Beowulf: primeras impresiones.

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Como ya sabréis casi todos, hoy es el día oficial de lanzamiento de Beowulf, la nueva novela gráfica de Santiago García y David Rubín. Con tiempo —quizás con más del que suelo tomarme, porque tengo que madurar muchas ideas— haré una reseña en condiciones, pero no me resisto a soltar algunas cosas, así, en caliente, aún un poco abrumado, con la segunda lectura recién terminada.

–          Beowulf demuestra una vez más el increíble poder del mito y las historias esenciales y puras. Son las historias que nos hemos contado siempre y que nos seguimos contando hoy en día, porque en ellas está, básicamente, todo lo que somos.

–          Rubín y García han sido capaces de mantenerse fieles al texto original y ofrecer una historia tan pura y visceral como lo era aquél, pero, al mismo tiempo, Beowulf es un cómic increíblemente sofisticado. No se trata de mantener un equilibrio entre ambas cosas, porque no están enfrentadas: en realidad lo segundo contribuye a lo primero.

–          David Rubín ha vuelto a pegar otro salto increíble. Y me sorprende mucho, porque ya venía de dar otro considerable con El héroe, una obra, a mi juicio, por encima de lo que había hecho hasta entonces. Es alucinante que, sin apenas tiempo entre El héroe y Beowulf, Rubín haya sido capaz de inventar tantos recursos nuevos, y ajustar su estilo en un tono que es nuevo, pero que parece que lleva años practicando.

–          El trabajo de García con el texto original es igualmente remarcable. He releído hace poco el poema, en previsión de la lectura del cómic, y aunque el argumento sea básico y todo se organice en torno a los tres monstruos que enfrenta Beowulf, no es nada fácil condensarlas, ni elegir qué frases se quedan literales, cuáles se adaptan y cuáles quedan fuera. El ritmo del texto del tebeo, con frases cortas y contundentes, es perfecto.

–          También creo que dan en el clavo al poner en el centro de todo el deseo de inmortalidad, de obtener la eterna gloria. Es algo que tenemos grabado a fuego en nuestro ADN: la necesidad de trascender, de ser recordados, de que quede algo de nosotros cuando nuestro cuerpo muera. Es lo que impulsa las religiones, pero incluso los que somos ateos lo necesitamos. Convertirse en historia para ser inmortal. O crearlas, que en el fondo puede ser lo mismo; pero ya desarrollaré esto con calma.

–          Beowulf me ha recordado a Nela de Rayco Pulido. Ambas son adaptaciones de textos literarios pero al mismo tiempo son obras profundamente personales en las que sus autores se depositan sin reservas. Y ambas son adaptaciones hechas no desde una posición de inferioridad con respecto al material original, sino desde el convencimiento de que el potencial del cómic para desarrollar cualquier historia es inmenso.

–          Beowulf es un cómic. Es de perogrullo, claro, pero no me refiero sólo a una definición, sino a su espíritu y a las herramientas que se utilizan. En Beowulf hay cosas que sólo pueden hacerse en un tebeo, pero además hay algo que intentaré analizar a su debido tiempo, sobre su densidad y sobre el ritmo narrativo. Porque la gesta de Beowulf podría contarse en muchas menos páginas, pero aquí no se trata sólo de contar, en el sentido de que avance una historia, no es sólo eso. No hay necesidad de que cada página cuente algo, porque hay mucho más que puede y debe hacerse, y la secuencia, como explica el propio García, no tiene por qué ser lo que defina al cómic.

–          También se demuestra que en el cómic, e incluso en el cómic adulto contemporáneo, todavía hay espacio para los géneros clásicos de aventuras. Pero es preciso abrir caminos nuevos, dejar de repetir clichés y dejar de intentar aplicar fórmulas imitativas del cine o la televisión. De nuevo, la clave está en ser consciente de en qué medio se trabaja y llevarlo a nuevas cotas.

–          Dicho todo esto, en el fondo lo más importante es que Beowulf es una lectura apasionante. Emociona y conmueve, y pone el corazón en un puño. Yo hacía mucho tiempo que no leía un cómic con esta sensación primaria, absorbido por completo y sin pensar en nada más. Uno se da cuenta de la cantidad de cosas alucinantes que hay en sus páginas, pero en una primera lectura, como debe ser, lo que importa es dejarse llevar y vivirla. La potencia gráfica de Beowulf, esa atmósfera sucia, llena de manchas, la paleta de colores que elige Rubín, ese país solitario, frío y despiadado que recrean él y García, la violencia y la oscuridad medievales… Beowulf vale tanto por lo que cuenta como por las emociones que transmite.

Creo que con esto me he quitado el mono de escribir sobre Beowulf. Pero ya digo, espero volver sobre él con un texto que le haga, o por lo menos lo intente, justicia. Porque es algo muy grande.

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