El Jueves y la religión.

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Esta semana hemos sabido que El Jueves ha sido denunciado por diversas agrupaciones de musulmanes residentes en Barcelona. No es la primera vez que alguien se querella contra El Jueves, ni será la última. Supongo que sus responsables, cuando dieron luz verde a esa ilustración de cubierta —que me parece brillante, dicho sea de paso—, ya contemplaban la posibilidad de que hubiera esta reacción. Más allá de, como no puede ser de otra forma, manifestar mi total apoyo a El Jueves en este caso —y en cualquier otro de esta naturaleza—, quiero aprovechar para hacer una reflexión.

            No hace tantos años, en España las revistas satíricas estaban sometidas al arbitrio de la Ley Fraga. Durante la transición los secuestros editoriales, los cierres temporales o definitivos y las sanciones económicas estaban a la orden del día. Casi siempre amparándose en el artículo 2 de dicha ley, que hablaba del respecto debido a la moral y a las instituciones. El humor se movía en unos límites estrechos y además aleatorios. Sus responsables se pasaban media vida en los juzgados, explicando a los jueces qué querían decir con sus viñetas. Con la democracia alguien ingenuo podría pensar que esa situación llegaría a su fin. Y, en realidad, eso parecía. Pero si uno inspecciona la legislación vigente, o simplemente revisa la prensa de los últimos años, se dará cuenta de que una figura tan horrible y deleznable como el secuestro editorial está aún ahí —fue la que se aplicó en 2007 con la cubierta del mismo Jueves con los príncipes jincando—, y que no son pocas las demandas que se interponen y se ganan contra revistas satíricas.

            Yo creo, y admito que en esto soy totalmente radical, que el humor no debería tener límite. Ninguno. Porque en el momento en el que se establece uno, éste será completamente subjetivo y arbitrario. No hay manera de consensuar unos límites porque cada uno es libre de ofenderse por lo que le dé la gana. O dicho de otro modo, la ley no puede establecer qué es ofensivo y qué no, porque es algo medible únicamente bajo criterios estrictamente personales: no existe nada «objetivamente ofensivo». La sátira ha intentado siempre ser silenciada o como poco suavizada, domesticada, pero su papel en la sociedad es irrenunciable: es la herramienta de crítica al poder más efectiva que tenemos. Y la libertad de la misma mide la calidad de una democracia.

            Dicho esto, que es únicamente mi postura personal, en España existen hoy unas leyes que valoran qué es injuria y qué no, y a ellas puede recurrir cualquier ciudadano que se sienta injuriado por un chiste. Que ya hay que tener tiempo libre y poco sentido del humor, pero bueno, allá cada cual. Lo que pasa es que esto tiene un problema: que cada vez vamos llegando un poquito más lejos. Cada caso de denuncia y condena crea un precedente y contribuye a un clima en el que el respeto a conceptos tan etéreos como el honor o la honra se impone a la libertad de expresión. Caminamos hacia una tiranía peligrosa, en la que todo el mundo tiene derecho a retirar contenidos que no le gusten simplemente aduciendo que se siente ofendido por ellos en su sentir religioso. Ésa es la gran trampa. El sentir religioso, para los creyentes, es algo que impregna todos los aspectos de su vida, como es lógico. Las religiones son un conjunto de mitos que establecen reglas que buscan abarcar todos los aspectos de la vida de sus creyentes. Es prácticamente imposible que un individuo respete todas las creencias de los grupos más radicales u ortodoxos de cualquier religión.

            El artículo 525 del código penal al que se acoge la demanda fue creado teniendo en mente salvaguardar la fe católica que entonces era prácticamente la única en España. Pero en un mundo globalizado y en un escenario teóricamente laico no tiene ningún sentido tal y como está planteado. Si cualquier religión se acoge a él, entonces simplemente no puede hacerse nada. Un desnudo ofende el sentimiento religioso de casi cualquier credo. Hay grupos musulmanes que consideran la música una gran blasfemia. ¿Pueden acogerse al artículo 525? Y si dibujo una caricatura de Shiva o de Vishnu, ¿no estoy entonces ofendiendo a los hindúes? Mejor aún: ¿no podemos partirnos la caja con la demencial teoría de los cienciólogos? Es su religión, ¿no? ¿Saben las autoridades que existe la religión jedi? ¿Se acabaron entonces las parodias de Star Wars? En el fondo, el problema de ese artículo es justo éste: la religión es una creencia. Cada cual es libre de creer en lo que le dé la gana, y por tanto, no podemos legislar intentando proteger todas las creencias. Y es más: es un artículo que discrimina claramente a los que no tienen religión, que parece que no tienen derecho a ver sus creencias —o la falta de ellas— protegidas por la ley. Como ateo, bien podría sentirme ofendido de ver crucifijos en las aulas de los colegios públicos, por ejemplo.

            No obstante, que quede clara una cosa: las agrupaciones que han denunciado a El Jueves han hecho lo que hay que hacer en democracia. No hay nada que objetar en ese aspecto, aunque yo crea, personalmente, que las asociaciones de musulmanes moderados harían mejor en denunciar las bestialidades que los islamistas radicales hacen a diario en muchos países. Pero aquí el problema no es la denuncia, sino el marco jurídico que la permite. El artículo que protege algo tan intangible como las creencias personales por encima del derecho a decir, escribir o dibujar lo que a uno le salga de las narices. Vivimos tiempos duros, en los que la libertad de expresión está cada vez más limitada. Tiempos en los que Facebook elimina sin contemplaciones cualquier contenido que le parezca ofensivo o inquiete al poder. Tiempos en los que las alas más delirantemente ultraconservadoras de la sociedad estadounidense están muy cerca de llegar al poder. Tiempos en los que el miedo, disfrazado de corrección política, puede ponernos una mordaza inadmisible. Por eso no hay que dar ni un solo paso atrás. Los creyentes —de cualquier religión— deben entender que ya no pueden tener vocación totalizadora y que sus preceptos no pueden ser nunca impuestos a los demás. Las religiones deben reubicarse en lo estrictamente personal y abandonar la pretensión universalizadora: los musulmanes tienen que entender que sus normas les prohiben representar a Mahoma únicamente a quienes las acepten y profesen, y a nadie más. Y ya que estamos, el Papa debería dejar de bendecir urbi et orbi algún día de éstos.

            No quier acabar este texto sin referirme a los argumentos torticeros de siempre, y de los de siempre. El meme de «a que con Mahoma no hay huevos a meterse» se ha transformado en «qué poco sentido común, a quién se le ocurre meterse con Mahoma». ¿En qué quedamos entonces? Está claro: no se trata de que las mofas sean equitativas, sino de que se restrinjan todas ellas. Cierto sector de la iglesia católica española no está tan lejos del fundamentalismo como sería deseable, y lo de Mahoma es un razonamiento simple y falaz —el profeta ha aparecido muchísimo en las páginas de El Jueves— para intentar proteger de toda crítica su religión, y volver a otros tiempos. Cuando además el poder político alienta y respalda esto, es doblemente importante que los ciudadanos no demos ni un paso atrás en la defensa de la libertad de expresión y la sátira como ejercicio supremo de dicha libertad. Afortunadamente, nunca han faltado en España historietistas dispuestos a combatir con sus lápices la cerrazón. Que sepan que no están solos.

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