Los animales de Burden Hill, de Evan Dorkin y Jill Thompson.

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Hay una cosa sobre mí que tal vez no sepáis: me encantan los perros. Todos. Puedo pasarme horas mirando cómo juegan, e incluso cómo duermen. No hay forma de que odie más a alguien que saber que ha abandonado o maltratado a un perro. ¿Queréis verme llorar durante una hora? Contadme una historia triste protagonizada por uno. Así que en cuanto vi en la librería Los animales de Burden Hill y los preciosos dibujos de Jill Thompson, me tuve que hacer con él. Pero yo, que esperaba solamente eso, una colección de bonitos dibujos de perros, me he llevado una gran sorpresa al encontrarme con una excelente serie para chavales.

            Los animales de Burden HillBeasts of Burden, en el original, un juego de palabras intraducible en castellano— cuenta la historia de un grupo de perros que viven en un suburbio residencial típico estadounidense, en el que comienzan a ocurrir extraños sucesos paranormales. Y les toca a los perritos enfrentarse a ellos, en una serie de aventuras con todos los elementos típicos de ese terror fantástico que tan de moda está en los últimos años. Hay una orden arcana de perros que velan por la seguridad de nuestro mundo, licántropos, sectas de adoradoras de una diosa gato, perros zombis, espíritus errantes… El guionista, Evan Dorkin, sabe mezclarlo todo en un cóctel que en su planteamiento es muy original, aunque esté contando historias mil veces contadas. Hay humor, pero también momentos oscuros, durillos, y siempre persiste la emoción de no saber qué va a pasar, esa incertidumbre tan inquietante de presentir que cualquier personaje puede morir. Y los perros protagonistas tienen entre ellos una relación de amistad tan leal y sincera como podría esperarse de perros. As es el action hero, Pugs es el gruñón y, a ratos, el alivio cómico, y Rex, el cobardica, que, una pequeña genialidad por parte de Dorkin, es un dóberman. Junto a los cinco perros hay un gato, Huérfano.

Dorkin crea historias de estructura clásica, muy efectivas y entretenidas, al tiempo que va creando una mitología propia para su serie, añadiendo elementos y desvelando poco a poco al lector la información. Aquí el problema es que el ritmo de la serie es más que lento: el material incluido en el tomo publicado por Norma en realidad se publicó en un lapso de unos seis años. Y es una pena, porque es de las series que enganchan.

El dibujo de Thompson es una maravilla, ya lo decía más arriba. Hay gente que lo considera cursi o ñoño, pero, en mi opinión, precisamente la gracia está en que Thompson —que es cualquier cosa menos cursi— pervierte ese dibujo y le da significados menos inocentes, como suele hacer en su serie personal, Scary Godmother. En Los animales de Burden Hill los perros son una monada, pero esa apariencia es engañosa y choca con el tono oscuro de las historias y la relativa dureza de lo que les va pasando. Y, en todo caso, lo que hace no es nada fácil. Los perros de Thompson son auténticos, se mueven como perros y tienen expresiones de perro, y esto es así siempre. No se humanizan ni en una sola viñeta, ni siquiera abren la boca para hablar, y todo esto hace más complicado de lo que parece caracterizar a los personajes y no descolocar al lector en los diálogos, aunque Thompson lo haga fácil y salga más que airosa. También es mérito de Dorkin, claro, que escribe unos perros creíbles como tales.

En fin, que me ha encantado. No ha parado de llevarse premios y creo que son merecidos. Es un producto original y con alma, auténtico. Igual si a uno no le entusiasma este tipo de terror se queda frío, pero creo que es una serie perfecta para niños y adolescentes, que la disfrutarán como enanos. Y eso me lleva a una reflexión, para acabar: está muy bien que nos quejemos de que ya no hay apenas tebeos para niños, que llenemos nuestros blogs de artículos reivindicándolos. Pero igual no estaría mal que cuando aparece un cómic juvenil de buena calidad como éste le hiciéramos un poquito de caso.

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2 thoughts on “Los animales de Burden Hill, de Evan Dorkin y Jill Thompson.

  1. Totalmente de acuerdo: si todo el mundo quiere volver a cuando el cómic era popular, el primer paso sería apoyar que los críos lo lean.

    Ah, y yo también me quedo tonto con los perretes.

  2. Si no popular, en el sentido en el que lo era hace 30 años, por lo menos sí que haya cómics para todos los públicos. Mi comentario es porque tengo la sensación de que precisamente nosotros, los que hablamos de cómics en la red, ignoramos muchas veces este tipo de productos y seguimos clamando que no hay ya tebeos para niños. Y hombre, hay cosas interesantes. Tuve la misma sensación con El Pequeño Vampir de Sfar, o con los tebeos para niños de la editorial Mamut. A lo poco que haya, si encima es bueno, hay que prestarle atención.

    Y me alegra compartir contigo el atontamiento con los perretes xD.

    Un saludo.

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