Emperador Muerte, de David Michelinie y Bob Hall.

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AVISO: SPOILERS

La primera vez que supe de este cómic fue leyendo un post de Tebeobien en su blog. Me llamó la atención de inmediato, porque a priori me interesan siempre estas historias del universo Marvel que se sueltan el pelo y fuerzan los límites de la continuidad y sus reglas férreas. Así que ahora que Panini lo ha reeditado —¿por primera vez?— me he lanzado a leerlo enseguida.

No esperaba encontrarme un tebeo de gran calidad, aunque tengo que decir que me ha sorprendido, porque me lo esperaba más flojo. Y no, se nota que tanto David Michelinie como Bob Hall se lo toman en serio y quieren hacer un buen trabajo de autor más allá de lo alimenticio. Estaban haciendo, al fin y al cabo, una graphic novel, a la manera en la que las entendía Marvel, y en 1987, que no era lo mismo que hacerla en 1982. La línea había sido un batiburrillo de diferentes conceptos durante esos años, y entonces estaba ya un tanto desnortada. Seguía manteniendo la idea de partida de hacer historias autoconclusivas en formato de lujo, o por lo menos mucho más lujoso que el comic book de entonces, con más calidad y sin las cortapisas del Comic Code. Pero en la práctica, uno se encuentra de todo, desde la novela gráfica de los Nuevos Mutantes por el equipo creativo que inmediatamente después lanzó la serie regular hasta proyectos de personajes ajenos al universo Marvel —incluyendo adaptaciones de películas—, o historias con una carga autoral muy fuerte, como Dios ama, el hombre mata o Daredevil: Amor y guerra.

Como les pasaba a varias de esas novelas gráficas, Emperador Muerte está en un punto confuso, con un pie dentro y otro fuera. No sabemos en qué momento exacto suceden los hechos, ni éstos, por importantes que sean, tienen ninguna incidencia en las series comtemporáneas. No sabemos, en definitiva, si lo que leemos ha sucedido. ¿Es un what if?, es una historia imaginaria, está dentro de la continuidad o al margen de ella?

En realidad no importa. Yo veo Emperador Muerte como otra cosa, algo así como una novela de tesis. Bueno, un cómic de tesis. Lo importante es la reflexión que Michelinie —y Shooter y Gruenwald, que fueron los que tuvieron la idea, de acuerdo con el texto introductorio— quiere hacer. Para llegar a ella el camino da lo mismo, y por eso ahí es donde cojea la historia. El Doctor Muerte se hace con el poder con la facilidad tan típica de este tipo de historias, dejando la sensación de que podría haberlo hecho en cualquier otro momento. Lo hace ahora porque hace falta, sin más. La reacción de los héroes que no caen bajo el control mental de Muerte es floja y poco convincente, como si supieran que se tienen que dejar ganar para que la historia arranque. Y quedan tantos agujeros en el plan —¿qué pasa con todos los telépatas? ¿Y el Doctor Extraño?— que no podemos tomarnos en serio lo fácilmente que consigue hacerse con el poder. Pero ya digo que da lo mismo. Lo que importa es lo que pasa una vez que Muerte gobierna el mundo.

Ya decía Tebeobien que lo llamativo de este cómic es que Muerte, una vez domina el cotarro y maneja a su voluntad a toda la población terrestre, se convierte en un gobernante maravilloso. Acaba con la guerra, el hambre y la pobreza en dos patadas. Pero le vence el hastío de verse convertido en algo así como un alto funcionario que tiene que cumplir con sus obligaciones. Se aburre de su vida, y espera que el Hombre Maravilla, el único héroe aún libre, se la anime un poco. Y cuando los héroes están a punto de vencerle, y él sólo tiene que apretar un botón para acabar con ellos, en el mejor momento de este tebeo decide no hacerlo. Dejarse vencer para recuperar la emoción y el desafío de su vida.

Además de esto, Emperador Muerte plantea reflexiones jugosas. Para empezar, que los héroes, con todo su poder, son incapaces de hacer su trabajo bien, o no tan bien como lo ha hecho Muerte. Michelinie no lo expresa directamente, pero los héroes quedan, al hilo de esta historia, en meros guardianes del statu quo. Claro, no es tan sencillo, ellos afirman que defienden el libre albedrío… pero es inevitable pensar que respetándolo podrían hacer mucho más de lo que hacen. Así que lo incómodo de todo esto es precisamente que el Doctor Muerte, el villano por antonomasia, arregla el mundo, a cambio del libre albedrío. No deja de ser un dilema moral poco novedoso, de hecho Watchmen estaba recientísimo, pero la decisión de los héroes es totalmente diferente a la que allí tomaban al funcionar el plan de Ozymandias: aquí las dudas se disipan rápido, y ni el Capitán América, ni Iron Man ni la Avispa vacilan demasiado. Sí, es una pena, oye, con lo bien que está el mundo sin hambre ni guerra, pero el Doctor Muerte es malvado. Y lo curioso, lo mejor de todo esto es el retrúecano del guión, porque Muerte es el malo, sí, pero no por lo que los héroes creen, sino porque al final antepone su felicidad personal al bienestar mundial y se deja ganar. Haciendo lo que creen sus adversarios que debe hacer es como más demuestra su maldad. Y no sé si la ironía es buscada o no, pero me ha gustado verla.

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