Imágenes del desencanto. Nueva historieta española. 1980-1986, de Pedro Pérez del Solar.

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Llevamos un año fabuloso en cuanto a libros teóricos sobre cómic publicados en España, ya sean de autores españoles o no. Más allá del disfrute y el aprendizaje personal que supone poder leer de manera contínua textos así, creo que este momento, que estoy seguro de que no será flor de un día, es síntoma de muchas cosas respecto al mundo del cómic en España. Pero no quiero desviarme del tema que toca hoy, que no es otro que Imágenes del desencanto. Nueva historieta española. 1980-1986. Su autor es Pedro Pérez del Solar, doctor en Literatura Hispana por Princeton, y peruano de nacimiento, y el libro me ha parecido muy interesante y necesario. Pero vamos por partes.

A priori Imágenes… ya me interesaba especialmente, porque entroncaba con mi investigación de las revistas satíricas de la transición, ocupándose justamente del periodo histórico siguiente. Tengo que decir sobre esto que el rigor de Pérez del Solar y sus métodos tienen mucho de historiográficos, a pesar de ser la Literatura su campo de trabajo: el tratamiento de las fuentes directas, de las que analiza contenido pero también semiótica —el tipo de análisis que yo considero fundamental en el cómic—, el uso de la bibliografía y el encuadre en un contexto más general tanto cultural como político, son impecables. Hablaba al respecto de Supercómic. Mutaciones de la novela gráfica contemporánea sobre la necesidad de que los estudios sobre cómic no sean endógenos y miren hacia fuera todo lo posible, y exactamente eso hace Pérez del Solar al conectar las publicaciones que estudia con la movida madrileña, la escena musical, el arte pictórico, la publicidad, la actuación de políticos de la época y, en definitiva, la sociedad donde se crearon y fueron consumidos.

Por tanto el lector de Imágenes… no va a encontrarse un listado minucioso de las historietas publicadas en Cairo, El Víbora o Madriz, ni tampoco extensas biografías de su autores ni glosas de las virtudes de la historieta de los ochenta. Esto es otra cosa, otro enfoque, en el que la calidad de esas historietas pasa a un segundo plano frente a su contenido, a qué reflejan de la sociedad y qué valores transmiten. Es un ejemplo perfecto de cómo el cómic puede y debe usarse como fuente para historiar, reconociendo sus limitaciones pero explorando sus potencias, mediante una metodología con la que comulgo por completo. Y lo cierto es que, en el contexto del primer socialismo, estas revistas cumplieron con unos papeles dignos de análisis.

El estudio comienza con una introducción en la que se repasa someramente el cómic de la transición como antecedente directo, especialmente las revistas satíricas y el underground¸ para luego dedicar varios capítulos a El Víbora y Cairo como máximos representantes del nuevo cómic adulto, a las que  Pérez del Solar sitúa en el contexto del desencanto que es tema central de su libro.

El desencanto es un concepto sociológico y político que da mucho juego y que se emparenta directamente con la cultura de la transición, en tanto que puede considerarse consecuencia directa de aquel proceso, ya que podría definirse como la desactivación del espíritu crítico y combativo que animó a la oposición democrática durante la transición. A esa etapa llena de reivindicaciones e ideales, de militancias activas y comprometidas, siguió otra donde el escepticismo y el cinismo terminaron con la lucha. Porque, en realidad, la idea que se extendió es que ya se había ganado, y por tanto ya no era necesario luchar. La transición consagró un sistema democrático imperfecto que tendía al bipartidismo lenta pero inexorablemente, en el que el papel del ciudadano se limitó mucho. La victoria del PSOE fue definitiva para su generación. Los hippies mutaron en acomodada clase media, y poco a poco la lucha se fue viendo como algo pasado de moda e ingenuo: ya se había luchado, y mirad lo que habíamos conseguido: un sistema que no estaba mal pero que tampoco era la repanocha.

Pero ¿qué pintan en todo esto los tebeos? Pues todo, claro. Pérez del Solar demuestra como la pugna entre las dos maneras de ver la historieta de las dos cabeceras más fuertes escenifica, en realidad, las dos tomas de posición de la generación que había vivido en primera fila la transición. Los autores de El Víbora estaban desencantados con la democracia, por supuesto, pero canalizaban ese desencanto a obras nihilistas y rabiosas, en sintonía con el no future del punk. Si los historietistas de la transición aspiraban a algo mejor, los Gallardo, Nazario y Max parecían resignados a la derrota frente al sistema, pero se negaban a integrarse en él. En cambio, Cairo hizo del desencanto y la integración una cuestión casi de militancia, a través de sus editoriales y de sus historias, como explica Pérez del Solar. Adalid de la línea clara, llamaba explícitamente a abandonar la lucha y volver al pasado, en una concepción de la historieta reaccionaria y falsamente apolítica —porque, en realidad, el apoliticismo también es una postura política—, y se defendía la historieta de aventuras evasiva, que nos devolviera las sensaciones de la infancia.

