Miracleman, de Alan Moore, Alan Davis, John Totleben y otros.

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Miracleman es la única de las grandes obras de Alan Moore que no puede leerse con la facilidad que dan las las reediciones constantes. No voy a hablar aquí del laberinto legal en el que la serie lleva atrapada desde… no sé, prácticamente desde que tengo memoria como coleccionista de cómics. No, voy a hablar del contenido, de las historias que componen los tres tomos recopilatorios que he podido leer gracias a la cortesía de Alberto García, mi camello particular.

            Uno ya sabe, a poco que haya querido informarse, qué va a encontrarse en las páginas de Miracleman, aunque por si acaso, aviso de que destripo el final de la serie a partir de aquí. En el fondo, es algo que Moore lleva contando más de treinta años: el acercamiento realista al superhéroe, la exploración hasta las últimas consecuencias de su naturaleza y cómo ésta transformaría nuestro mundo. Es cierto que con los años, lógicamente, Moore ha mejorado técnicamente, se ha convertido en mucho mejor guionista de lo que era en Miracleman. Pero también lo es que, en cierta forma, nunca ha contado esta historia mejor que como la contó la primera vez. O por lo menos con más frescura, con más pasión.

            Miracleman —o Marvelman, que es su verdadero nombre— comienza de una forma que recuerda mucho a otros trabajos de Moore de aquel momento: con historias breves que poco a poco van redefiniendo al personaje, reinterpretándolo en una clave claramente posmoderna pero al mismo tiempo profundamente respetuosa con el material original de Mick Anglo, que a su vez estaba adaptando —o plagiando, seamos sinceros— el Captain Marvel de la Fawcett, con su familia de superhéroes y sus aventuras ingenuas y escapistas. Moore comienza a retorcer los conceptos básicos de la serie planteando que Mike Moran, el hombre con la habilidad de convertirse en Miracleman, tiene amnesia y no recuerda cómo transformarse. Hasta que lo hace. Y a partir de ahí, Moore va complicando la cosa, la serie crece en ambición y se va soltando el pelo —nunca mejor dicho en el caso de Moore— y atreviéndose a ir mucho más allá de lo que en un principio parecía razonable. En muchos puntos, Miracleman me ha recordado a su Captain Britain, donde se da un proceso muy similar. Y por supuesto, el proceso de deconstrucción del protagonista nos hace pensar de inmediato en Swamp Thing, quizá la primera serie donde Moore ya empieza sabiendo qué quiere hacer y habiendo asumido todo lo hecho previamente como parte de su aprendizaje.

            Moore recurre a textos prolijos y abigarrados —a veces demasiado—, líricos en ocasiones, que acabó por convertir en su marca de fábrica, y aparece flanqueado por Alan Davis, que definitivamente tengo que decir que me gusta más en el inicio de su carrera que ahora, y sobre todo por un soberbio John Totleben de estilo extrañamente elegante, sin miedo a la experimentación y con un sentido estético único en el cómic americano. Con ellos resulta mucho más fácil recrear estas historias sombrías y claustrofóbicas en las que Miracleman se siente atrapado, como castrado en su omnipotencia. Como después le sucederá a Alec Holland, Mike Moran descubrirá que todo lo que recuerda de su pasado es mentira, y que dentro de él anida un superhombre que acabará por eclipsarle y matarle simbólicamente —en mi secuencia favorita de toda la serie—. El resto del reparto no es menos interesante: el villano, Gargunza, es uno de los más conseguidos de todas las obras de Moore; el sidekick Kid Miracleman, convertido en némesis, resulta en algunos momentos aterrador; Liz, esposa del héroe, cegada primero por su divinidad y superada después; Winter, la hija de Miracleman, una nueva forma de vida que Moore consigue mostrar de manera veraz como alguien que es más que humano.

            El apocalipsis llega con un combate total entre Miracleman y sus aliados contra el antiguo Kid Miracleman, que en su manera de mostrar las auténticas consecuencias de una batalla entre superhumanos para la gente corriente se adelantó en más de una década a The Authority. Y lo mismo puede decirse de la utopía científica posterior, en la que los superhumanos cambian el mundo, y lo salvan definitivamente. Moore apunta en esta última historia tantas ideas que resulta imposible asumirlas todas en una sola lectura, y no se limita a los avances tecnológicos, sino que explora el impacto sociológico, moral y religioso que la existencia de lo que la gente no puede sino llamar dioses tendría en la escéptica sociedad de los años ochenta y noventa.

            Profundizar en ese brave new world es una tarea que Moore le deja a Neil Gaiman, que habría realizado tres volúmenes si la maraña legal que rodea al título no le hubiese bloqueado. Pudo terminar el primero, donde hace historias autoconclusivas centradas en alguno de los aspectos o personajes apuntados por Moore previamente, muy similares en tono y estructura a las que hacía en The Sandman cada pocos números. De hecho Miracleman aparece como Morpheus en ellas poco y casi siempre como deus ex machina.

