Tres lecturas superheroicas.

Estoy últimamente leyendo muchos superhéroes, como hacía tiempo que no hacía. No todos son actuales, eso sí, ni siquiera americanos, como vais a ver ahora mismo.

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La primera vez que supe de la existencia de un manga de Spider-man fue a través de este texto de Santiago García. Hace unos días tuve la suerte de que me regalan completa la serie que publicó Marvel a finales de los noventa con este material, y puedo decir que todo lo que se contaba en aquel texto es justo lo que se encuentra en este manga de Ryoichi Ikegami. El Peter Parker apócrifo que encontramos aquí es sencillamente fascinante: un chaval sombrío, sin un ápice de sentido del humor, sin un solo momento de descanso o relax. El tío Ben no existe en esta versión, así que el sentido de la responsabilidad que éste legó a Spider-man es sustituido por un miedo casi atávico a perder el control, a entregarse a su increíble poder y hacer daño a los que le rodean. Es especialmente impactante una escena en la que, estando en un atasco asándose de calor, se imagina como usa su fuerza para destrozar todos los coches que tiene por delante, matando de paso a sus ocupantes.

No es difícil por tanto suponer que este Spider-man se ve a sí mismo más como un monstruo que como un héroe. Y sus aventuras, una vez se desecha la idea de remedar la serie americana, prescinden de supervillanos al uso y se convierten en algo muy diferente a lo que esperamos siempre del género, algo así como un psicodrama continuo en el que la acción ocupa un lugar marginal y lo que importan son las situaciones rocambolescas imaginadas por el guionista. Ikegami dibuja primero intentando seguir un patrón más cercano al cómic americano, pero pronto adopta una narrativa y una composición de página totalmente japonesas, aunque durante toda la serie, cuando Yu —así se llama el Peter japonés— se pone el traje, recurre directamente a copiar figuras de John Romita que integra en viñetas dibujadas con su propio estilo. El resultado es extraño pero fascinante. Además, se permite experimentos realmente avanzados —como los que Santiago incluye en el post que he enlazado antes—, y un par de veces muestra el sentido arácnido de una manera flipante.

Es curioso, pero este Spider-man extraño y japonés me parece, en muchos sentidos, un Spider-man más puro que el que ahora mismo podemos ver en la serie original.

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A la siguiente serie que he leído en los últimos días y de la que quiero decir algunas cosas también llego, casualmente, a través de la recomendación de Santiago. Se trata de All New X-Men, la nueva serie de mutantes de B.M. Bendis y Stuart Immonen. Me ha sorprendido muchísimo porque hacía tiempo que había renunciado a leer los tebeos de Bendis, con el que no conecto desde su ya lejano Daredevil. Pero aquí está casi desconocido, si comparamos con sus etapas en series de los Vengadores. Mientras que con éstos no parecía tenerles demasiado aprecio o respeto a los personajes, que aparecían muy desdibujados, intercambiables entre sí —en lo que yo he leído, ojo: hace mucho tiempo que dejé de hacerlo—, con la Patrulla-X es otra cosa. Los personajes suenan como ellos mismos, los diálogos son frescos y naturales, lejos de los molestos tics típicos de Bendis en otros tiempos. La premisa de la series es juntar a la Patrulla-X original con sus equivalentes actuales. Una vez aceptamos el motivo por el que se unen ambas versiones —algo pillado por los pelos—, la verdad es que el choque generacional está muy bien llevado y se disfruta mucho. No es una serie con demasiada acción, lo cual se agradece, igual que se agradece que remita un poco esa tendencia a no contar casi nada en veinticuatro páginas. Es una serie de conversaciones, reacciones y, sobre personajes antes que sobre acontecimientos. Más allá de ciertos reajustes en la continuidad —la Patrulla-X original nunca tuvo doce años, ni pilotaba un Pájaro Negro— el fan veterano no encontrará mucho más que le chirríe, al contrario: ya digo que los personajes son totalmente reconocibles.

De momento he leído seis números. Los cinco primeros los dibuja Immonen, uno de mis dibujantes ortodoxos de superhéroes favoritos. Es pronto para juzgar el conjunto y su papel en un panorama en el que, francamente, me pierdo: no sé ni siquiera cuántas series de mutantes hay ahora mismo. Pero de momento, mola.

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Y también mola, o sigue molando, el X-Factor de Peter David. La semana pasada me llegó el último TPB —el número 16— y, aunque la serie se encuentra ahora mismo en un momento de transición, mantiene el nivel de siempre. Hay sorpresas, hay giros inesperados, y cambios continuos en el estatus del grupo y de sus miembros. Sigue siendo el asilo de los personajes que el resto de los guionistas no quieren, y así, en los últimos números se han unido a X-Factor Polaris y Kaos, con lo que, a falta de Mercurio, se ha reunido el equipo original, más todas las adiciones de la etapa nueva. Quizás son demasiados, aunque David se apaña bien y mueve el reparto con desparpajo, sabiendo darle a cada uno algo que lo diferencie de los demás y genere interés en los lectores. Aunque Madrox sigue siendo el rey de la fiesta, claro.

El elemento de comedia que tan bien sabe llevar Peter David no sólo sigue presente, sino que diría que se está acentuando. A veces se pasa un poco, incluso, porque los personajes acaban haciendo chistes malos en momentos demasiado jodidos como para ser creíble, aunque, en realidad, X-Factor tiene sus propias reglas en esto. Quizás también por eso los editores han entendido que no tiene mucho sentido intentar integrar esta serie en la vorágine de cross-overs y eventos en la que está inmersa la familia mutante. Hace un par de años que X-Factor va más por su cuenta, aunque todavía aparezca por sus páginas de vez en cuando Lobezno, o se haga alusión a lo que pasa en la franquicia. Pero está ya muy claro que es el juguete personal de David, y que durará hasta que el quiera o las ventas no acompañen. La pega más grande está en los dibujantes que lo acompañan, me temo. Sin unas ventas saludables —los dos números de diciembre se sitúan en los puestos 93 y 95 respectivamente del top de Diamond— la serie parece condenada a alojar dibujantes transitorios de estilo neutro y genérico, clónicos devaluados de los dibujantes estrella de la serie. El dibujante del último tomo, Leonard Kirk, no es horrible, ni mucho menos, pero carece del tono adecuado para una serie tan humorística. No tiene ninguna complicidad con David y en algunos momentos casi diría que, simplemente, no pilla los chistes de sus guiones. O no lo demuestra, porque situaciones claramente graciosas las dibuja con un enfoque neutro, rutinario, que le restan humor al potencial cómico que tiene la serie. Por mucho que me divierta leyéndola, siempre me preguntaré cómo sería con un dibujante con un estilo más suelto y divertido, que alguno queda por ahí.

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