Cesc (sin palabras), de Cesc.

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No querría que entre todo el aluvión de novedades que están apareciendo en este tramo final de año —y especialmente en lo que respecta a Astiberri, que está echando el resto con una traca final de lujo— se perdiera este librito que acaba de salir: Cesc (sin palabras). Cesc es un humorista gráfico como la copa de un pino, de ésos a los que le tocó trabajar en una época en la que había que tener mucho cuidado con lo que se dibujaba y que invitaba al costumbrismo y al chiste inocuo antes que a la crítica de cualquier tipo.

Pero Cesc además de ser un dibujante extraordinario, de ésos que con cuatro líneas pueden expresar un mundo, era inteligentísimo, y supo colar goles a la censura. Este libro es una recopilación de muchos de sus viñetas mudas —lo cual facilitaba su publicación en medios extranjeros— realizada por Jordi Duró. Son viñetas que oscilan entre lo tierno y lo amargo. La mayoría requieren de una segunda mirada para pillar el juego, y ésas son mis favoritas: las que aparentemente parecen una imagen normal pero que revelan el chiste al ser leídas más que miradas. En ellas demuestra un conocimiento de los mecanismos de la imagen y el humor gráfico notables.

No se queda ahí la selección. Hay viñetas que retratan la sociedad española en pleno desarrollismo y proceso de macro urbanización: los automóviles, las aceras invadidas por coches, los cables de alta tensión y los bloques de vivienda megalíticos de catorce plantas. En éstas, hay cierta amargura, cierta sensación de pérdida de algo indefinible. Y también hay otras en las que con bastante osadía y sutileza denuncia la desigualdad, el abuso del poder y el hambre que aún había en una España que, oficialmente, se jactaba de haberla erradicado —una actitud no muy diferente al negacionismo de la miseria que exhibe el gobierno actual, por cierto—. El pobre pidiendo en un laberinto, el militar condecorado solitario en un podio con un enorme «1», el obrero jugando un partido de tenis con el potentado en una pista con las medidas trucadas: torpedos invisibles que impactan donde pueden.

La capacidad para la metáfora visual y el juego conceptual son las dos grandes bazas de Cesc, que puede que hoy esté algo olvidado, pero que yo sitúo a la altura de Chumy Chúmez, Summers o Forges, con los que compartió espacio en algunas revistas de la transición, como Por Favor y Hermano Lobo. Pero el trabajo de Cesc tenía algo diferente, sobre todo cuando prescindía de palabras. Algo más universal, o más europeo, al menos. Y me ha alegrado mucho que Astiberri haya publicado este libro, que además, incluye un índice de la procedencia de todas las viñetas —hasta donde la documentación lo permite— y un buen texto que contextualiza el trabajo de Cesc.

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