Tres lecturas en curso.

Me he juntado en pocos días con nuevas entregas de series en curso, dos de ellas con un final previsto, y la tercera, en principio, sin él. Así que retomo este formato de 3 en 1 tan cómodo para estos casos para comentar algunas cosas sobre ellas.

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La primera es el cuarto libro de la Autobiografía de Shigeru Mizuki. Mizuki cumplió ayer mismo 91 años. Parémonos un momento a reflexionar sobre ello. Noventa y uno. Y ha sido capaz de hacer a esa edad —un par de años antes, en realidad— la que va a ser, si no se tuerce en lo que queda, su mejor obra. Es impresionante. No se trata de que seamos indulgentes con un viejo maestro que al final de su vida hace lo que puede, no: es que es realmente grande. No sólo porque conserve la técnica de siempre intacta, que al fin y al cabo eso depende en buena medida de la naturaleza, sino porque es inteligente, brillante, con chispa, con una vitalidad arrolladora. En este volumen termina de contar su periplo en la segunda guerra mundial, donde el relato de su enfermedad y la pérdida de su brazo quita el aliento. Tras eso ya se sumerge en la vuelta a la vida de civil y a las penurias de posguerra que tan bien contó otro mangaka, Keiji Nakazawa en Hiroshima. Entra también en sus inicios como dibujante y sus primeras obras, incluyendo las primeras versiones de Kitaro, anunciando la que creo que puede ser una de las partes más interesantes de la obra, en tanto que no habíamos visto nada de ello en tebeos anteriores suyos.

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La siguiente es la segunda entrega de Pepe, de Carlos Giménez. El primer libro, ya lo conté en su momento, me gustó, lo disfruté, pero también me pareció irregular. Flojo, comparado con lo mejor suyo. Ha supuesto una alegría encontrarme que en este segundo libro recupera parte de su pulso narrativo y de su garra, y, sobre todo, que da una imagen de su amigo Pepe González con más claroscuros, algo que ya anunció con el final del primer libro y que aquí desarrolla sin dejar nunca de hacerlo desde el amor más absoluto. Por ejemplo, me lo he pasado francamente bien con toda la historia del servicio militar, no sólo porque fuera divertida, sino porque he reconocido al Giménez brioso y narrativamente impecable de siempre. También se profundiza en la condición homosexual de Pepe y en su carrera profesional dentro de la agencia de Toutain, sin miedo aquí a exponer los defectos de su persona y los errores cometidos. Por lo demás, es verdad que el ensamblado de las historias sigue siendo torpe —menos que en el libro primero, en todo caso— y que el texto sobreexplica demasiado y muchas veces es superflúo, pero hay una mejora. Lo cual no significa que Pepe no siga siendo una obra sentimental que se tiene que disfrutar compartiendo esas emociones. Si uno se para a analizar, malo.

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Por último, he leído el nuevo tomo de Los muertos vivientes de Kirkman y Adlard publicada por Planeta, la 17 ya: Algo que temer. Y ojo, que a partir de aquí no me cortaré de contar cosas de su argumento. Nada nuevo bajo el sol, aunque la verdad es que es una mejora con respecto a los últimos. Yo he recuperado sensaciones —como dicen los futbolistas—, al menos. El problema es que no hay forma de conseguir eso, que los lectores se emocionen y se sorprendan como al principio, sin recurrir a trucos ya vistos. Quiero decir que cuando has llevado a los personajes a donde los ha llevado Kirkman, ¿qué más puedes hacer? Muy poca cosa, claro. Iteraciones del mismo tema. El esperadísimo número 100 al final no es nada. Vamos, sí, muere un personaje de toda la vida, pero no es algo que a estar alturas impacte. Es un capítulo más en una saga interminable que no puede llegar a ningún sitio, porque no es ésa la intención de su creador. Ahora se esfuerza en crear un villano a la altura del Gobernador, al que imagino ahora de moda por la serie televisiva —me suena que ha aparecido ya, pero no puedo saberlo con certeza porque no la sigo—. Pero tiene que ser más grande, más malo, más todo. Una vez acabados los recursos psicológicos, no queda sino crear conflictos cada vez más inabarcables por Rick, que tan pronto está como las maracas como demuestra una entereza inhumana. Por no hablar de su hijo y de su recuperación del tiro que le voló media cara. Michonne, la badass, la superheroína —porque no es otra cosa— cada vez es una figura más decorativa. Y el resto… ya no le importan a nadie. De hecho, a mí me cuesta diferenciar a los habitantes del pueblo donde viven desde los últimos tomos unos de otros. Pero ya digo que por lo menos ha sacudido un poco la cosa, Kirkman. No me he aburrido, no he tenido la sensación de los últimos episodios de que estaba haciendo tiempo hasta que se le ocurriera algo. Pero ya no es lo mismo, ni por asomo. Bueno, en realidad, la serie sí que sigue siendo lo de siempre: un folletín de terror interminable hasta que las ventas lo digan. Con la serie de televisión en alza, supongo que hay para rato. Pero ya nada puede sorprender. Sabemos que Rick acabará venciendo al nuevo adversario, tarde o temprano, y de hecho el final ya anticipa que va a por él. No sé, creo que a la serie a estas alturas ya sólo la salvaría de verdad una auténtica locura por parte de Kirkman. Que aterrice un platillo volante, por ejemplo. Eso sí molaría.

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7 thoughts on “Tres lecturas en curso.

  1. Kirkman ya se repite más que el ajo con esta serie. Vamos, lo que le pasa a Rick en TWD deja al calvario de Job a la altura de unas vacaciones en Disneylandia…

  2. Sí, es que es imposible no repetirse. Por eso creo que la supervivencia creativa de la serie, si es que es viable, pasa por un cambio radical. Lo digo medio en broma en el post con lo del platillo volante, pero otra opción sería dar un salto en el tiempo y centrar el protagonismo en un Carl adulto, con el mundo en un punto diferente al que conocemos.

      1. Ah, vaya, pensaba que te referías a esa. Como has dicho que su obra maestra es de hace un par de años, Kakeibo es justo de 2011. Bueno, una confusión. En todo caso, no creo que ninguna desmerezca. Y claro está, a ver si cae pronto por aquí, que es compra segura.

  3. Yo tengo claro que cuando Kirkman se harte de escribir cómics y se retire a su mansión hecha de oro macizo acabará la serie mostrando a un Carl adulto en la última viñeta, caminando por una carretera desierta hacia la puesta de sol, con el revólver de Rick en bandolera, la katana de Michonne a la espalda, el sombrero de vaquero, el parche y un poncho mejicano a lo Clint Eastwood completando el conjunto, Épico.

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