2013: El estado de la cosa.

En dos días diremos adiós a 2013, y como toca en estas fechas están apareciendo varias listas de lo mejor del año, tanto en el cómic como en cualquier otro medio. Yo no soy mucho de listas, la verdad. De hecho, creo que nunca he hecho una. Pero este año el cuerpo me pide decir unas palabras, quizás porque posiblemente ha sido el año en que más cómics he leído, pero también porque cada vez tiendo a pensar más en el cómic como medio y como industria, y éste es un momento tan bueno como cualquier otro para hacer balance. O quizás lo que pasa es que es domingo por la tarde, me aburro, y hace varios días que no escribo nada. Así que voy a empezar con unos apuntes sobre cómo están las cosas a día de hoy, y luego, repasaré qué es lo que más me ha gustado del año.

Voy a empezar con una revelación que os dejará helados: 2013 ha sido un año durísimo. Por mucho que insista Mariano, la crisis continúa, y va destruyendo puestos de trabajo, pymes y hogares por igual. No son, desde luego, buenos tiempos para el consumo, y menos para el consumo de algo innecesario como la cultura. Pero esto es algo que acusan por igual cine, literatura y música. Lo digo porque alguno hay que quiere aprovechar el mal momento para criticar la calidad del cómic español o cargar contra las editoriales por lo mal que hacen las cosas. Y sí, claro, se habrán cometido errores, habrá mucho mejorable, pero, eh, las cosas en su sitio. Esto está siendo un infierno para todos, y hacer las cosas bien, o incluso perfectas, te puede llevar al mismo resultado que al que las hace mal: la quiebra total.

Sé que a veces ser optimista se confunde con ser ingenuo, pero sinceramente pienso que, en líneas generales, la cosa iba por buen camino. Aunque con la que ha caído encima, nada puede ir de verdad por un «buen camino». A lo máximo que puede aspirar una editorial ahora mismo es a capear el temporal y seguir en pie cuando escampe, si es que escampa. Pero se están publicando buenos cómics, se está editando mejor que nunca —de verdad, no es optimismo papanatas, echad un vistazo a vuestras estanterías y ved qué atrocidades se hacían hace tan sólo diez años—, y se está progresando en asignaturas que siempre se consideraron pendientes, como la promoción y la llegada al público general, ese El Dorado que siempre tuvo la industria del cómic, esa meta inalcanzable por la que editores y autores suspiraban en los noventa. Pues bien: aquí estamos. Ya hemos llegado a esa meta que hace una década parecía la salvación, y quizás no somos del todo conscientes de lo que ese cambio significa para el mercado del cómic. Romper el nicho del «comprador de cómic» y llegar al «comprador» permite la existencia de nuevos formatos y nuevas temáticas que antes, simplemente, no interesaban a un número suficiente de coleccionistas. Y significa también aspirar a más. Y eso sólo puede interpretarse como algo positivo, creo yo, aunque haya gente que piense que el hecho de que el cómic «esté de moda» sea algo malo. Sobre esto hay mucho que decir, pero no es el momento. Tal vez otro día.

A lo que voy es a que creo que cada vez hay más gente que lee cómics. De verdad. Ojo, leer no significa pagar por leer. Y no me refiero solamente a la piratería, sino a bibliotecas, préstamos y regalos varios. Yo creo que cualquier comprador asiduo de cómics ha podido experimentar en su entorno un cambio significativo en la manera en que sus allegados observaban su afición. Se ha pasado de la indiferencia, la condescendencia o directamente el cachondeo a un interés genuino por los cómics. Resultado: que todos acabamos teniendo a nuestro alrededor tres, cuatro, cinco personas, amigos o familiares, que nos piden un cómic de vez en cuando, que nos preguntan por ellos, que cuando vienen a casa echan un vistazo y suelen llevarse alguno. Puede que no los compren, sí, pero los conocen y los valoran. Y podrán comprarlos en un futuro, o se los regalarán, les hablarán a otros de esos tebeos que les han gustado. Se está creando, dicho en otras palabras, un público sólido. Eso que se destruyó a fines de los ochenta hasta dejar reducido el mercado potencial del cómic a dos mil o tres mil coleccionistas hacia los cuales los editores dirigían todo lo que publicaban —y si no me creéis revisad entrevistas de los noventa—. Podemos seguir suspirando por la época en la que un cuadernillo de aventuras vendía cientos de miles de ejemplares en un mes o podemos mirar de dónde venimos, cómo eran las cosas hace una década, y así quizás nos demos cuenta de que no estamos, ni de lejos, tan jodidos como en los noventa. Que es bueno ser crítico, pero a veces, cuando escucho opiniones acerca de lo mal que está todo, la poca importancia que tiene el cómic y demás, me pregunto si he vivido en el mismo planeta que esa gente durante las últimas tres décadas.

