Superman: Hijo rojo, de Mark Millar, Dave Johnson y Kilian Plunkett.

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OJO: Spoilers.

El mes pasado ECC reeditó Superman: hijo rojo, un cómic que tiene ya una década de antigüedad pero que yo no había leído nunca, aunque le tenía ganas, por todo lo que había leído sobre él. Sin embargo, o igual precisamente por esas expectativas, me ha dejado bastante frío.

Hay quien lo tiene como uno de los mejores trabajos de Mark Millar, pero, sinceramente, por la misma época estaba haciendo cosas mucho más interesantes en The Authority, aunque, es cierto, Hijo rojo tiene mucha más chicha que la mayoría de sus guiones actuales. El trabajo de sus dibujantes, Dave Johnson y Kilian Plunkett, correcto pero soso, lleno de tópicos, tampoco ayuda a que la miniserie trascienda su estatus de lectura entretenida, sin más.

Le he dado muchas vueltas a esta historia tras su lectura, la verdad, porque se supone que es un rescate de la esencia de Superman en un momento en el que el personaje estaba un poco perdido. Quizás porque nunca he sido seguidor de Superman, me da la sensación de que los cómics sobre él con intención de ser relevantes caen demasiadas veces en el tópico de « rescatar la esencia del personaje», en la tentación de reflejar toda su mitología. Y, no sé, una cosa es ser fiel a un personaje y a su historia, y otra querer meter todo lo que supuestamente lo define en cada historia definitiva sobre él. No veo eso con otros superhéroes, la verdad, y quizás ahí se puede encontrar la razón de que en las últimas décadas haya habido tan pocas historias realmente buenas de Superman, aunque también es cierto que la que posiblemente sea la mejor, All Star Superman, juega precisamente a eso.

Así que como no lo tengo del todo claro, mejor dejo la cuestión ahí y me centro en Hijo rojo. En principio, la idea es excelente: un Elseworlds en el Superman en lugar de caer en EE UU lo hace en una zona rural de la URSS. ¿Cómo cambiaría entonces el mundo? En las consecuencias geopolíticas Millar atina, en general. El comunismo se convierte en la ideología predominante en todo el mundo a partir del momento en el que Superman sucede al camarada Stalin y los EE UU se ven arrinconados y aislados del resto de países por no querer abrazar el comunismo.

Pero el Superman de este mundo no funciona del todo como personaje. O a mí no me funciona, claro. Quizás la clave de los motivos sea la visión que quiere darse de la URSS. Es verdad que, como se ha dicho, Millar no demoniza a los soviéticos pero, vaya, maniqueísmos sí que hay. Lo que es evidente es que en 2003 ya no vamos a encontrarnos las caricaturas que imaginaba Stan Lee. En 2003 la URSS es historia, y si no hay enemigo, no hay necesidad de desprestigiarlo. Sin embargo, el Superman soviético, aunque quiere ser bueno y salvar el mundo —¿por qué quiere, ya puestos? ¿Porque es Superman y ése es el tipo de cosas que hace Superman?—, Millar intenta que tenga una falta de escrúpulos que no deja en muy buen lugar a los comunistas. No tiene problemas morales en controlar mentalmente a los disidentes ni en imponer una vigilancia orwelliana gracias a sus poderes. Y, evidentemente, el régimen de Stalin tuvo mucho de eso, pero igual también podrían haberse mostrado ciertos aspectos del capitalismo, si de lo que se trataba es de escribir una parábola política, aunque, en realidad, si nos ponemos estrictamente históricos, Superman debería haber hecho una o dos purgas. Pero no lo hace porque es Superman, y Superman es noble y puro. Millar se queda a medio camino, por tanto; plantea un personaje esquizofrénico, porque no quiere separarse de eso tan etéreo que es «su esencia» demasiado, aunque habría sido lo lógico. Porque los ideales de Superman, o de cualquiera, no son fruto de la genética ni de ninguna naturaleza, sino pura educación y contacto con la sociedad.

