Cine: Diamond Flash, de Carlos Vermut.

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Hace un par de días por fin pude ver la película de Carlos Vermut, Diamond Flash, su primer largometraje. Y voy a ser sincero: no me esperaba algo tan bueno. No porque la película fuera independiente, claro. No sé muy bien por qué, pero me esperaba algo más gamberro, o más friki. Pero en lugar de eso me di de bruces con una película muy, muy seria.

            Lo primero que uno percibe cuando ve Diamond Flash es que es la película que Vermut quería hacer. Es lo que tiene guisártelo y comértelo tú solo, que no rindes cuentas a nadie. Vermut no estuvo obligado a aceptar imposiciones de productores o distribuidores, pero tampoco, y quizás es hasta más importante, sintió necesidad alguna de hacer concesiones al público. Vivimos una época de dictadura de las audiencias, de gurús que saben, o creen saber, lo que el público quiere. Se busca el producto neutro, que no ofenda, que interese a todos, que sirva para todas las edades. Y el resultado, con excepciones, suele ser siempre el mismo: películas light, superficiales, neutras, insípidas. Sin personalidad. Diamond Flash huye de todo ello conscientemente: no es cómoda, no es políticamente correcta, y posiblemente no es película para todo el mundo.

            Está dividida en cuatro actos, en los que se cuentan las historias de varias mujeres, que, más que entrecruzarse, se tocan allí donde el superhéroe aparece en sus vidas. Porque, sí, hay un superhéroe, aunque, como escribió Santiago García, no es exactamente una película de superhéroes. El misterioso enmascarado con poderes parece ser un elemento secundario sin excesiva importancia, pero, al mismo tiempo, es el nexo de todo. Y en esa paradoja reside gran parte de la efectividad de la propuesta de Vermut, porque descoloca al espectador totalmente y lo prepara para cualquier cosa.

            Ya que he mencionado a las mujeres protagonistas, diré que el nivel de los actores es una de las cosas que más me han sorprendido, especialmente el de las actrices. Estamos tan acostumbrados a un cine industrial en el que hasta los actores buenos se limitan a interpretarse siempre a sí mismos que es una gratísima sorpresa descubrir a profesionales que aún son capaces de ser veraces y humanos, de transmitir una sensación de realidad sin la cual Diamond Flash no habría funcionado en absoluto. El mérito es compartido con el guion, claro. Vermut rompe prácticamente todas las reglas de manual de guiones cuadriculado, como aquél que enarbolaba el analista que aparecía en el magnífico tebeo de Rayco Pulido, Sin título (2008-2011). Me he acordado mucho de ese tebeo reflexionando acerca de Diamond Flash. De nuevo, la industria nos ha acostumbrado a un modelo de ficción casi único, en el que los elementos del guion no se justifican por sí solos, sino por ceñirse a ese modelo, culpable casi siempre del tipo de películas previsibles e inofensivas que mencionaba antes: los personajes tienen que ser coherentes, deben tener uno o como mucho dos rasgos definitorios y cada palabra que digan deberá demostrarlos, deben tener un arco, deben evolucionar, y la historia debe tener un inicio, un nudo y un desenlace. No pierdas al espectador, no pierdas al espectador. Dogmas aceptados sin más, sin los cuales los productores empiezan a ponerse nerviosos.

            Pero Vermut no tiene productores. Y sabe tan bien lo que está haciendo que él mismo no se pone nada nervioso. O por lo menos no lo demuestra. Se olvida de los manuales y se fija en la vida, donde la gente no se transforma continuamente, rara vez es coherente y es mucho más compleja que dos líneas de perfil. Y lo refleja en sus personajes y en las conversaciones que mantienen, que no siempre parecen llegar a alguna parte, aunque siempre lo hagan. La cuestión es que no transita por los caminos habituales. Diamond Flash podría definirse como una película de conversaciones, donde la trama avanza en elipsis o en momentos de acción súbita, y lo importante, lo que debería centrar nuestra atención, son sus personajes. No es con ellos con lo único que innova el director. Yo no sé demasiado de cine, así que no me voy a poner a hablar de montaje, fotografía o iluminación, porque sería absurdo, pero sí sé que esas secuencias de plano fijo durante minutos no son algo que se vea todos los días. Son desafíos valientes que consiguen mantener al espectador clavado, sin permitirle nunca apartar la vista de lo que le está desagradando. También hay algo que turba, una constante tensión, la sensación de que en cualquier momento toda la situación puede estallar, de que va a pasar algo. Es la misma intranquilidad que siento cuando veo Taxi Driver.

