La ciudad, de Frans Masereel.

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Ha pasado mucho tiempo desde que se publicó, pero no me quiero quedar sin decir un par de cosas sobre La ciudad de Frans Masereel. Masereel fue un xilografista belga cuya obra tuvo siempre un carácter de denuncia social muy marcado, que ilustró obras de grandes clásicos de la literatura durante buena parte de su carrera. Pero si en los últimos años se le ha reivindicado desde el medio de la historieta es por sus «novelas sin palabras». La primera vez que yo supe de él fue leyendo La novela gráfica de Santiago García, que lo sitúa como un antecedente de la novela gráfica y lo emparenta además con las sinfonías urbanas del cine mudo. Sobre lo primero, la ascendencia es evidente: La ciudad es una obra de cierta extensión, autoconclusiva, dirigida a un público adulto y libre de trabas a la libertad de su autor.

            Y sobre lo segundo, tampoco hay mucha duda. Masereel plantea una historia sin protagonista individual, y se esfuerza en su lugar en mostrar en toda su complejidad una gran ciudad industrial de su tiempo —1925—, acercándose a todos los tipos y clases sociales, desde una actitud descriptiva pero también crítica. En el impresionante fresco que dibuja, acaso más impactante por no apoyarse en la palabra, vemos a los ricos y a los pobres, a las prostitutas y a los obreros, visitamos las plazas, las grandes avenidas, los arrabales, las escuelas y las fábricas. En cada grabado hay una pequeña historia: todos juntos forman el retrato crudo de la ciudad anónima, llena de escenas donde lo cotidiano se mezcla con escenas terribles de muerte —un ajusticiamiento, un accidente laboral, un suicidio—, pero también de pequeños detalles que hay que leer con detenimiento, porque en buena parte la riqueza de La ciudad está en ellos.

            Imagino que habrá quien no considere que las obras de Masereel son cómics; sus razones tendrían. Al fin y al cabo su filiación con la historieta es reciente: una cita de Art Spiegelman en su contracubierta la define como «una parte importante de la historia secreta de los cómics», y para mí lo es. Es una narración, no una colección de estampas independientes, y lo es en imágenes, y fue impresa: cómic de toda la vida, en una época en la que ya los había, aunque entonces a nadie se le ocurriría emparentar La ciudad con los coloridos superhéroes o con las páginas dominicales de prensa, de ahí el término de «novelas sin palabras». Pero no debe sorprendernos, ya que esto ha sido una constante a lo largo de la historia del medio: una y otra vez determinadas obras que se alejaban de la tendencia imperante infantil/juvenil han sido designadas con otro término para marcar esa diferencia de cara al mercado. En todo caso, la llamemos como la llamemos, La ciudad es una obra cumbre. Para perderse en sus páginas y asombrarse con la increíble capacidad de Masereel.

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