La realidad y la ficción en la obra de Joe Matt.

Siempre he tenido la sensación de que Joe Matt es tenido por el eslabón más débil de la cadena que forman lo que yo llamo el trío de Drawn and Quaterly, completado por Seth y Chester Brown. Digo que tengo esa sensación quizás porque yo mismo lo he pensado durante mucho tiempo; frente a los altos vuelos y el compromiso con su obra que exhiben Brown y Seth desde hace dos décadas, Matt parece moverse a otra altura, más humilde, menos ambiciosa y sobre todo mucho más relajada y dispersa. En el mismo tiempo en el que sus amigos han publicado varias obras largas, él apenas ha sido capaz de dibujar unas cien páginas de su Peepshow. Y no es que no me guste Matt, al contrario: siempre me ha atraído mucho su manera de presentarse a sí mismo y convertirse en un personaje deleznable pero, pese a ello, entrañable.

            Y uno de los rasgos que más me interesan de la personalidad artística de Matt y su alter ego en el papel es cómo él mismo se sitúa conscientemente bajo el radar de la crítica especializada y huye del panteón de los grandes autores contemporáneos escapándose por la puerta de atrás. Con cierta frecuencia se dibuja a sí mismo lamentándose de su falta de constancia, criticando su propio trabajo y asegurando que es muy malo. Pero a pesar de esto, lógicamente el simple hecho de que ese trabajo es publicado debe hacernos pensar que, por inseguro que sea Matt, un mínimo de valía si le ve a sus cómics.

            Porque la tienen, claro. Y no un mínimo. Precisamente esa falta de pretensiones, esa superficie engañosa que enseña Peepshow —la historia de un monigote que se mata a pajas—, le permite introducir algunas cuestiones narrativas más sofisticadas de lo que podrían parecer en un principio. La que me parece más interesante es una a la que  hace tiempo que le vengo dando vueltas: la verdad en los relatos autobiográficos.

            Como punto de partida, Joe Matt cuenta su vida, o parte de ella, una sucesión de acontecimientos que le han ocurrido. No hay equívocos, ni se cuestiona la realidad o no de esos hechos: es única. Pero hay momentos en los que Matt coloca esa realidad al trasluz, y la descompone en varios niveles. No es, claro, la primera vez que un dibujante de cómics se representa a sí mismo dibujando, o subrayando la distancia que separa la realidad física de la que él plasma en el papel. Sin pensar demasiado se nos ocurre Maus, de Art Spiegelman. La novedad está en el desenfado, la falta de énfasis o de sobriedad en el ejercicio metalingüístico que ejecuta Matt como quien no quiere la cosa. Atención a cómo lo hace:

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            En esta página del número tres de Peepshow (La Factoría de Ideas, 2000) un par de amigos de Joe se lo encuentran por la calle y le recriminan la manera en la que los ha retratado en su nuevo tebeo. Así se crean tres niveles de realidad:

Un primer nivel es el que el lector ha leído, donde ha podido ver sobre la marcha todo lo que Matt ha contado en relación a la pareja que aparece en esta página. Es el discurso principal y el evidente.

Un segundo nivel está en los cómics que el Joe Matt del primer nivel dibuja dentro de la historia, y que los personajes de la página analizada están sosteniendo.

Y un tercer nivel que es el único genuinamente real y verdadero, en el sentido tradicional, y que corresponde al Joe Matt autor, el que existe en nuestro mundo.

            En principio, uno lee Peepshow como una autobiografía, pensando que el autor está contando su vida, más o menos fielmente. Pero en esta secuencia introduce una duda, al verse como en el tebeo que muestra hay cambios: el aspecto de la pareja y sus nombres. La pregunta es inevitable: si el Matt del primer nivel ha cambiado la historia que le ha sucedido al del segundo, ¿podría haber hecho lo mismo el Matt real, el del tercer nivel? Y en el momento en el que uno se cuestiona una cosa, se las cuestiona todas. Si se duda de un detalle en la autobiografía, género cierto por excelencia, entonces toda ella se pone en tela de juicio. Matt lo sabe, y juega constantemente con eso, enseñando una realidad pero cuestionándola con otra… mientras la suya, en la que reside su yo real, permanece siempre oculta. Paradójicamente, porque se supone que es un autor que juega la carta de exponerse a sí mismo.

            Otro ejemplo muy interesante lo encontramos en su obra más reciente publicada en España: Consumido (Fulgencio Pimentel, 2011). En ella hay una secuencia en la que Matt reflexiona a solas sobre su trayectoria y su trabajo como historietista. Al margen de todas las cuitas que son habituales en él, lo vemos meditar una escena que está dibujando, pero que nosotros ya hemos leído en las páginas anteriores.

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Poco después hace algo más, que abunda en todo esto de la ficción y la realidad: coge directamente el recopilatorio de Pobre Cabrón de su estantería y explica que en determinada parte “¡Más de la mitad es inventado!”.

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            También matiza uno de los eventos más controvertidos de esa historia: Matt golpea a su novia de por aquel entonces en el ojo y se lo pone morado —aunque sucede en una elipsis—. Ahora, quién sabe si respondiendo a alguna crítica, explica que omitió las veces que ella le pegó a él, que ni se mencionaron en el cómic. También nos descubre que la escena del trío con una ex y su compañera de piso jamás ocurrió, ni como se contó en el tebeo ni de ninguna otra forma.

            Es decir, que en su autobiografía hay sucesos alterados y otros completamente inventados. Entonces ¿Peepshow no es una autobiografía? Yo creo que sí lo es. Es irrelevante, de cara al lector, qué porcentaje de lo que sucede en el primer nivel ha sucedido previamente en el tercero. Lo que importa es el resultado final. Y en él, el propio Matt ya nos está poniendo sobre aviso, como decía antes: si algo es mentira, entonces todo puede serlo. Es más, si una secuencia no es real, ¿por qué ha de serlo aquella en la que, aún dentro del tebeo, Matt nos dice que otra anterior es ficticia? ¿Cómo estar seguros de que en ese momento sí es sincero? Da lo mismo. Ésa es la clave. La ficción es la realidad cuando nos situamos en ese primer nivel durante la lectura, y el tercero es inexistente mientras dura ésta. Pero además, ese relativismo, quizás inconsciente, le lleva a dibujar páginas en las que las piruetas que ejecuta no tienen nada que envidiar a las mejores de sus buenos amigos Chester Brown y Seth, aunque seguramente el propio Matt no estaría nada de acuerdo con esto.

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