            Y quizás esto se deba también a la propia naturaleza de la película. Es compleja, y no da todas las respuestas que el espectador puede necesitar. La mayoría de las películas explican, con más o menos claridad. Al finalizar, el espectador tiene unos motivos, unas causas que, acabe bien o mal el film, lo tranquilizan. No hay nada más aterrador para nosotros que no saber. Que no poder responder a la pregunta de ¿por qué?, querer respuestas y no obtenerlas. Pero donde el cine más comercial tiende a darlas, Diamond Flash las omite. Al puzle le faltan muchas piezas, y las que se exponen no están del todo ordenadas. La historia está llena de incertidumbres. Siempre hay una angustia que persiste, un vacío que no se ha llenado del todo cuando aparecen los títulos de crédito. A esto me parece que contribuye la intencionada ambigüedad de géneros que practica, algo a lo que también juega, de otra forma, Nacho Vigalondo con Extraterrestre. Diamond Flash bascula entre el drama social, con temas sensibles, y el thriller, pero claro, ahí hay siempre un elemento que lo impregna todo sin apenas aparecer, porque hay un superhéroe. Y unas supervillanas.

            Después de pensarlo un poco, creo que sé por qué todo esto es así. Vermut parece decirnos: “de acuerdo, yo me he dejado las meninges en esta película. Ahora te toca a ti”. Diamond Flash no sólo da: exige. Exige del espectador un esfuerzo que nos hemos desacostumbrado a hacer en la butaca de un cine. Hay personas que se suelen quejar de las películas que “no se entienden”, sin pararse nunca a pensar que a lo mejor no tienen por qué entenderse, o que, en la mayoría de los casos, no es que no se entiendan, si no que ellos no quieren entenderlas. Frente a un cine comercial —no todo, por supuesto, hablo de la mayoría, como en todo el artículo— que busca al espectador pasivo, Diamond Flash deja a un lado lugares comunes y una puesta en escena del argumento convencional, igual que deja atrás la corrección política y nos regala escenas tremendamente incómodas, y coge al espectador de las solapas, sacudiéndolo a base de bien. Por renunciar renuncia hasta a una banda sonora que vaya marcando al espectador en qué estado emocional tiene que entrar en cada escena; la única música que aparece no es incidental. En una época en la que se da por supuesto que el espectador es tonto o, por lo menos, no está muy dispuesto a esforzarse, él confía en nosotros. Vermut nos quita los ruedines de la bicicleta y nos tira sin contemplaciones por la cuesta. Y eso está muy bien: necesitamos más películas como ésta, que exijan durante su proyección una atención total, y que no se olviden en cuanto se sale de la sala. Que no salgan con la misma facilidad con la que entran. Frente al cine del mediocre “está entretenida”, o el no menos recurrente “no es una obra maestra, pero te lo pasas bien”, necesitamos películas que marquen, que te dejen dándole vueltas a la cabeza durante días, que necesites volver a ver para disfrutarla otra vez.

            Y seguro que lo haré en cuanto vuelva a tener la oportunidad. Espero que haya muchas, y que se encuentre una forma de distribución que permita verla a todo el mundo. Lo merece. Es una película de las que se te quedan en el córtex, dando vueltas, llena de escenas con una carga emocional brutal, y otras muy duras, sórdidas, que contrastan con el par de alivios semicómicos que tienen lugar en el sótano de Picnic, el bar donde, precisamente, vi la película. Nos llevan vendiendo demasiado tiempo que el Cine, así con mayúsculas, es márketing, palomitas, grandes presupuestos, estrellas de Hollywood, efectos especiales costosísimos, bandas sonoras guays, 3D, variaciones mínimas del camino del héroe. Pero el cine no es eso, o no sólo es eso. Cine es, por ejemplo, Diamond Flash.

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3 thoughts on “Cine: Diamond Flash, de Carlos Vermut.

  1. Joder, yo estoy LOCO por ver esta película, pero no hay manera. En Málaga (de donde soy) no se hacen proyecciones, así que no me queda otra que esperar a que se pueda ver en filmin o directamente salga en dvd.

  2. Ya, es lo malo… Yo vivo en Madrid, y también llevaba con ganas mucho tiempo hasta que he tenido la oportunidad. Espero que tarde o temprano la lleven por Málaga o se encuentre algún método de distribución online.

  3. He visto la peli, y es cojonuda, una pasada, y ni siquiera hace falta un esfuerzo por parte del espectador, solo hace falta dejarte llevar, y eso es ademas lo alucinante, que sin ser algo convencional (es mas nada convencional) fluya tan bien y se deje ver con tanta facilidad sin para nada confundirte, al contrario, sin encajar todo encaja, entretiene y divierte.

    Una pasada JODER!!

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