Marvel Comics: La historia jamás contada, de Sean Howe.

Cuando al fin cayó en mis manos Marvel Comics. La historia jamás contada de Sean Howe, no podía prever la sensación que iba a dejarme al terminarlo. Me refiero a que, claro, a estas alturas, yo ya sabía cosas suficientes sobre la «Casa de las ideas» como para haberme bajado del guindo hace ya años, pero no me imaginaba que había en su historia tanto. Ahora, os juro que me cuesta acercarme a un tebeo de Marvel. Debe de ser algo parecido a presenciar una autopsia y que luego persista la terrible sensación de que no somos más que un amasijo de vísceras. Supongo —sé— que se me pasará, pero el impacto ha sido fuerte. La historia de Howe profundiza tanto, expone con tanta exactitud la realidad de la empresa, que queda poco espacio para la afición o incluso fanatismo por sus personajes.

Ante todo, Marvel Comics. LHJC es la historia de una empresa vista desde fuera. Es decir, no es una historia corporativista, ni friki. No es una historia del universo Marvel ni pormenoriza los avatares de sus personajes, ni los lista, ni alardea de datos enciclopédicos. De hecho, cuando Howe alude a cómics o historias concretas, casi nunca se refiere a ellas por su número de serie o su título; eso da lo mismo. Porque esto es una historia, ante todo, de personas.

Tras años de entrevistar a más de 150 autores, editores y empleados varios vinculados con Marvel, Howe está en condiciones de reconstruir la historia de la editorial con bases sólidas, porque además las apuntala con documentos abundantes: artículos de revistas de cada época, entrevistas, apariciones televisivas y radiofónicas. Pero toda historia es un relato, en realidad, y ésta también. Porque aunque Howe sea periodista y su trabajo tenga mucho de periodístico, también creo que sigue un rigor historiográfico, una labor de contextualización en cada época de los hechos que narra. Cuando digo entonces que es un relato, me refiero a que no es definitivo, porque ninguno lo es. Es el suyo, el que él ha construido con sus fuentes. Lo que sucede es que es tan, tan sólido, que cuesta mucho encontrar resquicios en su discurso. No pretende alcanzar esa entelequia que es la objetividad, pero tampoco emite excesivos juicios de valor o se posiciona, ya que prefiere que sean los protagonistas los que lo hagan. Por eso los retratos que realiza de las diferentes personalidades implicadas no son maniqueos, ni caen en filias o fobias, aunque se note, si se lee entrelíneas a quién admira o quién le gusta como autor. Refleja la complejidad de Stan Lee, por ejemplo, sin cargar las tintas, pero sin caer en la hagiografía de muchos, porque las evidencias y las declaraciones sobre él son abrumadoras. Lo cual no significa que fuera un monstruo, claro.

Pero más allá de explicar cuestiones que están en el propio libro, me gustaría comentar las conclusiones a las que me ha llevado. Para empezar, la imagen que uno se hace de la historia de Marvel como empresa, como negocio, y por extensión la de la industria americana del comic book. Vivió su época de máximo apogeo en los 40, y, a partir de ahí, por mucho que el fan hable de épocas doradas, todo fue cuesta abajo. Tras el nacimiento de la era Marvel, la editorial encontró su cima en algún momento entre finales de los sesenta y principios de los setenta, y después todo fue un lento declinar, salvo momentos puntuales de subida de ventas, casi siempre artificiales. El comic book fue perdiendo su lugar en la industria del ocio, y los profesionales que se dedicaban a él vivían con la sensación de que le quedaban dos telediarios. Alguno incluso, según recoge Howe, hablaba de que en cinco años todo se habría ido por el sumidero y aconsejaba a los jóvenes que soñaban con entrar en el bullpen que se buscaran una profesión con futuro. En una constante huida hacia delante, Marvel lanzaba series, cerraba otras, probaba formatos e intentaba atraer la atención de los lectores y robárselos a la competencia. Hasta que llegó un punto en el que se aceptó la realidad: que sus clientes ya no eran chavales de 10 años con su semanada, sino el fandom: coleccionistas entrados en años —cada vez más, lógicamente—, activos en su afición, dispuestos a dejarse una pasta. Resultado: entregarse al mercado de venta directa a finales de los setenta como única forma de asegurar unos ingresos mínimos y controlar los gastos. Y a partir de ahí, aceptando que las horas están contadas, sobrevivir, subir cada vez más los precios, hasta la escalada loca de los 90, con las ventas cada vez más mermadas, salvo por la fiebre del oro precisamente de esa década, esa orgía de portadas alternativas, cromos de regalo, brillitos y relieves que Howe describe a la perfección, con claridad meridiana.

Por supuesto, eso va ligado intrínsecamente a los movimientos empresariales. Dentro de su precariedad, Marvel fue cambiando de manos una y otra vez, a veces en operaciones kamikazes, absurdas, pero siempre siendo la parte más diminuta y prescindible de los conglomerados de revistas primero y ocio genérico después a las que perteneció. Los ejecutivos que ni sabían nada de los cómics ni les interesaba, que casi se sorprendían de que los hiciera gente, ordenaban a los editores jugadas suicidas, o imposibles de ejecutar. «Peláez, para mañana me lanza usted treinta colecciones nuevas al mercado». Y el Peláez de cada momento hacía lo que podía. Es especialmente genial la anécdota del directivo al que John Byrne telefoneó y que no sabía quién era ese canadiense que lo molestaba, en la época en la que era la máxima estrella de la compañía que dirigía.