En ese contexto, las polémicas entre teóricos eran interminables. Pérez del Solar da cuenta de ellas en el capítulo cuarto, uno de los que más me han interesado por lo esclarecedor que es. Román Gubern, Javier Coma, Joan Navarro, Ramón de España o Ludolfo Paramio constamente enzarzados en discusiones bizantinas que buscaban legitimar una forma de hacer historieta frente a otra que consideraban o bien obsoleta o bien perniciosa para el interés general del medio. Es una polémica totalmente comprensible: era un momento de incertidumbre, en el que el discurso todavía no estaba desarrollado y el cómic, como arte, estaba comenzando a ser aceptado por la cultura. Muchos de esos teóricos velaban o creían velar por lo mejor para el cómic, temiendo que determinadas tendencias fueran pasos en falso o directamente tiros en el pie a lo largo de ese camino que todos querían recorrer. Todo lo cual no implica que no sorprendan los textos que casi querrían censurar la línea clara por infantilista, por considerar que daba una mala imagen de la historieta, o los textos desde el otro dado que desde un desconcertante puritanismo condenaban la línea chunga por la abundancia de drogas, sexo y violencia. Lo divertido es comprobar como esas polémicas eran trasladadas al cómic por autores con el suficiente sentido del humor como para darles la importancia justa.

El caso de Paramio es especialmente interesante. Llamaba a la desmovilización política con insistencia sorprendente en sus ensayos, o no tanto si tenemos en cuenta que era militante del PSOE desde 1982. La lucha, en sus textos, se planteaba como algo pueril y sin sentido en el mundo de los ochenta. La militancia se concebía como un sarampión que ya había pasado. Eso de luchar era muy cansado; mejor olvidarse de todo y consumir. Es, como veis, pura CT. Se animaba a dejarse de historias políticas que agotaban tiempo y esfuerzos y a abandonarse al hedonismo individualista y consumista de los 80. Se trata de pasárselo bien como valor supremo, de disfrutar.

En realidad, es algo que pasó en todas las esferas culturales. La movida madrileña, convenientemente cooptada por el poder e instrumentalizada por él, también sucumbió al vaciado de valores frente al puro disfrute y a la estética por la estética. Por lo menos en su vertiente más mainstream: el sueño del rock español produjo a Mecano. De todo ello da cuenta Pérez del Solar en el capítulo sexto, otro de los más jugosos, por lo preclaro de sus razonamientos y el ácido análisis del fenómeno de la movida y su concepto de la moda. La pugna por estar a la última y ser más moderno que nadie acaba siendo totalmente pueril, y el mero hecho de que un grupo se autodenomine «modernos» y expenda carnés de modernez es sólo comprensible en su momento. Pero, en todo caso, demuestra que esto de lo hipster no es nada nuevo. Pérez del Solar explica cómo las revistas de cómic tomaron en ocasiones posturas críticas contra estas actitudes pero también qué papel jugaron en ellas como un elemento más integrado en la escena cultural de la época.

El libro se cierra con un capítulo dedicado a Madriz interesante pero que, creo, podría haberse integrado mejor con el resto de revistas, y un epílogo en el que se resume la evolución de las revistas y del cómic español en general. Y se incluyen, además, la transcripción de las entrevistas que Pérez del Solar realizó a diversos autores y editores, un material valiosísimo y de gran utilidad para otros investigadores.

En la contracubierta de Imágenes… puede leerse: «El campo de la historieta, con sus diversas y conflictivas tomas de posiciones estéticas y políticas, proporciona un material imprescindible para analizar fenómenos clave de ese período como el desencanto o la movida madrileña desde nuevas perspectivas». Es una afirmación aplicable a cualquier otro fenómeno histórico, y bajo esa certeza debemos trabajar. El trabajo de Pérez del Solar no sólo es válido y útil por las conclusiones que obtiene de su investigación en el objeto concreto de la misma, sino también porque demuestra y certifica el increíble valor del cómic como fuente histórica, tradicionalmente ignorada pero en los últimos tiempos reivindicada como lo que es. Requiere unas herramientas específicas de análisis y criba, perfectamente empleadas en este libro. Y requiere también de una contextualización constante y una puesta en relación con otros medios y cuestiones políticas y sociales, algo que de nuevo Pérez del Solar entiende a la perfección. Por supuesto, como a cualquier trabajo académico se le pueden hacer objecciones; por ejemplo, yo creo que el análisis de Rambla y sus autores como una generación anterior que se integra en el nuevo escenario sociopolítico era interesante, pero entiendo los motivos que da Pérez del Solar para omitirlo y, desde luego, la necesidad de acotar el campo de trabajo si uno no quiere dispersarse. Pero, en conjunto, creo que es un estudio riguroso, ameno y esclarecedor. Un ejemplo perfecto del tipo de teoría del cómic que se está empezando a hacer ahora, desde otros postulados diferentes a los que animaban a esos críticos que vivieron aquel momento, sin los cuales no estaríamos aquí, pero que deben ser superados, por pura lógica histórica.

No quiero acabar sin mencionar la excelente edición de Iberoamericana Editorial Vervuert, no sólo en lo visible, encuadernación, portada y demás, sino también en todo lo que conlleva una obra académica —bibliografía, notas, pies de imágenes—  y que siempre supone una dificultad añadida a la edición.

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