Nela, de Rayco Pulido Rodríguez.

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A Rayco Pulido lo descubrí con Sin título (2008-2011), y sólo con él ya me convenció de que iba en serio. Tiene un talento para el cómic incuestionable, aunque no tenga el reconocimiento que yo creo que debería tener. Y además, tiene otra virtud: sus trabajos no son solamente historias, sino que conllevan una reflexión sobre el medio. Quieren siempre dar algo más, y generar debate. Por lo menos eso es lo que a mí me pasa cuando los leo. Me pasó con Sin título y me ha vuelto a pasar, pero en una onda completamente diferente, con Nela.

Otra de las cosas que me gustan de Pulido: Nela es radicalmente diferente a su predecesor. Ha querido hacer algo nuevo, aunque, en realidad, según ha dicho él mismo, Nela es un proyecto anterior a Sin título. Pero vamos entrando en el meollo, que hay mucho que decir.

Nela es una adaptación de Marianela, la novela de Benito Pérez Galdós. Es la historia trágica de una joven con cuerpo de niña, pobre, que sirve de lazarillo al hijo de un señor local pudiente del cual está enamorada. Esto lo respeta Pulido escrupulosamente. De hecho, el respeto a la obra original es algo que está en cada página y en cada decisión narrativa. Pero más allá de esa historia y de su lección moral, lo que a mí me ha interesado más de Nela es su condición de adaptación.

Veamos si soy capaz de organizar mis ideas en torno a esto. Hace veinte, treinta, cuarenta años, ya se hacían adaptaciones de obras literarias al cómic. Se hacían desde la intención de acercar esas obras a los jóvenes; dicho en plata, se hacían asumiendo que el tebeo era sólo para niños y además un medio bastardo, que como tenía dibujos podría servir para llamar la atención de los infantes sobre la literatura de verdad. Estas adaptaciones eran casi siempre sobre novelas de aventuras, por dos motivos: el público era infantil y juvenil, y esas obras eran relativamente fáciles de adaptar, porque la acción, la peripecia, siempre tiene algo de visual aunque el soporte sea literario. La escasez de espacio, la censura y la simple falta de respeto hacia la historieta hacían que a menudo las historias originales sufrieran cambios, adiciones o recortes que desvirtuaban el resultado final y la intención del autor de las novelas. Es el caso de aquellas Joyas literarias juveniles que, por esforzados que fueran sus autores —que lo eran—, en el fondo no eran sino versiones light, degradadas, de las originales. Concesiones en forma de vulgares tebeos al público infantil con la esperanza de atraerlo hacia la alta cultura. Casi por definición esos cómics no podían estar a la altura artística de las novelas que adaptaban; directamente eso ni se planteaba.

Las normas de este tipo de adaptaciones eran bastante férreas. Los autores casi siempre quedan en un segundo plano, porque lo importante es el autor del original. Normalmente el estilo de dibujo es realista, dentro de los cánones estéticos de cada momento, porque, al fin y al cabo, cuando uno lee una novela se imagina a sus protagonistas de carne y hueso, reales. La narrativa suele ser bastante funcional, y todo está lleno de textos, muchos textos. Es la forma de darle un empaque literario al producto y apretar en enormes cartuchos toda la información contenida en la novela, como buenamente se pueda. Además, si de lo que se trata es de crear el hábito de lectura en los chavales, mejor que se vayan acostumbrando, ¿no?

Hoy en día —bueno, desde hace mucho tiempo, en realidad— la idea de que un cómic es mejor si tiene mucha letra está casi tan obsoleta como la de que es la puerta para que un niño se inicie en la lectura, una puerta que, una vez superada, no vuelve a visitarse jamás. «Donde hoy hay un tebeo, mañana habrá un libro». Brrrr. Y por tanto, cuando un autor de hoy se plantea hacer una adaptación de una obra literaria, lo hace con una intención completamente diferente. Ya no se trata de ilustrar la novela, de simplificarla o de acercarla a nadie. Se trata de hacer una obra propia, personal, a partir de esa novela. Es lo que hacen, por ejemplo, Peter Kuper en su versión de La metamorfosis o Santiago García y Javier Olivares en El extraño caso del doctor Jeckyll y Mister Hyde. O lo que hizo Carlos Giménez cuando adaptó El miserere desde la conciencia autoral más férrea. Y es lo que hace Rayco Pulido con Nela, claro.