Si algo queda claro leyendo este libro es que la labor creativa es sólo una cifra más en la fórmula del cómic comercial. No les importa a los de arriba, simplemente. Si un autor no dibuja un tebeo, otro lo hará, y da lo mismo que lo haga bien o mal, lo que importa es el balance de ventas. Eso fue así desde el minuto cero, claro, pero se agrava con el paso del tiempo. Ante eso, los dibujantes y guionistas hacían lo que podían o lo que les dejaban. Y aquí es donde uno se lleva muchas sorpresas mientras lee. Por ejemplo, que la lección de Kirby se la tenían aprendisísima desde muy pronto: Roy Thomas se negaba a crear nuevos personajes para la editorial, y por eso en parte se dedicó a excavar en su pasado. Hubo algunos que se adaptaron mejor y asumieron su posición, los Len Wein, Marv Wolfman o el propio Thomas, y otros que, inquietos, intentaron cambiar las cosas y sobre todo ganar más libertad creativa, los Steve Gerber, Steve Englehart o Jim Starlin. Las trifulcas entre unos y otros, los chanchullos de «yo te edito a ti y tú me editas a mí», los colegueos, los editores que se metían a guionistas, estaban, como no podía ser de otra forma, a la orden del día, y Howe los expone sin preferencias, como decía antes. Hubo intentos de rebelión, se hablaba cada cierto tiempo de un sindicato, pero jamás se materializó. Pero Howe no culpa a nadie, sino que expone sus motivos, a veces tan humanos como que había familias que mantener e hipotecas que pagar. Gene Colan, por ejemplo, ninguneado años después por Marvel, no quiso mojarse cuando a fines de los 70 otros compañeros se movían para conseguir que nadie firmara un nuevo contrato de condiciones alienantes. Porque, en definitiva, así es la gente. Nadie es extraordinariamente bueno o abrumadoramente malo. Salvo quizás Jim Shooter.

Es una broma, aclaro, pero realmente, las disputas con él en su etapa de editor, la cantidad de deserciones, las peleas a grito pelado —cuando no con conatos de hostias—, estaban a la orden del día. Impuso un modo de hacer las cosas basado en la narrativa clara, sin experimentos, y controlaba hasta el más mínimo detalle de los tebeos. Podía pedir que se repitieran números enteros, sin despeinarse, y ponía sus Secret Wars como ejemplo de lo que se debía hacer. Aunque, sinceramente, el personaje más insoportable parece que fue Ike Perlmutter, un ejecutivo obsesionado con recortar gastos capaz de cualquier cosa.

La historia de Marvel también tiene sus luces, por supuesto. Hay anécdotas divertidas, recuerdos de camaradería, las bromas y el buen humor de los momentos en los que el bullpen fue realmente el bullpen y no un recurso retórico de Stan Lee. Hay picas en Flandes, pequeños triunfos, y curiosidades sobre las bambalinas que agradarán al fan. Pero sobre todo, lo que cautiva, lo que hace que las 450 páginas se devoren en un suspiro es la radiografía, la intrahistoria, el retrato sin filtros ni glamour. Es una historia de violencia, llena de artistas ninguneados, humillados y despreciados, de talentos coartados, de traiciones, e, incluso, de un número alarmantemente elevado de muertes prematuras.

Leyéndolo, uno acaba dándose cuenta del milagro que supone cada buen tebeo, cada obra maestra que se ha hecho en el seno de Marvel. Cada cómic en el que sus autores han podido plasmar lo que querían es un pequeño fenómeno en esta máquina enorme, aunque no tanto como creíamos, cuyos engranajes no paran de girar y que desde siempre ha tenido como meta lo que se ha conseguido hace una década y pico: la llegada al cine como verdadero negocio. Lo demás, ya digo, un lento morir, una parcela cada vez más reducida y más insignificante, pese al talento, éste sí, enorme de veras, que ha tenido a su disposición.

En fin, podría seguir y seguir comentando el libro, porque creo que está lleno de ideas debatibles, pero voy a parar aquí, de momento. Sólo repetiré una vez más que es una lectura apasionante y esclarecedora, una revelación que todo fan de Marvel debería leer para saber dónde está. Cualquier lector de cómics, en realidad, porque, a fin de cuentas, la historia de Marvel es la historia del cómic industrial americano, con sus luces y sus sombras. Pero, al final, Marvel Comics. LHJC es sobre todo la historia de un grupo de personas, de varias generaciones de artistas que Sean Howe refleja con rigor, pero también con una humanidad increíble.

Sean Howe mantiene un tumblr donde va subiendo imágenes de la historia de Marvel que sirven como complemento perfecto a su libro.

Anuncios

2 thoughts on “Marvel Comics: La historia jamás contada, de Sean Howe.

  1. Practicamente todas esas grandes obras maestras producidas en Marvel tienen un común denominador: colecciones al borde de la cancelación en las que se le da poco menos que carta blanca a un joven valor -por lo general, de la casa- y a ver si suena la flauta.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s