Pudridero 1, de Johnny Ryan.

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La violencia es algo inherente al ser humano y forma parte de nosotros desde siempre. Nuestra historia demuestra que puede usarse para imponer atroces dictaduras o para arrancar revoluciones populares. Pero siempre ha estado ahí, aunque tras la segunda guerra mundial su uso fuera definitivamente condenado y relegado a herramienta propia de bárbaros e inadecuada para los tiempos, supuestamente, civilizados. Pero eso no significa que nuestro cavernícola interior no siga necesitando su catarsis. La ficción ofrece esa catarsis, y cumple una función sustitutiva que permite acceder a la violencia sin sufrirla realmente en nuestras carnes y sin tener que aplicarla sobre los demás. Pero, por regla general, esa violencia ficticia es o bien condenada, si es usada para fines egoístas o injustos, o bien legitimada por la buena causa a la que sirve. Disfrutamos con la violencia algo irreal de los superhéroes, o con la más extrema de ciertos mangas, pero tenemos esa coartada siempre a mano: persiguen metas nobles, que justifican incluso el sadismo, si se da el caso. Pero es muy difícil encontrar ejemplos en los que la violencia sea pura y carezca de ideología.

Por eso destaca un cómic como Pudridero, donde la violencia no tiene razón de ser y el único mensaje es que no hay mensaje. Muy bien editado en España en coedición por Fulgencio Pimentel y Entrecómics Cómics, a los que felicito especialmente por la excelente traducción, en Pudridero Johnny Ryan nos embarca en un viaje sin sentido de la mano de Carantigua, un monstruo de psicología inexistente cuya única pulsión es la supervivencia. Y para conseguirla en el mundo de Pudridero no queda otra que matar interminablemente a una sucesión de monstruos a cual más extraño y desatado. Carantigua no llega a ninguna parte, no avanza. No hay argumento, en realidad. Sólo el desfile de enemigos a los que ir matando cada vez de formas más creativas y salvajes. Y divertidas, claro, porque el gran logro de Pudridero es evitar caer en la rutina y conseguir que su mecánica repetitiva no aburra nunca al lector. Como en un anime de acción o en un videojuego, cada enemigo es más cafre que el anterior, y exige mayores sacrificios al héroe para derrotarlo. Sólo que aquí da la sensación de que todo está mucho más concentrado, y Carantigua es cualquier cosa menos un «héroe».

El tono de Pudridero y su desarrollo recuerdan la improvisación de un juego infantil: da la sensación de que Ryan no sabía qué iba a pasar tras cada escena, no tenía un plan determinado. Avanza con alegría y despreocupación, disfrutando cada página, como nosotros cuando lo leemos. La fascinación por la casquería y los fluidos corporales, en cambio, me parece totalmente adolescente, al igual que esa insistencia en las transformaciones corporales y en las posesiones. En algunos momentos Carantigua lucha más por conservar su identidad que por sobrevivir, y quizás en ello haya algún tipo de metáfora involuntaria sobre el proceso de maduración que se da en la adolescencia.

El riesgo que se corre al leer Pudridero es entregarse a su violencia y diversión y obviar algo sin lo cual esto no funcionaría: Ryan es bueno. Mejor de lo que parece, de hecho. Tiene una gran habilidad para narrar los combates y elige muy bien el ritmo de cada escena. Su dibujo es feo, pero su narrativa es mucho más sofisticada y estudiada de lo que puede parecer en un primer momento.

Lo llamativo es que esto no eleva nunca a la obra a una posición que no sea la suya. Pudridero jamás deja de ser lo que es: una gamberrada mayúscula, un tebeo de violencia divertida que sirve como válvula de escape perfecta para toda la mierda que acumulamos en la trastienda de nuestros cerebros civilizados. Es un cómic para entregarnos a nuestro lado oscuro sin coartadas ni sentimientos de culpabilidad, porque las situaciones y los personajes de Ryan son tan irreales que es difícil sentirse ofendido.

Me queda una duda, eso sí: si Johnny Ryan será capaz de mantener el interés del lector en lo que resta de Pudridero, si su premisa puede dar realmente para tantas páginas o no. Lo veremos pronto.

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5 thoughts on “Pudridero 1, de Johnny Ryan.

  1. en todo caso, y estando de acuerdo en que esto es lo que es, adrenalina majestuosamente contada, creo que quien quiera, puede sacar “enseñanzas”. No es la intención de este cómic, claro, pero yo en cada abominación violenta encuentro una “joie de vivre” en cada personaje que en cierto grado me reconforta (o me perturba, según quiera verse).
    Con todo es evidente que Pudridero carece de mensaje, tema o lección salvo muy muy al fondo e involuntarios, claro; sería un error mayúsculo que hubiera intención seria por parte de Ryan al respecto.

  2. Sí, estoy de acuerdo contigo. Pero lo que dice un autor “sin querer” también tiene su importancia… quiero decir que una obra transmite cosas de su autor y su forma de ver el mundo que van más allá de lo que él conscientemente ha querido poner ahí.

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