Sur le pas de Samuel, de Tommi Musturi.

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Tommi Musturi es un dibujante de cómics finés que hasta hace poco era para mí totalmente desconocido. Pero por pura casualidad me crucé con este Sur le pas de Samuel, y me enamoré perdidamente. Tuve uno de esos flechazos inexplicables que tengo de vez en cuando con algunos tebeos; recuerdo que me pasó con La voluptuosidad de Blutch, por ejemplo. Hace poco he podido comprarlo al fin, y la lectura reposada me ha dejado aún mejor sabor de boca que el simple hojear del primer contacto.

Sur le pas de Samuel —que creo que sería algo así como Tras los pasos de Samuel— es un cómic mudo de 2009, que se compone de varias historias cortas protagonizadas por el que supones que es Samuel, claro: una especie de bicho diminuto con un solo ojo que se dedica a andar y vivir experiencias extrañas. Me ha recordado un poco al espíritu que anima Aventuras de un oficinista japonés de José Domingo, pero aquí la acción es mucho más sosegada, y no tiene nada que ver con el torrente imparable que es el viaje del oficinista. Samuel se dedica a andar por parajes asombrosos, sube a un pico y mira el horizonte, o se echa a dormir, o se fuma un cigarro con un monete. La gracia no está por tanto en lo que le pasa, sino en cómo se muestra. Musturi tiene un dibujo de trazo limpio donde prima la importancia de la línea, lo que le da un aspecto a todo geométrico.

Pero lo que es verdaderamente genial en este cómic es el alucinante color que emplea Musturi. Es el auténtico protagonista, en realidad. Un color no naturalista, lleno de contrastes violentos e inesperados, donde la luz del sol cambia el paisaje de maneras sorprendentes. Son colores planos y fuertes, rotundos, que hipnotizan y centran la atención del lector casi por completo. El color transmite su exhuberancia a los paisajes, que se vuelven dúctiles, porque el color es maleable y chorrea, como si el mundo de Samuel estuviera pintado. Hasta sus excrecencias son de colores.

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Hay cierto trasfondo metafísico, a pesar de que la acción parezca mínima. La contemplación del mundo mundo por parte de Samuel parece tener algún objetivo profundo, como si estuviera buscando algo, algo que acaba encontrando hacia el final. También hay algo más allá de la estética en la secuencia en la que quema su propia imagen en una talla de madera, o en las dos páginas en las que se agacha a observar una flor y tras él se desarrolla toda la historia del planeta: seguramente mi escena favorita de todo el tebeo, por la carga mítica que tiene.

Y es que al final creo que mi fascinación por Sur le pas de Samuel se ha mantenido más allá de la imagen por eso, porque es puro mito. Extraño, críptico, como suele pasar con los tebeos sin palabras que traten estas cuestiones, y con cierto calado psicológico. Es una obra que atrapa, aunque no lo haga con la retorcida efectividad de un Frank —se me ocurre que tiene ciertas cosas en común, aunque esté lejos, evidentemente—, y que más allá de su incuestionable belleza ofrece otros niveles de lectura.

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