Tres lecturas japonesas.

No sé muy bien cómo me he juntado en los últimos días con una cantidad de cómics para leer abrumadora. Me temo que demasiado como para dar abasto para escribir reseña de todos ellos. De hecho con alguno no tendría sentido porque son entregas de series en curso, o cómics con lo que tendría que repetir en gran medida lo ya dicho para otros del mismo autor. Pero como aun así me quedo con la sensación de que se pueden decir cosas de ellos, voy a repetir el experimento de ayer con los tres webcómics y voy a hacer lo propio con tres mangas que he devorado hace muy poco.

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            Novia ante la estación y otras historias es al mismo tiempo un tebeo excelente y una enorme decepción. Shintaro Kago ha sido la revelación de la temporada, de eso cabe poca duda. Su Reproducción por mitosis y otras historias nos petó la cabeza  por su audacia escatológica, pero también y sobre todo por sus radicales piruetas narrativas. Y eso es lo que se echa en falta en esta nueva antología, que se queda pequeña a la sombra de la primera. Un puñado de historias cafres y divertidas que se burlan de la sociedad japonesa y de la obsesión por conseguir pareja que al tiempo se confirma como un catálogo de sexo bizarro de lo más colorido. Todo tiene el toque Kago, que nadie piense que es un manga flojo. Y hay un par de historias brillantes, como Laberinto ante la estación. Pero no basta cuando hemos visto de lo que es capaz este autor.

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            En cambio el segundo libro de la Autobiografía de Shigeru Mizuki me ha gsutado aún más que el primero. Si en ése Mizuki se centraba en su infancia y remitía a NonNonBa, el segundo alcanza hasta su reclutamiento y participación en la guerra del Pacífico, lo que lo hermana con Operación muerte. Con mucho humor y dando una visión de si mismo genial, sin drama ni falsa dignidad, cuenta cómo abandona los estudios por pura incapacidad de sacar buenas notas y va dando tumbos de un trabajo a otro, sin encontrar su sitio, hasta que estalla la guerra y todo cambia para él. Mizuki, furioso pacifista, humanista como pocos, cuenta otra vez la guerra, pero esta vez desde sí mismo y su experiencia. Y desde la libertad que dan los años, claro. Es emocionante ver cómo un maestro de más de ochenta años dibuja con esa soltura y experimenta sin complejos con diferentes estilos, más y menos realistas, a veces con obvias referencias fotográficas, mezclándolos para conseguir violentos contrastes que llevan el «efecto máscara» a nuevas cotas. Incluso utiliza directamente fotografías, a veces sólo junto a texto, otras con dibujos incluidos, algo que no es nuevo, por supuesto. Kirby ya lo hacía en Fantastic Four pero aquí por intención se puede emparentar más con El fotógrafo. Sigue siendo pronto para juzgar el cómic en conjunto, pero Mizuki continua con paso firme en su camino, en lo que parece que va a ser su obra maestra, o por lo menos la más libre y sabia.

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            Por último, terminé ayer mismo el integral de La sonrisa del vampiro de Suehiro Maruo, un autor al que ya había fichado con La oruga y del que esperaba con ganas esta reedición —la anterior edición estaba agotada, o por lo menos yo no era capaz de encontrarla—. La sonrisa del vampiro es fascinante, pero también repulsiva. Bueno, en realidad es fascinante porque es repulsiva. Explota y aprovecha esa curiosidad incontrolable que todos tenemos, ese impulso que nos obliga a mirar cuando vemos un accidente de tráfico con heridos y muertos… porque necesitamos confirmar por contraste que nosotros estamos vivos. Maruo recurre a un dibujo realista y cuidado precisamente para abundar en el recreo del lector. Se asocia su obra con el Grand Guignol, y obviamente hay mucho de eso: los crímenes se exponen con morbosidad declarada, en posturas forzadas y exageradas que recuerdan al expresionismo alemán. Y al From Hell de Moore y Campbell, claro, otro cómic que remite directamente al sensacionalismo y al Grand Guignol. Al lector se le acribilla a base de escenas escabrosas, donde sexo y muerte son una misma cosa —algo inherente al mito del vampiro—, y no hay lugar para la piedad o los buenos sentimientos. Los humanos están más enfermos que los vampiros, y éstos distan mucho de ser las almas torturadas y románticas que la ficción reciente han puesto de moda. Son monstruos. Pero todos lo somos, en realidad. La voluptuosidad se acompaña siempre, como en otras obras de Maruo, de vegetación y gusanos, ranas y lagartos. La historia, entendida en su sentido clásico, no es nada, o prácticamente nada. Tampoco hay grandes discursos ni ninguna reflexión o conclusión de calado. La sonrisa del vampiro es la antítesis del cuento moral: aquí lo que importa es esa sucesión de muerte, sexo y depravación que dice más de nosotros de lo que nos gustaría. La lectura del tomo del tirón provoca un cierto sentimiento de insensibilidad por sobreexposición que perjudica el efecto que busca Maruo, pero es un mal menor.

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