Todo y nada, de Sammy Harkham.

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Sammy Harkham es un joven autor —porque tiene mi edad, y toda persona que tenga mi edad siempre será joven, por definición— que en España conocíamos poco. Apa Apa sacó hace unos años Pobre marinero, y hasta donde yo sé eso ha sido todo, hasta que Fulgencio Pimentel se ha lanzado a la publicación de un recopilatorio de gran parte del material de Harkham.

Todo y nada me ha permitido descubrir a un autor extraordinario, que maneja una llamativa variedad de registros, todos igualmente potentes: color, bitono, blanco y negro, línea más o menos pulcra… Tiene un sentido estético que le permite elegir siempre el tono gráfico perfecto para la historia que va a contar.

Pero sin duda alguna lo que más me ha gustado de Harkham es su increíble manejo de la elipsis: no he visto muchos autores que lo hagan mejor que él. El ritmo que consigue a base de su utilización es muy particular, porque además las elipsis, muchas veces bruscas, nunca van acompañadas de un cartucho que ubique al lector. Es la acción la que lo hace, y el dibujo. Realmente es difícil conseguir que esto funcione, y que además genere esa sensación indescriptible, que acerque en lugar de alejar, que emocione en lugar de mantener el hermetismo de partida que maneja Harkham. Sus personajes no se explican, no monologan intensamente, ni narran extradiegéticamente. El silencio es casi siempre el mejor aliado de Harkham para transmitir emociones, que nos llegna crudas, sin elaborar. Probablemente también influye mucho que casi nunca se salga de una planificación de página fija para cada historia, normalmente de viñetas pequeñas y uniformes.

Todo el material es interesante, pero Todo y nada parece sustentarse en tres pilares, tres historias largas que me han parecido lo mejor.

La primera es «Somersaulting», una historia de adolescencia que no tiene demasiado que envidiarle a Ghost World. Ambientada en Australia, donde el autor reside desde hace años, la protagoniza Iris, una adolescente completamente realista, que en plenos 90 se comporta como cualquier chica de su edad: tiene una relación de amistad un tanto enfermiza con otra chica, un noviete, y proyecta un viaje por el mundo para cuando termine el instituto. Y por supuesto, tiene una familia desestructurada. La naturalidad con la que Harkham se mete en la piel de Iris es pasmosa, y la impresión de estar perdido que se tiene en esa época de la vida, especialmente cuando se tiene la sensación vivir en el fin del mundo, está clavada.

La segunda es una de la que ya he hablado, «Pequeño marinero». Es una adaptación de un texto de Guy de Maupassant que no he leído, así que como adaptación no puedo juzgarlo, aunque sí intuyo una labor de síntesis importante, a base de elipsis, como decía antes. En origen se publico en un formato diminuto, a razón de una viñeta por página, pero en Todo y nada se ha remontado la historia para que abarque diez planchas. Y es simplemente demoledora. Reúne todas las cualidades de Harkham que he comentado antes y además las sitúa en un ambiente agreste y duro, y casi mítico. Y es una de las lecturas más tristes que puede hacer uno.

La tercera es una historia sin título pero cuyas primeras líneas son «Lubavitch, Ucrania, 1876». Se trata de una visión de la cultura y costumbres judías en un gueto de fines del siglo XIX, con alusiones a la mística y unas gotas de humor que bordea el negro con las alusiones a los pogromos. En realidad me cuesta explicar por qué me ha gustado tanto; quizás es porque consigue ser totalmente absorbente, y porque tiene momentos de una intimidad que no se ve todos los días.

Sólo por estas tres historias Todo y nada ya merecería ser considerado como parte de lo mejor del año, pero hay mucho más. El horror mudo de lo onírico en «Un marido y una mujer», breves piezas satíricas como «Soy feliz cada instante de cada día», sobre Jonh Merrick, o el muy bruto «Callejón de preñadas», o un bonito homenaje a Where the Wild Things Are.

De la edición de Fulgencio Pimentel no puedo decir más que lo de siempre: preciosa, y cuidada al mínimo detalle. No se limitan a poner una historia detrás de otra, sino que buscan que haya un sentido estético concreto, una idea artística que sostenga el libro, que ya puede considerarse una de las mejores noticias de lo que llevamos de año. Sammy Harkham merecía una edición así, y nosotros nos merecíamos a Sammy Harkham.

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