utiliza para exponer sus continuas obsesiones y dar vida a algunos de los personajes más magnéticos de su obra. Y sobre todo, lo que me impresiona de Todo está perdido es su perfecta estructura narrativa, a base de intercalar diferentes líneas argumentales e ir saltando en el tiempo, de manera que el lector va poco a poco completando las piezas del puzle hasta la conclusión. Y tiene mucho mérito, porque hablamos de una obra dibujada durante cinco años y que el propio Alcázar explica en las páginas finales que fue improvisada, que no supo cómo iba a terminar hasta bien avanzada la historia.

            He dejado para el final una cuestión que no es poca cosa: ¿hace Alcázar humor? Cuando publica en El Jueves la respuesta parece obvia, pero si lo es desde luego no es convencional, ni siquiera aunque intentemos etiquetarlo de humor negro. En el texto biográfico se dice que Alcázar “vive convencido de ser un autor humorístico, pero por desgracia sus lectores no lo tienen tan claro”. Es una coña pero que tiene mucho de verdad. Yo no recuerdo reírme leyendo Todo está perdido, por ejemplo, aunque sí con alguna otra. En todo caso, si su obra tiene humor, o comparte algo con el humor, es que nos enfrenta, mediante la exageración y el extrañamiento que sus mundos nos producen, a nosotros mismos y a nuestras miserias. A través de sus personajes mezquinos e insoportables y de las víctimas que los sufren nos damos cuenta de nuestro egoísmo, como sociedad y como individuos. Las locuras absurdas que suceden en las historias de Paco Alcázar están más cerca de la realidad de lo que parece.

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