White Cube, de Brecht Vandenbroucke.

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Cuando las mentes de Fulgencio Pimentel y Entrecomics Comics se unen, los pilares del universo se tambalean. Bueno, quizás tanto como eso no, pero me parecía una frase contundente para empezar. Lo que sí es verdad es que, dado el gusto de ambas editoriales, siempre podemos esperar cómics interesantes de sus coediciones.

Brecht Vandenbroucke es un autor flamenco inédito en España —o eso creo—, amigo de otro Brecht, Evens, con el que guarda no pocas similitudes. Ambos tienen un interés especial en el color, y ambos están muy metidos en el mundo del arte contemporáneo, al cual acuden en sus historias. Evens ha llegado más lejos en su experimentación, y tiene un dominio más claro sobre el medio, especialmente en lo que se refiere, precisamente, al color, uno de los más espectaculares que he visto últimamente en un autor de cómic. Eso no significa que Vandenbroucke sea manco, claro. De hecho, esta colección de historias cortas, White Cube, me ha sorprendido mucho.

Son historias breves de una o dos páginas, siempre mudas, protagonizadas por dos personajes idénticos, dos tipos calvos que viven y duermen juntos, a lo Epi y Blas, pero que parecen hermanos gemelos, o, en realidad, un recurso narrativo: no tienen personalidades diferenciadas y los dos son igual de cabrones. La gran mayoría de historias son bromas a costa del arte moderno, el de la abstracción y las galerías de exposiciones, aunque Vandenbroucke también juega con obras antiguas, como el David de Miguel Ángel. Este concepto, el juego, es la clave de White Cube —que se refiere precisamente a una galería de arte—. No es una obra iconoclasta, no busca destruir ni hacer escarnio del arte contemporáneo. Al contrario, participa de él y explota el lado lúdico que yo creo que tiene y desde el que habría que analizarlo. Los dos hermanos, clones, o lo que sean, disfrutan admirando el arte e interactuan con él en imaginativos ejercicios de estilo metalingüísticos: colocar un cuadro de la luna sobre el sol hace que se haga de noche, por ejemplo.

En unas pocas páginas, para mí de las mejores, los dos tipos se dedican a martirizar a un pobre chaval que pretende ser artista. Bueno, más o menos: en realidad es un niño pequeño que se divierte dibujando. Son las páginas en las que Vandenbroucke da rienda suelta a su mala leche; el tono, en general, es mucho más amable, un humor más… surrealista no es la palabra, pero se le acerca. Y en otras ocasiones se entrega a su vena lírica, o experimenta con diferentes estilos de dibujo.

También son destacables las ilustraciones: hay un par a doble página excelentes, y sobre todo, una recreación de El grito que me ha vuelto loco.

Y es que una búsqueda rápida en Google nos descubre a Vandenbroucke como un ilustrador sorprendente, con gancho, que se divierte con lo pop sin complejos, y abigarra sus obras con infinidad de figuras y una composición de colores audaz. Sus historias en cómic no son exactamente así pero se insertan en la misma idea artística, una en la que el mensaje se diluye intencionadamente y el goce estético y la diversión están en un primer plano. En cualquier caso, es un representante interesante de una de las tendencias más recientes del cómic europeo, a la que pertenece el citado Evens y algunos de los autores de Nobrow, por ejemplo, y que mira más a otras artes que al pasado del propio cómic, lo cual suele fructificar en obras frescas y desprejuiciadas como este White Cube, cuya edición española en libro de tapa dura y formato grande le viene como anillo al dedo.

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