Viñetas de posguerra. El cómic como fuente para el estudio de la historia, de Óscar Gual.

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Continua el gran año que llevamos en cuanto a libros teóricos sobre cómic con el que acaba de publicar la editorial de la Universitat de València de Óscar Gual: Viñetas de posguerra. Los cómics como fuente para el estudio de la historia. Como historiador, ese subtítulo hacía que tuviera muchas ganas de leer el trabajo de Gual, porque el uso del cómic como fuente es algo que llevo planteándome mucho tiempo y en lo que  mi propio trabajo de investigación me obliga a pensar constantemente, sobre todo desde el punto de vista metodológico. Como explica en sus conclusiones Gual, no hay —o por lo menos yo, como él, he sido incapaz de encontrarlo— nada escrito en profundidad al respecto.

Pero, en realidad, debería ser obvio que el cómic entra de lleno en la categoría de fuente, como objeto cultural que es. El problema es que no siempre lo ha sido, pero no solamente por su consideración social, sino también por la manera en la que se hacía la historia. En la medida en que durante bastante tiempo era, principalmente, historia política, la historia de los grandes acontecimientos, el historiador acudía al archivo y no se fijaba demasiado en otro tipo de fuente. Pero cuando se comenzó a hacer historia social y cultural, progresivamente se fue abriendo el campo e incluyendo cualquier producto de la cultura humana en la categoría de fuente, si bien con sus peculiaridades. Una vez rota esa barrera mental, el único límite son los prejuicios de cada historiador.

Sin embargo es curioso comprobar como esto no ha cambiado del todo. Casi sistemáticamente, cuando he hablado con algún colega sobre la cuestión, los comentarios que hacían se referían a Asterix, por ejemplo, argumentando que es un cómic muy bien documentado. De esto también habla Gual en sus conclusiones: la idea, errónea, de que el cómic válido para el historiador es aquél que trata un tema «histórico». No tiene fundamento: por mucho que Asterix pueda hacer una excelente labor divulgativa entre el público general, ¿qué aporta al profesional de la historia? ¿Qué dato va a darle que no pueda encontrar en la bibliografía especializada? ¿Qué hace un historiador de antigua con un álbum de Asterix, como no sea usarlo en algún proyecto educativo? No, la clave es entender que Asterix dice más de la Francia de la  década de los 60 que de la Roma imperial. Y su interés reside en el análisis de la sociedad de entonces que podemos hacer a través de sus páginas. Dicho de otro modo: que cualquier objeto cultural nos puede decir muchísimo de la época que lo engendró. Una vez entendido esto, da lo mismo que el cómic trate del imperio romano, de la conquista de América, de la vida del autor o de un lejano planeta. No puede valorarse historiográficamente una obra de ficción en función de la veracidad con la que muestre acontecimientos históricos, primero porque no es ésa la función de la ficción, y segundo porque, como dije, ya tenemos sobradas fuentes para eso. El análisis de la ficción nos aporta otras cosas, valiosas y diferentes, más aprovechables en historia social, o en historia de las mentalidades.

Y con eso asumido, Óscar Gual resolvió escribir un estudio que sirviera tanto de estado de la cuestión como de punto de arranque para una investigación que empleara el cómic como una fuente más. Una puerta de entrada al historiador curioso a un medio que no tiene por qué conocer. Teniendo eso en cuenta, la primera parte, «Marcando el territorio», donde introduce las bases del lenguaje del medio y sus orígenes, puede no ser novedosa y resultar repetitiva al experto en cómic, pero el objetivo de Gual lo hace imprescindible. Desde luego, podría haber remitido directamente a las obras que toma como referencia —clásicos como Gasca, McCloud o Gubern—, pero la inclusión de estas cincuenta páginas de pura base dan al libro entidad e independencia. Y me resulta necesario, la verdad, instruir en esos fundamentos a un historiador que no esté familiarizados con ellos. Cuántas cosas que a nosotros ya nos parecen obvias, por estar completamente interiorizadas, no están tan claras para alguien que no estudie el tema directamente, sobre todo en lo que respecta a su historia: dónde empezó, por dónde continuó, y dónde está ahora.

