Diario de Nueva York, de Julie Doucet.

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De Julie Doucet no había leído yo demasiado, más allá de alguna cosilla suelta, pero pasarme el día exiliado en una biblioteca tiene sus ventajas, y una es leer cómics que en su momento no leí. Es el caso de Diario de Nueva York, que he encontrado en la edición de Inrevés de 2001 —¿de verdad no se ha vuelto a editar esta obra fundamental desde entonces en España?—. Doucet es una de esas dibujantes que parecen normalitas en un primer vistazo, poca cosa, funcionales como mucho, pero que cuando se lee un tebeo suyo se descubre como un monstruo capaz de soluciones brillantes. Diario de Nueva York es su obra larga más conocida, y la dibujó ya en el seno de Drawn & Quaterly, tras varios años de autoedición en los que fue una de las figuras cruciales del cómic independiente de los 80, y a juzgar por las declaraciones de gente como Chester Brown, de las más influyentes.

Así que lo que uno se encuentra al leer este cómic es a una autora aún muy joven, pero ya con suficiente experiencia como para no cometer errores de principiante. El tomo de Inrevés comienza con algunas historias cortas que nos sumergen de lleno en la adolescencia de Julie. Me ha encantado ese arranque tan espontáneo y naturalista de «La primera vez», en el que basta un cartucho de texto —«Un suburbio, junio de 1983»— para darnos toda la información que necesitamos. En esa primera página Julie habla con una amiga por teléfono y acuerdan ir a ver a un tipo que va a robarle un casco de moto, y llegan a su apartamento. En una sola página. Con la misma naturalidad y precipitación, casi como si fuera el único desenlace lógico, asistimos atónitos a la pérdida de su virginidad, que contada de otro modo habría resultado sórdida y terrible, pero que ella despacha con una falta de dramatismo asombroso, sin variar la plantilla de viñetas, sin cerrar el plano sobre su cara, por ejemplo, o sobre la propia acción para enfatizarla.

Sirve de ejemplo de lo que luego nos vamos a encontrar en el resto. Tras una excelente historia ambientada en su primer año de universidad, viene el plato fuerte, los cuatro episodios de «Diario de Nueva York», correspondiente cada uno a una estación del año. Es la historia de un amor conflictivo, que la lleva a mudarse a la Gran Manzana para compartir vida y apartamento con «el novio» —nunca sabemos su nombre—, en una relación llena de problemas. El mismo tono gráfico de la historia ya nos transmite mucha información, porque, aunque la estructura de página, la prácticamente total ausencia de primeros planos y el toque caricaturesco siguen en la línea de las anteriores historias cortas y consiguen el mismo efecto desdramatizador, la verdad es que la cantidad de detalles que dibuja Doucet construyen un ambiente muy opresivo, que refuerza el clima en el que se desenvuelve durante su estancia en Nueva York, lleno de problemas emocionales, abulia laboral y drogas. Doucet no es feliz más que al principio de la relación, y enseguida la cosa se convierte en la larga historia de una ruptura que se ve venir pero que no termina de llegar, lo que provoca un agobio en el lector importante. Estamos deseando que Julie mande a ese gilipollas ególatra y politoxicómano a la mierda, y aquí hay algo de trampa, claro, porque al fin y al cabo a él lo conocemos a través de ella. Así debe ser, en todo caso, que para eso es un diario. Y, en todo caso, Doucet tampoco tiene demasiada piedad consigo misma, y se muestra insegura, miedosa, y con una voluntad muy débil. Se pasa los días en casa sin ser capaz de trabajar, usando a su novio como excusa, drogándose como sólo se sabían drogar los de la generación X, incluso a pesar de su epilepsia. Cuando finalmente la relación se rompe, si bien no hay catarsis, sí experimentamos cierta sensación de liberación, aunque sea porque sabemos que a partir de entonces las cosas sólo podrán ir a mejor para Doucet.

Observar su incapacidad para concentrarse en el trabajo, sólo comparable con la de Joe Matt, sería mucho más desesperante de lo que es si no fuera porque tenemos en las manos un cómic tan bueno como éste. Vamos, que estamos tranquilos porque sabemos que cuando se pone, los puede hacer.

Pocas veces he podido leer una historia autobiográfica tan sincera, descarnada y al mismo tiempo ligera como ésta. Pese a todas las dificultades, Doucet no parece concederles más importantcia que la que tienen. Incluso cuando hablamos de un aborto. Al fin y al cabo, uno es lo que es por las decisiones que toma, y eso parece pensar ella también, cuando es capaz de mirar a su pasado de esta forma. Hay siete años entre los hechos que cuenta y el tebeo, pero, claro, a esas edades siete años aún son muchos años. «No lamento nada» es la frase que con toda la intención cierra la historia, con Julie dejando atrás el apartamento cochambroso donde ha pasado un año horrible, rumbo a Seattle en compañía de su gato. Porque la vida sigue, e incluso de las peores experiencias uno aprende,  y progresa, y se hace adulto.

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