Una vez que aceptamos que Superman siempre es Superman, se puede disfrutar de una historia que, es cierto, es entretenida. No abusa Millar tanto como en otros cómics suyos de los diálogos molones y las frases sentenciosas, y está claro que conoce al personaje y su historia, y que tiene sus propias ideas acerca de qué debería ser Superman. Lo que pasa es que hay cosas demasiado artificiales y pilladas por los pelos. Algunos personajes clásicos son ahora rusos, otros siguen siendo americanos. Como Superman no está en EE UU, Lois Lane se casa con Lex Luthor —¿podría ser de otra manera?—. Batman sí es ruso, un disidente que se convierte en terrorista. Wonder Woman es la que se mantiene más fiel a su versión canónica, y las amazonas primero se alían con los comunistas para luego atacar a Superman en la batalla final. La participación de Hal Jordan es absurda tal y como está planteada: Luthor encuentra el anillo y la linterna y considera que al fin tiene un arma capaz de parar a Superman, duplica el anillo, crea un cuerpo de Green Lanterns… y al final nada. Y bueno, el nuevo origen de Hal Jordan y su capacidad para imaginar en tiempo real como construye una cárcel para sus torturadores es la típica sobrada made in Millar que el lector acepta o no, sin más. Que Flash y Flecha Verde en lugar de superhéroes sean miembros del Daily Planet, la verdad es que me deja bastante frío, aunque supongo que la idea era simplemente conceder un par de guiños a los lectores de toda la vida.

Lex Luthor está, en general, bien escrito, pero es tópico hasta la saciedad. ¿De verdad hacía falta presentar al personaje con el lugar común de las partidas simultáneas de ajedrez mientras lee El príncipe para demostrar lo listo que es? ¿No debería ser el tipo de libro que un superdotado como Luthor tiene memorizado y superado desde los seis años? Una vez Superman ha sido vencido, Luthor gobierna el mundo tras ganar las elecciones en EE UU y extenderlos para cubrir el hueco dejado por el imperio soviético desmoronado. Las elecciones, por cierto, las gana con un 101% de votos, algo cuyo sentido, simplemente, se me escapa. En unos pocos años, Luthor establece un gobierno utópico y, prácticamente, hace al hombre inmortal. Aunque el final, planteando a Jor-L como un descendiente directo de Luthor, y que por tanto también Superman lo sea, me ha gustado mucho.

En fin, que me ha parecido un cómic muy irregular, la verdad. Ni de lo mejor de Millar ni de lo mejor de Superman, aunque ya decía antes que no soy seguidor del personaje: lo mismo en su momento sí fue muy superior a las series regulares. Pero, en todo caso, desde luego Hijo rojo también demuestra que aquella pregunta que nos hacíamos de pequeños sobre qué preferíamos, si un buen dibujo o un buen guión, no tenía mucho sentido. Un cómic es ambas cosas, y son inseparables. El dibujo también es guión, y un  dibujo rutinario como el de este cómic le impide trascender. Y viceversa, claro; habría que haber visto esto dibujado por, por ejemplo, Frank Quitely.

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4 thoughts on “Superman: Hijo rojo, de Mark Millar, Dave Johnson y Kilian Plunkett.

  1. “Las elecciones, por cierto, las gana con un 101% de votos, algo cuyo sentido, simplemente, se me escapa”
    mmm, ¿votó el Hombre Múltiple? ah, no, ese era de Marvel…

    Por ciertoque Millar tiene otra aproximación al Hombre de Acero, las Superman Adventures al estilo cartoon, para críos, que (lo que leí) estaban muy simpáticas, muy sencillas y entretenidas

    1. jaja No sé, ya te digo que no entiendo qué propósito tiene eso. Se dice que los matemáticos se lo preguntaron durante mucho tiempo, pero que la gente era demasiado supersticiosa como para creer que había sido un error informático. ¿Táctica de Luthor? A saber.

      Las Adventures no las he leído, pero les tengo ganas, la verdad, creo que sí pueden ser interesantes.

  2. Lo de Superman Adventures está muy chulo.

    Este cómic por lo que sé tuvo problemas con los editores por la forma en la que se muestra el comunismo. De ahí me imagino es por lo que en el tercer número (el último de los 4 previstos) de pronto aparece la relación rusos=mal absoluto.

    Lo que es glorioso son las 2 o 4 páginas finales. Que en el origen de Superman aparezca un viaje en el tiempo no es algo original (ahí estuvo Steranko décadas antes) pero aquí tiene su gracia.

    1. Gracias por las aclaraciones, Pablo.
      Sobre el final, el otro día precisamente me comentaba DNMRules que la idea es incluso más anterior, de los propios Siegel y Shuster, con lo cual tiene especial gracia que Millar la recupere aquí.

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