            Se suele decir que Watchmen aniquiló el género de los superhéroes, que con él Moore puso fin al concepto. Pero desde luego ésa no era su intención, y esto lo sabemos no sólo porque él lo haya dicho muchas veces, sino porque leyendo Miracleman —y muchos tros tebeos suyos— uno se da cuenta del conocimiento profundo que el guionista tiene de la historia del género y de sus mecanismos, y del amor que le profesa. En realidad, por alejadas que estén en su planteamiento Watchmen y Miracleman ambas coinciden en algo: la reivindicación de los superhéroes como vehículo para contar cualquier tipo de historia y la puesta en evidencia de un modelo narrativo rutinario y repetitivo, sin riesgo, que por mucho que hoy siga adelante, ya estaba agonizando entonces. Eso, y no otra cosa, es lo que quiso aniquilar Alan Moore. A partir de ahí, prácticamente todas las historias que han sido relevantes en el género han explorado de un modo u otro la manera en la que los superhombres cambian el mundo y nos cambian a nosotros, y el género, por tópico que suene, se hizo adulto, o tan adulto como puede serlo.

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13 thoughts on “Miracleman, de Alan Moore, Alan Davis, John Totleben y otros.

  1. Pues… me has animado a seguir con la lectura que tengo a medias. El problema es que cada vez se me va haciendo más y más densa… y cuesta ponerse habiendo otras cosas más ligeras. Claro que esto parece que tiene recompensa.

  2. Es una lectura densísima, sí, Moore no se corta nada. Y además, que no es una lectura fácil. Se nota mucho la diferencia de léxico cuando entra Gaiman, por cierto.

  3. “Se nota mucho la diferencia de léxico cuando entra Gaiman, por cierto” ¿a qué te refieres? no lo pillo. Son autores diferentes, alambicado Moore, más concreto pero más “perfumado” Gaiman. ¿vas por ahí? no, no te entendí.

  4. Me refiero al vocabulario que usan. Moore me ha resultado mucho más difícil de leer que Gaiman. Bueno, de siempre, no lo digo sólo por Miracleman, lo que pasa es que aquí se ve muy bien.

  5. por cierto, siempre pensé que Miracleman era muy cerrada con el final de Moore, y aunque Gaiman hace un buen trabajo para su nivel (por debajo de Moore, pero digno e imaginativo) realmente al final lo único que puede hacer es meter el zoom al paisaje general que ya ha dibujado perfectamente su predecesor en su ‘libro 3º’.
    Con todo ¿podía hacerse otra cosa? creo que Gaiman resuelve la pepeleta satisfactoriamente, y no me extraña que el propio Moore pidiese que, de continuar la serie, lo hiciese el de Sandman.
    Más cuestiones, antaño Alan veía la lógica de que continuasen Miracleman, hoy reniega de Before Watchmen. Porque sí, aunque cerrado, Miracleman admite más, pienso. Más sobre lo mismo, porque el concepto es tan cerrado como en Watchmen, pero siendo una obra digamos “de juventud”, no constituye un puzle tan perfecto y hermético. Además, el concepto… Moore no intuye en Miracleman que pueda crear algo totalmente cerrado, creo: sabe que es un proyecto mensual, de continuidad y sobre personaje ajeno, claro. En Watchmen, como en V, sabe que crea algo cerrado (bien en revista como V en inicios, bien en “limited” como en Watch y la propia V en su tramo final)

  6. Sí, estoy bastante de acuerdo. Lo de Gaiman no es malo, pero queda ensombrecido por lo anterior, que es lo verdaderamente relevante. Y, por otro lado, no es muy diferente a lo que hacía en Sandman en determinados números.

    Y también coincido en lo siguiente; Watchmen fue desde el principio una serie de 12 números, Miracleman era serie abierta. Y de hecho creo que Moore acaba su etapa sabiendo que Gaiman la continuará, ¿no? Y conociendo los planes que tenía.

  7. si no recuerdo mal, dijo que de seguir, querría que fuese Gaiman, sí ¡y se le respetó! ah, qué tiempos… XD
    Ah, es evidente que el estilo Sandman está muy presente en Miracleman, el de historias autoconclusivas (que para muchos es el mejor Gaiman, por cierto)

  8. Sí, a mí es el que más me gusta. Bueno, The Sandman me gusta entera más o menos según el arco, pero tiene historias autoconclusivas que son estructuralmente perfectas. El impacto de Sueño de un millar de gatos cuando lo leí la primera vez no creo que se repita nunca, por ejemplo.

  9. Una puntualización, Gaiman no pudo concluir su etapa no por ningún lío de derechos, sino porque Eclipse quebró.
    Octavio, sobre lo de Miracleman como obra de “juventud”, relativamente, porque el libro tres de MM lo acabó en 1990 y Watchmen lo acabó en 1987.

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