Frank, de Jim Woodring.

Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

AVISO: En este artículo desvelo detalles de la trama de los dos volúmenes de Frank. No creo que en este caso sea demasiado importante, pero queda dicho por si acaso.

Si con noventa años acabara escribiendo mis memorias, me iba a costar mucho explicar por qué tardé tanto en leer el Frank de Jim Woodring. De hecho también me cuesta ahora. Podría justificarme con la megalítica pila de lecturas o con el presupuesto, pero para qué; una vez leído, prefiero centrarme en escribir sobre la obra en sí.

Woodring tiene ya sesenta años; es un autor veterano que empezó algo tarde a dibujar tebeos —años ochenta—. En aquella época, la escena independiente americana estaba dominada por los Hernández, Burns o Spiegelman, y las historias que dibujaba Woodring eran una cosa extraña y desubicada, cualidades que, afortunadamente, creo que no ha perdido hoy. Pero ¿de qué va Frank? Depende. Si nos quedamos en la superficie, trata de Frank, un animal antropomórfico indefinible, que vive en el mundo de Unifactor, por donde pasea errático viviendo aventuras. Pero esto no significa nada en absoluto.

Lo que hace Woodring en Frank no es fácil de explicar y comprender. Al menos no a cierto nivel. El primer tomo, titulado simplemente Frank (Fulgencio Pimentel, 2010) recopila historias aparecidas durante dos décadas, aunque mantiene una coherencia gráfica y temática sorprendente, que demuestra que Woodring no sólo estaba ya maduro como artista cuando empezó, sino que ha tenido claro siempre lo que buscaba. En las páginas del tomo despliega uno de los universos personales más alucinantes que se hayan visto nunca en un cómic, obsesivo y perturbador de un modo retorcido y cuidadosamente estudiado. Influye en esto la ausencia total de palabras, aunque yo no diría que Frank es un tebeo mudo: sus personajes dicen mucho más que otros en cómics llenos de diálogos. Woodring arranca de lo onírico, de la lógica propia de los sueños, pero va más allá de eso. Genera símbolos oscuros, herméticos, cuyo significado se nos escapa pero al mismo tiempo permanece. Es un juego constante entre lo racional y lo irracional, lo que entendemos conscientemente y lo que asimilamos con el inconsciente. Frank es nuevo, novísimo, pero también es antiguo, arcaico, y en sus imágenes hay algo de atávico, de vuelta al caldo primigenio. Sus personajes de formas blandas y mutantes se disuelven y renacen continuamente, fluyen, como si fueran conscientes de ser dibujos, con la facilidad de lo que no está fijado del todo por el realismo y los cánones artísticos.

Gráficamente, en el cruce entre vanguardia y tradición Woodring encuentra un lugar nuevo e inexplorado, quizás por la dificultad que entraña. Su estilo detallado choca muchísimo cuando se aplica a crear criaturas inexistentes, y sus texturas recuerdan a las xilografías y grabados de épocas muy distintas, sólo que él las consigue a mano, con pura técnica artesana. Consigue que todo parezca nuevo y al mismo tiempo muy familiar. Inquietantemente familiar. Quizás porque bucea en la infancia, en lo más oculto de nuestras mentes, y saca de ellas no tanto imágenes como sensaciones. Por eso todo es mucho más perturbador. Por ejemplo, a mí la pareja de ranas me da auténtico miedo, y no soy capaz de definir por qué. Lo mismo me pasa con otros personajes. ¿Es el hieratismo, las sonrisas perennes, los ojos fijos desmesuradamente abiertos? Sí, pero no puede ser sólo eso.

Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

La tentación de acudir a sus influencias para intentar explicarlo es fuerte. Y es verdad que se pueden rastrear a lo largo de la historia del arte. El Bosco y El jardín de las delicias están ahí. Krazy Kat y su escenario, el Coconino County, parecen tener cierta ascendencia en Frank y su Unifactor. El surrealismo se menciona con frecuencia para incluir en él a Frank, pero yo aquí tengo ciertas reservas. Desde luego comparten inspiración: mundo de los sueños y de lo alucinado —Woodring sufrió alucinaciones en su infancia—, exploración de lo inconsciente y de lo oculto —vía Freud, en el caso de los surrealistas—, etc. Pero si pienso en Magritte o en Dalí, me cuesta encontrar semejanzas con estos tebeos. En éstos no hay tanto una intención de superación de la realidad a través de su mutación como una obsesión por inventar una nueva, a través de la cual se procesen los temores ancestrales del ser humano.

Porque, al final, creo que Frank es un cómic que trata sobre el temor. No el terror a los monstruos, o a lo desconocido, sino el terror al mundo y a los demás, perfectamente definido en esa historia en la que Frank pasea por los horrores de Unifactor y acaba colgando de la puerta de su casa un cartel que reza «salida». Frank es un personaje de apariencia simpática, de dibujo animado antiguo, que sin embargo esconde tras su cara feliz una criatura amoral e insensiblemente cruel, que vaga por un jardín donde cualquiera que no sea él es una amenaza o alguien a quien humillar, ya sea directamente o a través de Pupshaw, su mascota. En ese jardín vive el Antojo, un ser extraño, indestructible, que renace una y otra vez como una pesadilla recurrente para atormentar al resto de personajes, con un rostro de máscara inmutable con una sonrisa exagerada y que a mí me resulta tremendamente turbadora.

Pero para turbador, Manhog. Un hombre cerdo que vive en el barro y que encarna todo lo sórdido que hay en nosotros, y que se mueve entre lo humano y lo animal. Hay algo en su diseño y en su manera de mirar y moverse que me resulta repulsivo a un nivel primario. En Frank. Filigranas del clima (Fulgencio Pimentel, 2012) —brillante la traducción del original Weathercraft—, Manhog se convierte en el protagonista de la primera novela gráfica de Woodring —recordemos que el tomo anterior se componía de historias cortas aparecidas en diversos medios—, y es sometido a innumerables humillaciones, para luego ser elevado de su condición de hombre-bestia y revestido con la dignidad humana simbolizada en un batín. Los partos simbólicos que atraviesa le llevan de un estado a otro hasta vencer a su enemigo, para, en el último momento, regresar a su estado cuadrúpedo ante la visión del terrible Antojo. Es una odisea circular, asfixiante, que atrapa con la fuerza de las cosas que nos dan asco y nos atraen a la vez.

Ahora que he caído en las garras de Frank y Jim Woodring, ando loco esperando el siguiente tomo que publica ya mismo Fulgencio Pimentel, editorial que hace una labor fantástica con la serie —y con cualquier otra cosa que publica, en realidad—. De momento, estoy aún obsesionado con los dos primeros. Hay visiones que no se me van de la cabeza, que me sorprenden en los momentos más inesperados. Es un cómic que entra en el selecto grupo de obras de arte malsanas, que echan raíces en el cerebro y afectan de verdad.

Más gente que ha escrito sobre Frank:

Santiago García aquí, aquí y aquí.

Álvaro Pons, aquí.

Octavio Beares, aquí, aquí y aquí.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s