La Gorda de las Galaxias, de Nicolás.

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Yo debía de tener cinco o seis años cuando, leyendo una Zipi y Zape, me topé por primera vez con La Gorda de las Galaxias de Nicolás. Para poner en situación a los lectores más jóvenes que yo, en aquella revista uno se encontraba las series típicas de Bruguera, no recuerdo exactamente cuáles —aunque creo que salía el Robin Robot de Sanchis—, además de alguna serie realista de procedencia europea, pasatiempos, anuncios… una típica revista de historietas infantiles. Y de repente chocas con esta bomba. No voy a decir que me marcó, porque no es eso. Fue más bien un impacto visual: aquellas páginas, los dibujos de Nicolás, se me quedaron grabados en las retinas. Y luego de mayor, en una conversación nostálgica, lo mencionas, escarbas en el recuerdo desgastado de esas viñetas loquísimas que no se parecían a nada que hubieras visto después. Y descubres que no estás solo: hay muchísimos lectores de mi generación que tampoco han olvidado a Nicolás y a la Gordi.

            Hace unos años fui feliz al encontrar un blog donde se habían dedicado a recopilar algunas de las páginas de La Gorda de las Galaxias, pero ahora la felicidad es absoluta. Mamut Cómics se ha ganado mi gratitud eterna al lanzarse a la aventura de publicar la serie en dos tomitos de los que de momento ya tengo uno en mis manos. Ha sido, nos cuentan, un trabajo duro, porque ha habido que localizar los originales y restaurarlos. Pero ha merecido la pena. Porque más allá de impactos infantiles, lo que me parece evidente es que Nicolás es uno de los genios olvidados del tebeo español. Observando su trabajo con detenimiento, me doy cuenta de hasta qué punto lo es. Es, sencillamente, increíble. Parte de un dibujo infantilizado, que parece hecho por un niño, y después lo llena todo con el color de sus rotuladores. Sí, todas las páginas están coloreadas a mano con simples rotuladores. De verdad que por más vueltas que le doy no me explico cómo consiguió que Bruguera le respetara esa decisión. Pero el resultado es espectacular. Puro delirio pop desatado, colores planos combinados con infinitas posibilidades y con mucha imaginación, una estridencia con contrastes radicales que consigue un efecto fascinador en el lector imposible de combatir. La sensibilidad de Nicolás para el color no admite demasiadas comparaciones; me viene a la cabeza, únicamente, Miguel Calatayud, que comparte con Nicolás el interés por las funciones expresivas del color antes que por la naturalista. De hecho hay más de una viñeta en La Gorda de las Galaxias que recuerda a Los doce trabajos de Hércules, aunque sean anecdóticas.

            Este primer volumen permite ver cómo evolucionaba la serie a toda velocidad, según Nicolás iba soltándose cada vez más la melena, y si ya desde el principio era chocante encontrársela en una revista como Zipi y Zape, cuando pasen unos meses será como un viaje de ácido. Pero hay una primera etapa en la que Nicolás es aún conservador con el color, los límites de las viñetas son regulares y convencionales y la rotulación es mecánica, como era habitual en el resto de las series de Bruguera. En estas primeras planchas ya está presente esa simpatía de los personajes, que siempre sonríen, el humor aparentemente naif y las historias simples y primarias que caracterizarán toda su trayectoria, pero será después, con Nicolás se entregará gozoso a todo tipo de experimentaciones, librándose cada vez de más convenciones, cuando La Gorda de las Galaxias alcance su verdadero potencial. El color será cada vez más importante y más atrevido, las onomatopeyas se convertirán en un elemento esencial y completamente rompedor, y Nicolás irá abigarrando las viñetas con todo tipo de criaturas y con la propia Gordi, cuyo tamaño irá creciendo, y su cuerpo mutando con total libertad, llenando el espacio. Nicolás pasará a ocuparse de la rotulación manualmente, la cual se convertirá en otra de las marcas de fábrica de La Gorda, y que termina de redondear el carácter artersanal de la serie, la clave de su encanto. Empiezan a aparecer los villanos con corazoncito, como el profesor Malvadus o el doctor Antipáticus, y Nicolás comienza a dibujar un universo bidimensional pero infinito, en el que sobre un fondo negro se apiñan satélites, planetas, estrellas y marcianitos encantadores llenos de color: es un horror vacui delirante e irreal donde los cánones de dibujo son destrozados a golpes de imaginación… y tripazos de la Gordi. Y sinceramente, creo que esta etapa, a la que podríamos llamar de fondo negro, está sin duda entre lo mejor del cómic español de todos los tiempos. El equilibrio de esas páginas, la manera en la que están concebidas como un todo orgánico, y los hipnóticos colores son, sencillamente, fruto de un talento incuestionable.

