Afortunada, de Gabrielle Bell.

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Como sigo pasando gran parte del día en la biblioteca, siempre acabo leyendo algún cómic entre descanso y descanso. Ayer cayó Afortunada, de Gabrielle Bell. Se trata de un diario dibujado en el que Bell muestra su vida, sobre todo las cuestiones laborales y artísticas y su relación con su pareja, y la eterna búsqueda de piso para él o para ella. Emplea una plantilla muy básica de página, 2 x 2 invariable a partir de cierto punto, y un dibujo de línea clara americana, con los referentes obvios de Chester Brown o Anders Nielsen.

Al comenzar a leer me estaba pareciendo poca cosa, la verdad. Pero conforme Bell se afianza y depura la fórmula Afortunada mejora en cada página, y tras leer sólo unas pocas, me ha acabado conquistando con su atención a los pequeños detalles, su tono reflexivo pero exento de dramatismo artificial, y su dibujo conciso. Todo es interesante, pero creo que cuando está mejor Bell es en las cuestiones artísticas, en las dudas sobre qué hacer cuando desaparece un trabajo completo que tendrá que rehacer, o en su trabajo como negra con una artista que se lleva el mérito… pero reparte el dinero.

No hace mucho también leí Diario de Nueva York de Julie Doucet por primera vez, y por eso encontraba muchos paralelismos interesantes entre ambas obras. No me sorprendió encontrarme un diálogo en el que Bell manifestaba que Doucet era su autora favorita, porque la influencia es clara, aunque lo fundamental sean las diferencias.

Ambos cómics son diarios realizados en momentos vitales similares, de indecisión y falta de rumbo. Las dos autoras se están planteando qué hacer con sus carreras, necesitan trabajo, y atraviesan momentos algo turbulenos en sus vidas amorosas. Y ambas están bloqueadas en sus obras, atacadas por cierta abulia que les cuesta superar. Pero donde Doucet empleaba un dibujo furioso y abigarraba los espacios, Bell elige la depuración, el espacio abierto, la línea mínima. En estas decisiones rastreamos sus diferencias personales: Doucet era depresiva, y en la época del Diario de Nueva York se pasaba un poco bastante con las drogas. Bell goza de un mayor equilibrio en su vida, y sus dudas se muestran desde éste. Ninguna de las dos se ceba en sus problemas ni busca la compasión del lector, pero Doucet tiene una mayor necesidad de ser dura consigo misma, de mostrar sus errores y defectos como catarsis para superarlos. Bell, en cambio, es más tranquila, y la manera en que muestra las escenas de su vida parece menos connotada, más neutra, aunque esto sea sólo un recurso narrativo, claro.

El estilo de Bell parece menos emocional, y por eso el relato pasa por más objetivo, aunque podría ser todo tan falso como una ficción. Las expresionistas viñetas de Doucet, aunque alimenten la idea en el lector de que todo está exagerado, no tendrían por qué ser menos ciertas que las de Afortunada. Pero el tipo de dibujo influye inevitable en el juicio del lector: parece que, cuanto más sencillo o más realista, menos desconfía el lector. La caricatura acerca y refuerza la empatía, pero probablemente también hace que se perciba el testimonio más difícilmente como tal. Esto que voy a decir es una obviedad, o debería serlo, pero la forma es indivisible del contenido, y la elección de la primera marca por completo la manera en la que se recibirá el segundo.

Yo quería escribir sobre Afortunadas y al final me he ido por los cerros de Úbeda, pero cuando un cómic sugiere estas reflexiones suele ser porque merece la pena, así que tampoco he divagado tanto. Bell es una de esas autoras que contradicen claramente al tipo de gente que considera que «contar tu vida» es facilísimo, y que no tiene valor si no te ha pasado especialmente grave —de enfermedad crónica para arriba—. Tiene una notable capacidad de síntesis y emplea el texto de apoyo con mucho sentido, sólo cuando toca, y sin redundar nunca en lo dibujado. Las historias adicionales que aparecen en la edición completa de La Cúpula demuestran además que también está dotada para el humor y el absurdo.

Ahora, a ver si voy leyendo más cosas suyas.

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