Es muy difícil, en mi opinión, conjugar la fidelidad absoluta a un texto con la expresión de la personalidad artística propia. Por eso me parece un cómic tan encomiable éste, y por eso creo que merece cierto análisis. Casi podría decirse que Nela es el opuesto exacto de aquellas Joyas literarias, la verdad. Pulido no se borra de la ecuación, sino que, al contrario, se reafirma en cada página. Su voz suena tan alta como la de Galdós. Pulido sintetiza Marianela, resume diálogos, omite descripciones, pero la esencia sigue intacta, así como el desarrollo de la trama. Lo que ocurre es que Marianela es una novela muy complicada en ese aspecto. La trama es simplísima, porque es una novela de tesis en la que Galdós plantea sus ideas sobre religión, sociedad y moral, y el argumento en sí no importa demasiado, es simplemente la excusa para la exposición. De hecho, no deja de ser una novela menor de un Galdós aún relativamente inmaduro como escritor. Claro, Galdós siempre es Galdós, pero Fortunata y Jacinta o Miau quedaban aún lejos, y Marianela, pese al indudable valor de las ideas que maneja, peca de obvia en muchos momentos y la historia de su protagonista roza lo cursi. Esto, por supuesto, es sólo mi opinión, aunque me parece que el mucho éxito que tuvo en su día —especialmente a partir de sus adaptaciones teatrales— se debe mucho más a lo lacrimógeno de su historia que al argumentario crítico de Galdós.

Pero el caso es que Pulido prácticamente no habría podido elegir una novela más complicada de adaptar. En lugar de una obra de viajes o aventuras que se preste mejor a la traslación a un medio visual escoge una basada en los diálogos y en las reflexiones de la voz narradora, en la que no pasa nada. Opta por una obra menor dentro de la producción de su autor, pero sigue siendo Galdós, figura enorme del siglo XIX español, que admite pocas comparaciones y hace que inevitablemente se mire con lupa su adaptación. Marianela es un auténtico reto si lo que se quiere hacer es algo relevante dentro del propio medio, y no una simple réplica de otro, y Pulido supera con creces el desafío que se autoimpone porque ha meditado mucho cada decisión en su tebeo.

 Para empezar, es esencial que Nela tenga entidad propia, independiente. Da la sensación de que Pulido ha leído y estudiado Marianela y luego la ha apartado para crear su cómic de la nada, como si esa historia fuera original, como si siempre hubiera sido pensada como un tebeo desde un principio. En su reseña Alberto García escribió que «Nela es una auténtica adaptación a otro medio, no un simple volcado», y da en el clavo: es justamente eso, una transmutación. Como si Marianela siempre hubiese sido Nela. Por eso Pulido no cae en el error de hacer un cómic literario, llenarlo todo de texto e intentar reproducir la experiencia de la lectura del texto galdosiano. ¿Para qué, además? La novela está ahí para quien quiera leerla, y hemos quedado que el cómic ya no es herramienta didáctica para jóvenes perezosos. Así que lo que hace es aprovechar al máximo los recursos puramente comicográficos y dotar de verdadero sentido la adaptación. El libro es un lección magistral en este aspecto. Pocas veces se ve un dominio tal de la experimentación, usada además de manera justificada, no como mero alarde. Por ejemplo, merece la pena destacar el excelente blanco y negro —sazonado con algún toque de ocre en momentos puntuales, casi siempre vinculado a cuestiones espirituales—, y el estilo de dibujo que elige para las personas, algo caricaturesco, sencillo, con intención de ser un retrato psicológico de los personajes antes que uno físico, un reflejo del estereotipo que representan en la novela. Hay en ese dibujo cosas de Christophe Blain y algo del Chester Brown más reciente, de Louis Riel en adelante, especialmente en el trazo sintético, el blanco y negro, y en las escenas de planos medios. En todo caso, lo que está claro es que el dibujo es impresionante. Un trabajo brutal en todos los sentidos, tremendamente atractivo desde el punto de vista visual y fascinante en el análisis que se puede hacer del mismo. La manera en la que dibuja a la Nela, por ejemplo, es terrible y conmovedora a la vez. Y la implicación en la obra es tal que Pulido se ha encargado de todo, desde la maquetación y el diseño a las tipografías, que, según ha declarado, concibe como extensión del dibujo.

