GRAF.

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El pasado fin de semana estuve en Barcelona. Se celebraba, por supuesto, el Saló del Cómic organizado por Ficómic, una cita ineludible para muchos, que permite vivir la afición de una manera especial a un tipo de aficionado muy concreto. Pero que, me temo, ha ido dejando atrás a las maneras alternativas de ver y pensar el cómic. En esa gigantesca máquina que es el Saló no queda demasiado espacio para determinadas cosas, simplemente porque o bien no son rentables o porque no hay lugar físico para ellas. Y, en realidad, no pasa nada. Quiero decir que sí, a mí me gustaría que el Saló fuera de otra forma, pero me doy cuenta de que es muy difícil cambiar lo que se ha convertido a estas alturas, porque es un leviatán que exige unos ingresos mínimos. Ha entrado en una dinámica de crecimiento imparable que requiere de una política concreta, de espacios para consolas, cine, gominolas y fuentes de chocolate, de ganchos que han acabado por arrinconar poco a poco si no al cómic, sí a determinados cómics, incluyendo a sus editores, autores y aficionados. Y no creo que eso pueda cambiarse sin reinventar el Saló de arriba abajo y empezar de nuevo, algo que no interesa a nadie, en realidad.

Por eso hay que empezar a pensar que si las cosas son así, hay que moverse. Y eso es lo que han hecho un grupo de seres humanos ese mismo fin de semana: el GRAF. Iñaki Sanz, Manu Vidal, Borja Crespo y Alberto García Marcos no son sólo gente que ama el cómic y que lo entiende y lo vive de unas maneras similares; también son trabajadores como pocos. Sin eso, el GRAF no habría sido lo que fue. Lo que sigue es una crónica parcial; no estuve todo el día ni pude seguir la mayoría de las charlas, pero quiero contar lo que viví y cómo lo viví.

Para empezar, hubo mucha gente. Claro, no hablamos de las cifras del Saló, pero sí fue más gente de la que los organizadores esperaban. El centro de arte Mutuo, un lugar perfecto para un evento así, acogedor y amplio, estaba a reventar casi todo el tiempo. La gente entraba a un ritmo constante, por lo menos desde que yo llegué —a eso de las dos de la tarde—, y a partir de las cinco se aceleró, hasta la hora del cierre a las once.

¿Qué podía encontrar esa gente en GRAF? Pues ante todo, tebeos. Los miraban, les interesaban y los compraban. No hablé con ningún vendedor que no estuviera contento en este sentido. Puede que el público de GRAF sea muy diferente al del Saló, puede que no sean compradores acérrimos que se dejan cientos de euros al mes, ni coleccionistas de la rama dura. Puede que alguno los desprecie como hipsters a la lumbre de la última moda, pero eso no es lo que yo vi allí. Vi interés real por un medio que se mueve y que, al fin, ofrece obras para todos. Precisamente, de lo que se trataba era de eso, creo, de ofrecer una alternativa. Fanzines, cómics autoeditados, colectivos de aquí y del extranjero, joyas artesanales y cosas que no son fáciles de ver. Fat Bottom Books, la única librería presente, dio en el clavo al exponer, precisamente, el material más raro. Los cómics de los distintos stands no se solapaban, y en cada uno de ellos uno se encontraba cosas diferentes.

Y el ambiente me pareció inmejorable. Quizás no soy muy imparcial cuando lo digo, pero lo siento de veras. La gente conversaba, reía, comentaba cómics, hablaba con los autores presentes —bastantes, para ser un encuentro pequeño—, escuchaba las charlas —siempre llenas— o simplemente paseaba mientras se bebía una cerveza, o se juntaba fuera a fumar y a seguir la charla. Había mucho entusiasmo por todas las partes implicadas. Fue muy bonito compartir eso con mis amigos, y ver a la gente, al final, completamente agotada tras todo un día de GRAF, pero feliz por el resultado. Todo el mundo se pegó una paliza, sobre todo los organizadores, pero tengo que destacar, porque lo viví de cerca, el increíble esfuerzo que hizo Pep Brocal, casi permanentemente sentado en la mesa de Entrecomics Comics, firmando los (muchos) libros que vendió durante las doce horas largas del GRAF, con una sonrisa perenne, y trabajándose unas firmas preciosas con sus tampones de goma de borrar y su boli de cuatro colores.

Ese entusiasmo también se convierte en sinergia: creo que fue un lugar ideal para que autores y editores entraran en contacto y se fraguaran amistades, alianzas y colaboraciones profesionales. De hecho, uno de los objetivos de GRAF era permitir a los autores mostrar sus proyectos a las editoriales presentes, pero más allá de eso, la sensación que me dio fue que la gente, en ese ambiente de informalidad, se lo montaba por su cuenta.

Y yo, a nivel personal, acabé totalmente agotado, pero encantado también. Moderar una mesa redonda con Max, Irkus M. Zeberio, El Don Guillermo y Estocafich —ambos fundadores del Colectivo Misma— no es una experiencia que uno viva todos los días. Y la cantidad de gente buena con la que coincidí allí fue enorme. Salí con las pilas cargadas, con ganas de hacer mil cosas, con confianza en que, con gente así de entusiasta, el cómic no morirá. A lo sumo, algunas vías para su comercialización. Ahora, por supuesto, toca también ser autocríticos y mejorar los aspectos que puedan mejorarse, no dormirse, y crecer poco a poco. Y seguir trabajando, haciendo cosas, y pasándoselo bien. Gracias a todos por esto. Nos vemos en el próximo GRAF.

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