Tras esa introducción comienza lo más interesante del libro, no obstante. Como ejemplo práctico de su tesis, Gual decidió analizar dos series españolas del franquismo: Roberto Alcázar y Pedrín y El guerrero del antifaz. Aplica su propio método, y presenta primero las circunstancias sociopolíticas en las que cada serie se gestó y se publicó, incluyendo cuestiones como la censura, el racionamiento del papel, o las condiciones personales de los autores. Después pasa al análisis del contenido, haciendo especial énfasis en lo social y lo ideológico, para lo cual va describiendo ejemplos concretos que se ha encontrado en su lectura de los dos seriales. El rigor historiográfico que demuestra recurriendo a fuentes secundarias constantemente para justificar su interpretación de los tebeos no está reñido con ser ameno en su exposición, sin caer tampoco en lo divulgativo. Gual confronta el contenido de las obras de Vañó y Gago con su tiempo, y aplica un análisis semiótico para enriquecer su relato, en lo que para mí es uno de sus mayores aciertos: muchas veces, lo repetitivo de las tramas, la aparición estereotipada de etnias diferentes a las del protagonista, la visión negativa de la ciencia o el papel secundario de la mujer se explican por cuestiones formales o por las limitaciones del dibujo y no sólo por sesgos ideológicos.

Otro punto a su favor es que el análisis que realiza lo hace sin un ápice de la nostalgia que demasiado frecuentemente tiñe los estudios del tebeo español de posguerra, que desde la mejor de las voluntades han tendido a la indulgencia para con sus autores y contenidos, o recurrido a su amplia difusión e implantación en el imaginario colectivo de millones de españoles. Pero Gual está historiando, no recordando, y si hay que decir que Vañó, como dibujante, no era el mejor del mundo, se dice, y lo mismo para Gago, al que, no obstante, sí exculpa parcialmente, al aludir a la carga de trabajo brutal que soportaba como una de las causas de la calidad de sus páginas.

Gual pone, en definitiva, a estas dos obras fundamentales del cómic en España en su lugar, en su contexto, sin exaltación ni apelaciones a la memoria cómplice de sus lectores. Son fuentes, herramientas por tanto para alcanzar una conclusión durante una investigación. Demuestra hasta qué punto reflejaban la España dura del franquismo, y explica en qué medida ese reflejo ideológico se debía a los autores, a la editorial, a la presión de las autoridades o al simple peso de la atmósfera que rodeaba a estos productos. También señala sus limitaciones como fuentes, hasta dónde llegan en su utilidad y, mediante su propia metodología, nos hace ver que hay que someterlas a una mirada crítica intensa, que se apoye además en otras fuentes para ver explicar por qué las cosas son como son en esos tebeos, porque nada es como es porque sí, ni ningún producto es totalmente blanco: en toda obra de ficción subyace su tiempo, y la ideología de quienes la produjeron y de quienes la consumieron. La labor del historiador es, o debería ser, escoger las más interesantes y relevantes para cada investigación.

Viñetas de posguerra es, en primer lugar, un libro interesante para historiadores, como decía antes, que encontrarán un manual de uso para esta fuente que puede que descubran con su lectura. Se puede decir en este sentido más de lo que dice Gual, pero como toma de contacto es excelente, y, al fin y al cabo, ya aporta mucha bibliografía que servirá para profundizar en las claves del cómic y en cómo debe interpretarse. Los dos estudios sobre El guerrero del antifaz y Roberto Alcázar y Pedrín son además interesantes para cualquier lector de tebeos, o incluso, simplemente, para cualquiera interesado en la sociedad franquista. Y aportan tanto o más al historiador que la primera parte, como ejemplos prácticos: así es como se hace, ésta es la manera. Por supuesto, cada cual ajustará sus métodos al cómic para sentirse cómodo con él, pero yo personalmente he sentido mucha afinidad con la manera en que Gual enfoca el análisis, constuye un relato antes que una sucesión de datos, y confronta el objeto de estudio con otras fuentes especializadas; de una manera parecida intento estudiar yo el cómic cuando lo hago desde mi ámbito académico, aunque a lo que yo me dedique sean las revistas de humor, que no son exactamente lo mismo. Quizás echo en falta alguna estadística, y que profundizase un poco en los problemas legales que menciona, sobre todo en el caso de El guerrero del antifaz, en las tensiones con el poder y la presión de las instituciones para que la serie reprodujese más fielmente los ideales del régimen. Pero es un clásico de los estudios académicos: pura cuestión de espacio, siempre hay cosas que se quedan fuera, y es obvio que Gual también pensó en eso —o así lo creo yo, claro—. Pero en conjunto es un sólido estudio, que ayuda a ir construyendo este corpus de bibliografía especializada desde la historia, rezagada incluso hoy en la atención que dispensa al cómic si la comparamos con la historia del arte o la semiótica. En ese sentido, es no sólo un buen libro, sino un libro necesario. A partir de ahora, a investigar sin pedir excusas y sin sentirnos culpables.

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