Otra cuestión que me gustaría destacar es la manera en la que dibuja los escenarios naturales, abundantes, dado que los personajes pasan gran parte del tiempo paseando. Son minimalistas, y a veces casi tocan la abstracción. Unas pocas líneas, unas tramas manuales y muchos espacios en blanco bastan para que los personajes se muevan por ellos. En lugar de recrear con precisión y fidelidad histórica la época y el lugar donde sucede Marianela, los reduce a la mínima expresión. No es baladí: con ello Pulido consigue trasladar la acción a una especie de limbo, a un no-lugar en el que nada nos distrae de lo verdaderamente importante, del argumentario de Galdós, que tampoco dotó de excesiva importancia al contexto geográfico de su novela. Si Marianela fue una novela de tesis, tiene sentido concentrarse en ella. Y, además, con esa abstracción se consigue dotar de universalidad a las ideas de Galdós, válidas hoy en día sin necesitar apenas actualización. No es que los personajes de Nela no hablen y vistan de acuerdo con su época, pero ésta no se subraya, y las diferencias se subordinan a lo que de semejante hay en la nuestra. Como el Pierre Menard borgiano que reescribió el Quijote, Pulido dota de significados nuevos y actuales a Marianela a través de la fidelidad absoluta, y consigue que sin dejar de ser una obra de 1878 que habla de los problemas de entonces, también sea una obra de 2013 que habla de los nuestros. Las carencias educativas y la injusticia social que denunció Galdós siguen aquí, y parece hoy tan necesario como entonces diferenciar la caridad de la solidaridad y reivindicar la necesidad de repartir más justamente la riqueza. Lo irónico, lo doloroso, es que mientras que Galdós miraba al futuro con sus ideas, nosotros tenemos que mirar al pasado para intentar encontrar algo que se acerque a ese concepto de justicia.

Con Nela Rayco Pulido se ha doctorado definitivamente, si es que no lo había hecho ya. Es un cómic redondo, humilde y ambicioso a la vez, con una admirable factura artesanal —hasta los créditos y el ISBN están escritos a mano—  y un concepto de la adaptación que es justamente el que deberían tener todas. Constata las diferencias entre cómic y literatura —porque, no, para mí el cómic no es literatura— al tiempo que iguala ambas artes en cuanto a categoría, o incluso decanta la balanza hacia la historieta; porque, creo, Nela es mejor en su medio de lo que Marianela lo es en el suyo. Pero ése es un debate demasiado subjetivo como para que merezca la pena enredarse en él, por lo menos en estas líneas.

Enlaces de interés:

En su blog Rayco está enlazando mucho material relacionado con Galdós y Marianela, y además explica muchas cosas del proceso de creación de su novela gráfica.

En La hora del bocadillo del pasado sábado 23 entrevistaron a Rayco sobre Nela.

Otra entrevista, esta vez escrita, en la web de Astiberri, editores de Nela.

La reseña en Entrecomics de Alberto García Marcos.

Otra reseña, esta vez en Zona Negativa, por Raúl Silvestre.

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