            Después, la serie sigue mutando, y aunque a mí me guste menos, sigue siendo una maravilla llena de imaginación. Los fondos negros del espacio se vuelven amarillos, y con este cambio La Gorda de las Galaxias se vuelve más abstracta; las aventuras de su protagonista, si antes se ubicaban en un espacio sideral icónico, ahora se desarrollan en un no lugar indefinido, donde Nicolás centra toda su fuerza en los personajes y en los efectos puramente historietísticos: las ondas de los mamporros de la Gorda, corazoncitos y estrellas, notas musicales, y las onomatopeyas, que siguen siendo fundamentales. Las viñetas van aumentando progresivamente de tamaño, hasta el punto de que muchas historias se componen de tres viñetas, la primera de ellas a toda página, con los bordes ondulados y los personajes desbordándolas. El texto entonces se vuelve aún más narrativo, funciona de una manera similar a la de Príncipe Valiente, aunque siga habiendo bocadillos, que básicamente lo que aportan son chistes. Quizás es aquí donde más se aprecia el peculiar sentido del humor de Nicolás y su estilo gamberro y delicadamente subversivo: entre lo infantil y lo cañí, y jolines, macizos y castañas, el autor consigue crear una voz inimitable y propia. Pero esto, en todo caso, es algo que está presente en toda la serie y casi desde el principio.

            El tomo lo cierran unas pocas historias en las que Nicolás vuelve a una estructura de página más tradicional, con viñetas pequeñas y de nuevo regulares que contrastan con las enormes que hemos dejado atrás. Es difícil saber, a estas alturas, sin preguntarle al propio Nicolás, si esto fue decisión propia o a alguien en Bruguera le parecían excesivos los experimentos gráficos de La Gorda, pero lo que está claro es que la imaginación sin límites que la caracterizaba sigue intacta.

            Más allá de todo esto, en realidad lo fundamental es que, leídas hoy, estas páginas no sólo siguen siendo increíblemente divertidas, sino que mantienen intacta su vigencia. La Gorda de las Galaxias es tan moderna que podría haberse dibujado ayer. O dentro de diez años. Ni siquiera el lenguaje de Nicolás se ha quedado desfasado. Y creo también que hoy un niño puede maravillarse con las historias sencillas y absurdas de la serie, y quedarse embobado, atrapado en las formas y colores de Nicolás, y enternecerse con esos personajes encantadores que se llaman Agustinín, Jesús María o Mariví, a pesar de ser extraterrestres, y ese mundo tan extraño pero en el que las chicas quieren salir con un mozo como el Bertín Osborne, o los marcianos se reunen en un bar a ver un partido de fútbol. Y por supuesto, con la increíble humanidad de la Gorda, una superheroína cósmica de espíritu ácrata que ayuda a los desvalidos, derrota malvados a tripazos, y no tolera la injusticia. Y a la que lo que más le gusta es hacer de celestina, y solucionar los problemas a base de amor. Es un espíritu libre que viaja por el espacio, sin hogar conocido, y que es amiga de todas las criaturas. Y que, cuando los marcianos vayan a buscarla porque los robots que realizan los trabajos más pesados se han puesto en huelga, ella mismase pondrá también en huelga, en solidaridad con ellos.

            En fin, que después de todo esto no creo que a nadie le extrañe que considere que la reedición de La Gorda de las Galaxias es la noticia del año del cómic español, y de la década, si me apuráis. Es de justicia recuperar la obra de uno de los autores más personales que hemos tenido en España, que hizo puro cómic de vanguardia en una revista infantil, y cuya imaginación de tintes surrealistas lo pone, en sus mejores momentos, en un lugar no demasiado lejano del trono que ocupa Krazy Kat. Y se recupera, además, es una edición fantástica, mimada al detalle por parte de la gente de Bang Ediciones, con prólogos de Luis Alberto de Cuenca y Toni Guiral, y que con muy buen criterio la ha incluido en el sello de Mamut, de cómic para niños, porque es lo que es La Gorda de las Galaxias: un tebeo para niños. Quizás el mejor que se ha hecho en los últimos treinta años en España.

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