Pudridero 2, de Johnny Ryan.

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Harder, faster and louder. El nuevo tomo de Pudridero, publicado entre Fulgencio Pimentel y Entrecomics Cómics, redobla su apuesta y despeja cualquier atisbo de duda sobre la viabilidad de la serie más allá de la sorpresa inicial: mientras Johnny Ryan tenga imaginación para dibujar burradas cada vez más enrevesadas, podemos estar tranquilos.

Ya no se trata, de hecho, de la escatología, sino de creatividad. El dibujo de Ryan es lo suficientemente inconcreto para que las escenas no ofendan a poco que uno esté acostumbrado a cierta violencia visual, y algunas de las cosas que expone son verdaderas obras de arte de la casquería. Y no sólo eso, sino que se nota una evolución significativa en su dibujo y en ciertas soluciones formales. Sigue siendo tosco, pero emplea esa tosquedad en su beneficio y sorprende con composiciones muy buenas, sobre todo aprovechando las cabezas de cristal del enemigo(s) principal de este volumen. También aparece un misterioso ser escuchimizado que pelea como un demonio, y un tipo con un nombre tan sugerente como Indigerible Escroto.

La alegría adolescente ante la masacre y la transformación constante de la carne siguen ahí, como motores de la historia, pero Ryan demuestra que puede seguir siendo interesante y enganchar al lector más y mejor a través de los mismos elementos. Pudridero nunca se traicionará a sí misma, y nunca defraudará. Ryan es algo así como un grupo de punk que nunca ceja en su estilo ni acaba lanzando power baladas de cuero y metal.

Por supuesto, al que no le convenciera Pudridero en su primer número, difícilmente va a gustarle el segundo. Pero aquel al que le gustara, seguramente disfrutará todavía más de éste. Es lo que es, sin coartadas ni pretensiones de gustar a todo el mundo ni de ser más de lo que es. Pudridero es catarsis, es diversión violenta no culpable, y es descanso temporal de las obligaciones propias de la vida adulta. Carantigua es un tipo cubierto de sangre violento y malhablado que ha sustituido su brazo izquierdo por un gusano chungo. ¿Cómo no quererlo?

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