11-M. La novela gráfica, de Toni Guiral, Pepe Gálvez, Joan Mundet y Francis González.

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Después de una semana un poco movida, retomo mi repaso de algunos cómics españoles recientes reseñados en Panorama. Es el turno de 11-M. La novela gráfica, un título bastante excepcional dentro del mercado español, creo. También tengo la sensación de que pasó muy desapercibida, para mí el primero. De hecho, tardó en ser propuesta en nuestro proceso de selección. Pero es un cómic que merece la pena recordar y leer.

Para empezar porque pertenece a un género muy poco explorado en España, el reportaje —ficcionado, pero reportaje al fin y al cabo—. En Francia y EE. UU. hay cierta tradición de cómics así, pero aquí lo más parecido que se me ocurre son los tebeos de Aleix Saló, que tampoco son exactamente reportajes, sino más bien ensayos. El trabajo es titánico: reconstruir los hechos que tuvieron lugar la mañana del 11 de marzo de 2004, cuando varios trenes de cercanías de Madrid sufrieron un ataque del terrorismo islámico radical en el que perdieron la vida casi doscientas personas. Además, pretende mostrar la reacción posterior del gobierno y la ciudadanía, y todo el proceso judicial. Es una labor ambiciosa y muy complicada, porque emplear la prensa, las declaraciones de esos días y la investigación policial como fuentes es enredarse en una maraña muy intrincada. Afortunadamente, como era de esperar de dos personas cabales como Toni Guiral y Pepe Gálvez, lo narrado se ciñe al auto del juicio y deja de lado conspiranoias fachas, obsesiones con Titadyn y demás teorías basadas en nada más que intereses electorales y fanatismo ideológico. Con la distancia de los años transcurridos —el cómic es de 2009—, se puede abordar el relato de unos hechos aún dolorosos —lo serán siempre— sin ira, con ánimo de contar la verdad, o por lo menos aquello que sabemos que pasó.

Guiral y Gálvez reproducen portadas de la prensa, páginas de la sentencia y declaraciones del gobierno —implacablemente retratados, al reproducir, sin añadidos, sus vergonzosas intervenciones con el miedo al resultado de las inminentes elecciones metido en el cuerpo—. Captan muy bien el clima de aquellos días, el shock colectivo y la respuesta de la comunidad ante los terroristas, pero también ante los que nos negaban la verdad. Los saltos en el tiempo funcionan bien como mecanismo narrativo, y consiguen un cómic fluido, aunque inevitablemente denso, lo cual no es un defecto, en este caso, sino una necesidad.

El intento es tan honrado y el resultado tan relevante que cualquier problema de 11-M. La novela gráfica queda en segundo plano. Por ejemplo, el dibujo clásico de Joan Mundet y el coloreado infográfico de Francis González no me parecen los más adecuados para un trabajo así, que, creo, pedía blanco y negro o un color más sobrio. Aunque también es cierto que cumplen, e introducen experimentos interesantes, y que Mundet lo clava cuando dibuja personas reales porque lo hace sin un ápice de caricatura, potenciando el intento de objetividad de los guiones.

Otra cuestión es el recurso de emplear a un periodista ficticio y sus idas y venidas para contar a través de él lo que va pasando: yo habría prescindido de él y habría contado los hechos en crudo, con una narrador en tercera persona, pero eso es porque yo ya soy un lector interesado a priori; en este caso entiendo perfectamente que Gálvez y Guiral buscaron simplificar las cosas y hacerlas más asimilables, que la información, abundante, se estructurara mejor, cosa que se consigue.

Cuando leí este cómic, me dio pena que se me pasara por alto en su momento, porque es de esas obras necesarias, importantes a nivel de mercado. Han pasado ya cuatro años y todavía no parece que su influencia se haga notar; quizás no llegue a tenerla. Pero creo que es justo reivindicarla como una de las primeras incursiones de la novela gráfica española en política, un terreno extraordinariamente controvertido en la última década, en la que España ha vivido una polarización extrema que no admite demasiados debates. El arte, posiblemente por obra de la cultura de la transición, ha tendido al apoliticismo, y el cómic, que contaba con una vertiente política importantísima, la perdió en algún momento entre los 80 y 90. Y es algo que creo que hay que recuperar, más allá del humor gráfico, que, por supuesto, siempre ha estado ahí cumpliendo una función clave.

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