Revisando géneros.

Lo que todos entendemos por BD clásica de género goza de una salud en el mercado francobelga envidiable. De hecho, lo sostiene en un porcentaje muy alto. Yo tengo que decir que nunca me he sentido demasiado atraído por ella, al menos por la mayoría de sus series bandera. Creo que se ha convertido en algo excesivamente formulaico, anclado en un modelo narrativo que funciona en el gran mercado, especialmente en lo que respecta a las series de fantasía y ciencia ficción: dibujo cuidadísimo, bonito, estructura férrea de inicio, nudo y desenlace en cada álbum, con normas muy claras. Demasiado para no caer en el aburrimiento tarde o temprano. Por eso me gusta prestar atención a cualquier movimiento que busque renovar los géneros clásicos de la BD. Lo hacía Christophe Blain con Isaac el pirata o Gus antes de enredarse en sus glosas de personajes públicos, y lo hacen otros autores que han llevado al mainstream por vías no tradicionales, ganándose un espacio en él a base de obtener éxitos personales. Como los autores de estos dos cómics que he leído hace poco.

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Aama: La multitud invisible (Astiberri, 2012) es el segundo volumen de la serie de ciencia ficción de Frederik Peeters. Peeters se dio a conocer con una obra personal, Píldoras azules, una novela gráfica sobre su relación con una mujer y su hijo portadores del virus del sida, y sus siguientes pasos lo llevaron a la revisitación de géneros típicos: el policiaco con RG, la ciencia ficción con Lupus… Pero sobre todo en esta última supo mantener siempre su voz y un tono costumbrista que ponía el acento en las relaciones humanas por encima de la acción. En Aama sigue por esa línea, sin descuidar la reflexión, digamos, filósofica, aunque por el momento no termine de convencerme cómo la plantea, quizás porque no veo aún a dónde la lleva. Es propio de la ciencia ficción, por otro lado, caer en este tipo de planteamientos, y, si se hace bien, puede funcionar. La estructura no del todo cerrada se aleja de una las normas básicas de la BD, según la cual cada álbum debe poderse leer de forma independiente; en Aama hay una trama en el presente que va avanzando poco a poco, mientras que el meollo de cada volumen se cuenta mediante un flashback, según el protagonista va recuperando la memoria. Peeters me parece un dibujante excelente, elegante y muy completo, capaz de dibujar todo tipo de situaciones y escenas. Aquí le da a su público potencial lo que quiere: un dibujo muy acabado y rico en detalles, por supuesto a color, pero que sin embargo sigue siendo personal y reconocible como suyo. Es aún una obra personal en buena medida, porque lo que creo que Peeters intenta —y consigue— es permanecer entre esos dos mundos, crear una especie de género de autor, un cómic en el que el principal reclamo sea el propio autor, y no los personajes, pero que al mismo tiempo contenga los elementos que han demostrado ser comerciales. Más que inventar algo nuevo, lo pasa por su filtro y lo cuenta con su propia voz y no la que impone el mercado. Aunque, vale, admito que lo que más me gusta de la serie es el robot gorila que fuma puros.

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Por su parte Lewis Trondheim hace algo similar y al mismo tiempo completamente diferente en Ralph Azham: ¿Mentimos a los que queremos? (Norma, 2012). A la espera de que retome La mazmorra con Joann Sfar —parece que el año que viene; cruzo los dedos— arranca una nueva serie de ambientación medieval fantástica de la que ya lleva varias entregas, y que es puro Trondheim. Aunque el formato —cuarenta y ocho páginas y tapa dura— es típico, y la estructura del primer álbum es más clásica que la de Aama, con su presentación de personajes y mundo, su conflicto estallando y su cliffhanger, ahí acaban todas las concesiones al gran mercado. Mientras que Peeters quiere hacer género clásico con voz autoral, Trondheim hace un cómic de Trondheim, sin preocuparse de nada más. Su acercamiento al género parece más natural, más genético. Ha leído BD toda su vida, la ama, y por eso puede jugar con ella homenajeándola y parodiándola por igual. De hecho, es algo que ha practicado desde su primera obra, Lapinot y las zanahorias de la Patagonia. Su dibujo, para empezar, ya parece un desafío a las convenciones del mercado. Por supuesto, en términos clásicos, Peeters es mucho mejor dibujante que él, pero Trondheim ha sabido buscar un modo de hacer las cosas enteramente personal y único. Por eso aunque es probable que haya un público exclusivamente interesado en las obras más adultas de Trondheim, como Desocupado o Mis circunstancias —dos obras brutales que siempre he tenido la sensación de que no han recibido el crédito que merecen—, creo que en general los compradores de Ralph Azham más que aficionados a la fantasía épica, lo serán al propio Trondheim, y eso aunque él, a diferencia de Peeters, sí elige para el título de su serie poner en primer plano al personaje protagonista. Y aunque es pronto para valorar el resultado, parece que va a ser bueno: el humor característico de Trondheim sigue en plena forma, con sus diálogos chispeantes que huyen de los amaneramientos y la fabla de cartón piedra de la fantasía seria y un personaje que promete grandes momentos. Pero a mí me encantaba La mazmorra, así que igual no soy el más objetivo.

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4 thoughts on “Revisando géneros.

  1. ¿”robot gorila que fuma puros”? córcholis, me has dejado los dientes largos.
    pero quizá tiente este nuevo trond. Hace lustros (no exagero, creo) que no vuelvo al del los patos y como yo creo firmemente en los géneros como vehículo de solarz/esparcimiento, y también por supuestísimo como engranaje a destrozar por el Autor cuando toca, quizá este sea mi tebeo navideño, veremos.

  2. Bueno, ya digo que es muy similar a La Mazmorra, tampoco es que le dé la vuelta al género, pero sí se ríe de él con cariño. Es muy divertido, pero tampoco es lo mejor de Trondheim.

  3. Vaaago. Yo ya digo, soy muy fan de la serie. Me encanta por muchos motivos. Sfar y Trondheim entre ellos, pero además es un muestrario de algunos de los mejores dibujantes de la nueva ola francesa. Te diría que esperes al integral (que no me extrañaría que sacaran uno o dos), pero eso le quita parte de la gracia a la cosa, que está en leerla en diferentes órdenes.

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