Santo Cristo, de Tyto Alba, Mario Torrecillas y Pablo H.

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Hasta que no apareció en las conversaciones para seleccionar las obras que se reseñarían en Panorama, no había oído hablar de Santo Cristo. Conocía a Tyto Alba por sus obras más recientes, pero nada más. Y eso que este cómic que escribió junto a Mario Torrecillas y que dibujó Pablo H. es, tan sólo, de 2009. Quizás sea un problema a solucionar en el futuro que cómics que en realidad son recientes desaparezcan de esta forma del mercado y pasen tan desapercibidos.

Santo Cristo creo que ha sido, de todos los cómics que he leído por primera vez para Panorama, el que más me ha gustado. Cuenta la historia de un grupo de adolescentes en un barrio obrero de Badalona, Santo Cristo, en los primeros años ochenta, con todas las contradicciones de una sociedad aún en tránsito entre una asfixiante dictadura y una democracia muy dubitativa. El tono del relato es tan descarnado y sincero que leí el cómic pensando en todo momento que era una autobiografía o, al menos, que lo era en su mayoría. Pero según se cuenta en el epílogo, en realidad la mayor parte de lo que pasa es ficción, aunque los guionistas sí pasaran su adolescencia en Santo Cristo y tiren, obviamente, de algunos recuerdos personales. Habrá a quien le parezca que el hecho de que no sea un testimonio confesional al uso resta valor a Santo Cristo, pero para mí es justo lo contrario: conseguir ese grado de realismo y veracidad en una ficción es muy meritorio. Y, en todo caso, ya digo que sí hay recuerdos personales, sólo que no se emplean como se suele.

El ambiente asfixiante de un colegio de los salesianos de esa época está plenamente conseguido. La moral franquista no se había esfumado como por arte de magia cuando el caudillo espichó, y ahí seguía luchando contra los nuevos tiempos a sangre y fuego. Me resulta muy interesante esta mirada a los años 80 precisamente porque, casi siempre, el cómic —y cualquier otro medio, en realidad— prefiere centrarse en otros aspectos de la década, más glamurosos: la movida, lo diferente, lo nuevo, en suma. Pero Santo Cristo viene a decirnos que no, que no todo fue tan bonito —ni siquiera lo que parece bonito lo fue tanto, claro—, y que la pobreza y la marginalidad no son muy diferentes a los de épocas anteriores, ni los prejuicios morales son tan fáciles de cambiar.

Los cuatro chavales protagonistas, dos chicos y dos chicas, tienen las hormonas revolucionadas, acaban de descubrir el heavy y no pegan ni palo en el colegio. Hasta aquí, todo más o menos normal. Pero el entorno deprimido en el que viven los marca, y los deja sin más salida que intentar marcharse de allí como única forma posible de vivir. Esa sensación de asfixia que va unida a lo que podríamos llamar determinismo social está fantásticamente reflejada en Santo Cristo. Hay que marcharse, por tanto, y los sueños adolescentes son aquí, más que nunca, sueños de huida. Y si para ello hay que prostituirse, es un precio que están dispuestas a pagar las chicas protagonistas.

Quizás lo que más me ha gustado de Santo Cristo es que lo tiene todo para ser un culebrón lacrimógeno —suicidio, embarazo no deseado, desamor, drogas— y sin embargo no lo es. En parte no lo es gracias al dibujo de Pablo H., de cierta influencia manga y  un toque caricaturesco en las figuras que choca al principio, pero que es el mejor modo de presentar la historia evitando el melodrama, sin caer tampoco en lo naif: el trazo es duro, y su manera de dibujar a los chavales no los infantiliza ni les quita un ápice de agresividad y fiereza. Por otro lado, por supuesto la voz del narrador es otra clave para que este tebeo funcione. Textos de apoyo medidos, sin ornamentos, duros y a la cabeza. Aparecen en momentos muy puntuales en sus propias viñetas negras, de modo que adquieren entidad propia dentro de la narración, y funcionan como reflexiones al margen antes que como explicación adicional de la acción.

Ni en esos textos ni en otros aspectos se dejan llevar por la nostalgia mal entendida ni caen en lugares comunes del relato evocador al uso, agotado ya desde hace tiempo. Antes que eso, hay una mirada crítica que se acentúa con la dura, por cotidiana y carente de drama, secuencia final. A ella hay que sumarle, además, que Santo Cristo no tiene vocación revisionista y no disfraza la realidad social de los 80 en un barrio como ése, con los conflictos entre payos y gitanos, o la cuestión nacionalista y la tensión entre catalán y castellano. A veces es difícil tocar asuntos del pasado que hoy son tabúes —o simplemente han cambiado de forma natural y real— sin pecar de corrección política, pero Alba y Torrecilla lo consiguen totalmente.

Ya decía al principio que ha sido una gran sorpresa este tebeo. Y me da rabia que haya pasado tan desapercibido, porque no lo merece, así que aunque sea cuatro años más tarde, desde aquí quiero reivindicarlo.

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