Ode to Kirihito, de Osamu Tezuka.

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Que Osamu Tezuka es uno de los dos o tres autores más importantes de la historia del cómic es casi indiscutible, en mi opinión. Lo es por la calidad de sus obras en primer lugar, pero también por muchas otras cosas, por la importancia que ha tenido en el medio. Siendo jovencísimo sentó las bases narrativas del manga con un par de tebeos, que fueron inspiración de todos sus seguidores. Su aportación a la industria del anime también fue decisiva, y, una vez que apareció el manga adulto, el gekiga, ya en plena madurez, se adaptó increíblemente a los nuevos tiempos y fue publicando un puñado de obras alucinantes. El autor que consigue uno de estos logros puede considerarse un genio, pero Tezuka es otra cosa. Tezuka lo hizo todo. Se me ocurren muchos autores que han dibujado obras de la calidad y la importancia de Adolf, por ejemplo, pero es que Tezuka tiene decenas de obras de calidad semejante.

Si nos centramos sólo en su época de producción para adultos, hace poco se publicó en castellano El libro de los insectos humanos, un cómic excelente, pero el que acabo de leer en su edición en inglés, Ode to Kirihito, creo que me ha gustado incluso más. Como aquél, es un thriller lleno de personajes y tramas, pero aquí todo se sustenta en los conocimientos de medicina de Tezuka, porque la historia arranca con el descubrimiento de una misteriosa enfermedad que hace que los seres humanos se transformen progresivamente en criaturas perrunas hasta que mueren. La mayor parte de los protagonistas son médicos que buscan desesperadamente la cura para la enfermedad de Monmow —así la llaman—, bien por su interés profesional, bien por verdadero altruismo. La apasionante trama puramente médica, centrada en la pugna entre los partidarios del origen vírico de la enfermedad y los que la consideran endémica, se entrelaza con las peripecias de Kirihito Osanai, el doctor que acaba sufriendo la enfermedad en sus carnes.

Yo veo este tipo de obras de un modo similar a los grandes novelones realistas del siglo XIX, y de hecho como una gran novela se presenta la edición que he manejado: un solo tomo de más de ochocientas páginas en tapa blanda y de un tamaño un poco mayor que el del tomo manga al uso. Pero no es sólo por eso: Tezuka arma una historia monumental, llena de giros, pero que no pierde nunca la dirección. Y engancha muchísimo, como los buenos thrillers. Sus personajes son complejos y verdaderamente adultos, o lo que yo entiendo por adultos: llenos de dudas y debilidades, con matices, contradictorios a veces, egoístas otras. Capaces de perder la cabeza ante la presión, o de volverse locos, y que no podemos clasificar fácilmente como “buenos” o “malos”. En realidad, es que leyendo a este tebeo estas categorías no tienen mucho sentido. Un ejemplo: uno de los protagonistas, el doctor Urabe, lo primero que hace es violar a la prometida de Osanai.

Tezuka, cuya obra está llena de valores, sin embargo evita el moralismo deliberadamente y penetra en la condición humana a través de una enfermedad que, aparentemente, nos desproveé de ella. Hay cierta crítica al poder del dinero y a la desmedida ambición profesional, e incluso se adelanta a su tiempo al emplear el cómic para mostrar la sociedad de su tiempo: uno puede hacerse una idea bastante certera de cómo funciona el sistema sanitario y su jerarquía en una sociedad aún muy tradicional como era la japonesa de los primeros 70, o qué posición debían tener las mujeres en ella.

En su concepto de la obra larga y cerrada Tezuka es totalmente contemporáneo: hoy algo como Ode to Kirihito no tendríamos ningún problema en considerarlo una novela gráfica, porque además es genuinamente adulta, más allá de las escenas sexuales —que las tiene—. Es además una obra en la cumbre de su carrera. Tezuka llevaba dibujando más de treinta años ya, en su mayor parte produciendo mangas infantiles y juveniles. La naturalidad con la que pasó de eso a la obra adulta es muy llamativa, y aunque en Japón no es un caso único, apenas tiene comparación en autores occidentales; Will Eisner es el único que me viene ahora mismo a la cabeza. Por otra parte, el despliegue de recursos narrativos es impresionante: inventa soluciones constantemente, varía incluso su clásico estilo de dibujo y demuestra —si es que hacía falta— que es un dibujante brutal que podría si quisiera dibujar de manera realista, aunque no le haga ninguna falta. Y tiene un par de secuencias de pesadilla que, si las dibujara un autor contemporáneo hoy, nos parecerían el colmo de la vanguardia.

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También me pregunto qué hay de diferente entre el mercado japonés y el americano o el europeo para que los grandes maestros, en lugar de ir a menos, no paren de crecer durante toda su vida. Porque aunque la lógica nos dicte que a más experiencia, mejores obras, la realidad es que estamos hartos de ver a dibujantes que son exprimidos en su juventud y que a los cuarenta ya han hecho lo mejor de su carrera. Quizás sea una cuestión cultural, o de concepción de la obra, pero lo cierto es que Tezuka no es el único caso. Tanto él como Ishinomori se superaron a sí mismos en los 70 y 80; Jiro Taniguchi dibujó sus mejores tebeos entrado en los cincuenta años; y eso por no hablar de Mizuki, que está, con más de noventa, mejor que nunca. No lo sé, pero me gustaría leer algún día un estudio sobre esto, porque me parece muy significativo. De momento, lo que voy a hacer es recomendar la lectura de Ode to Kirihito a los que leáis en inglés, y para los que no, a ver si se anima pronto alguna editorial española.

ACTUALIZACIÓN: Me dicen un par de personas (Pablo en el primer comentario, entre ellos) que sí hubo edición española, a cargo de Mangaland, aunque supongo que no será nada fácil encontrarla a estas alturas, más que en algún saldo en librería especializada.

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