American Barbarian, de Tom Scioli.

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A American Barbarian lo conocí gracias a un post de Santiago García sobre él, que me llevó a echarle un vistazo en su edición on line. Pero luego, con esto de estar a mil cosas a la vez, se me olvidó completamente seguir leyéndola. Así que ha sido ahora, cuando ha caído en mis manos el recopilatorio en papel, de momento sólo disponible en inglés, cuando la he podido disfrutar del tirón.

A Tom Scioli no le había leído nunca ni sabía nada de él, aunque un autor que recomienda King Crimson y Pink Floyd para acompañar su obra ya tiene absolutamente todas mis simpatías de entrada. Pero más allá de su exquisito gusto musical —retaré a un duelo al que diga lo contrario— Scioli es un dibujante brutal, rotundo, que construye una saga divertídisima. Me ha pasado poco últimamente que un tebeo me enganche en el sentido más primario del término, como enganchaban los buenos tebeos de superhéroes. Y eso que Scioli juega a un juego muy peligroso: el de emular a Jack Kirby. Siempre he pensado que, a pesar de su enorme impacto en el medio, la influencia de Kirby en las generaciones posteriores de dibujantes de superhéroes no es tan fácilmente rastreable como la de John Buscema, Neal Adams o George Pérez. Creo que esto se debe a que, como pasa con Steve Ditko, es un dibujante de una personalidad tan diferente y tan original que uno no puede asimilarlo tan fácilmente. Por eso cuando aparece un dibujante que se lanza a la aventura, lo hace desde el homenaje y sin poderse quitar la sombra del rey de encima. Ni ganas de hacerlo, claro, porque Scioli sabe muy bien qué está haciendo.

American Barbarian tiene como referencia al Kirby de los setenta, más concretamente al del Fourth World, The Eternals, o al de la etapa tardía de Captain America and the Falcon que realizó como autor completo. Scioli se fija en el Kirby más extremo, más libre, y no tiene reparos en experimentar sin medida con la narración y la composición de página. De hecho, seguramente si esta serie engancha como lo hace es en buena medida porque el lector está loco por saber qué se ha inventado Scioli en la página siguiente. Estilísticamente, hay una absorción por su parte de Kirby, especialmente en la maquinaria y en la anatomía de los personajes, que siguen su canon. Pero no es un calco: no intenta confundir su estilo con el de Kirby. Las formas son mucho más redondeadas que las suyas, y las finas y minuciosas líneas rectas que éste usaba en abundancia aquí se transforman en un entintado de pincel grueso, que le da un acabado muy diferente al producto final. Me ha recordado un poco al aspecto que consiguió Pablo Ríos en el capítulo de Azul y pálido en el que también homenajeaba a Kirby. Por lo demás, Scioli emplea muchos de los recursos de Jack: los Kirby dots, las onomatopeyas, ocasionales fotografías pintadas…

Pero lo más importante no es la forma de dibujar, sino el espíritu de puro despendole pop que anima a Scioli, ese caminar con firmeza entre lo sublime y lo ridículo que tan bien hacía Kirby —que sólo ha hecho bien de verdad Kirby, me atrevería a decir—. Si él diseñó a Dios con un cascazo violeta, pantalones cortos y una «G» en su pecho, Scioli dibuja a su protagonista con el pelo azul, rojo y blanco y el escudo del águila americana en su pecho. Pero es que su enemigo es un faraón monstruoso que tiene por botas dos tanques de tamaño real. Ese gusto por la hipérbole y por lo desmadrado funciona porque lo afronta igual que Kirby, creyendo en ello totalmente, sin dudar. En American Barbarian no existe ni un ápice de ironía posmoderna, o al menos yo no la he sabido ver.

Al contrario, me ha parecido una aventura pura, sin vuelta de hoja, con la rotundidad de las epopeyas de antes. Claro, eso significa que no es cómic para buscar dobles lecturas o complejidades: es una historia de venganza y de liberación ambientada en un futuro loco lleno de personajes primarios con unos diseños cojonudos. Nada más. Y nada menos, claro. Pero no estamos ya en los setenta, y el aire retro y casi psicodélico de American Barbarian resulta en algo nuevo y sorprendentemente fresco, una vía para lo fantástico que no es muy explorada en el cómic de hoy. Tan excesivo y grandioso como el rock progresivo que Scioli recomienda para acompañar su lectura, American Barbarian fascina y arrastra en una lectura intensa, que tiene todo lo que debe tener. Joder, si hay hasta dinosaurios.

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