Quizás el problema es que a veces se siguen repitiendo mantras a los que todos nos hemos acostumbrado dentro del «mundillo». Cuestiones que eran ciertas hace quince años ya no lo son tanto, pero siguen siendo verdades que se repiten y amplifican de manera muy negativa. Que a estas alturas todavía podamos encontrarnos declaraciones de profesionales asegurando que en España apenas hay producción propia y que los autores tienen que «emigrar» a otros mercados para publicar no tiene sentido. Porque cada vez tenemos más producción propia, y cada vez hay más gente que se gana la vida —sí, el gran tabú, eso que nos decían que JAMÁS sería posible— dibujando. A veces parece que estamos más cómodos en la permanente insatisfacción de lo inalcanzable que disfrutando de los logros que se van consiguiendo.

Por otro lado, quizás es algo muy nuestro considerarnos los mejores pero. El victimismo y la conspiración que son tan convenientes para esquivar la autocrítica: algo que, precisamente, vimos en toda su magnitud este año con el fiasco de la candidatura madrileña a los Juegos Olímpicos. Y luego está el otro extremo, claro: suspirar constantemente por la industria francesa en lugar de compararnos con otros países europeos, incluso con algunos con economías mucho más fuertes que la española. Si lo hiciéramos veríamos que el cómic español no está en mal lugar, precisamente.

Otro síntoma de la mejora del paciente es la atención mediática que genera el cómic. ¿Por moda? Hombre, claro, en buena medida sí. Como las series de televisión, el rock indie o lo que se tercie. Pero ahí está. Todavía hay menosprecios, errores de bulto y chorradas, por supuesto, pero menos que hace unos años, donde sistemáticamente cada artículo sobre tebeos era un disparate. Hay programas de radio, se está llegando al ámbito universitario y al divulgativo, cada vez hay más publicaciones serias sobre cómics. Y hay más eventos, más presentaciones, más charlas, más sesiones de firmas… Eso es bueno. Aunque no uso el presente continuo de manera casual: se está mejorando, pero queda mucho por hacer. Todavía pasan cosas que no deberían pasar, se cometen errores y hay muchas chapuzas, e incluso, sí, a veces esa atención que recibe el cómic puede ser contraproducente a pesar de ser bienintencionada. Pero lentamente se mejora, o eso pienso yo.

Acabemos volviendo a donde empezamos: la crisis. Porque habrá quien se pregunte, no sin cierta razón, que cómo puedo decir que las cosas mejoran si pese a todo lo que he explicado sabemos que muchos agentes del mercado editorial español están pasando por momentos muy malos. ¿Cómo cuadra eso, que es cierto, con el buen momento del que hablo yo? Es muy complejo. El negocio editorial tradicional tiene una serie de mecanismos bastante poco flexibles en tiempos de crisis, tiene demasiados actores y muy poco margen para las editoriales —no digamos ya para los autores—. Un fracaso siempre tiene más repercusión que un éxito, y, eso es verdad, los best-sellers del cómic todavía están lejos de los literarios, a pesar de que, ojo, las tiradas medias están muy a la par. Pero, en cualquier caso, el momento creativo me parece excelente. ¿Mejorable? Hombre, ¡claro! No se trata de caer en la autoindulgencia, en el «somos los mejores» que decía antes, todo puede mejorar, se pueden hacer aún mejores tebeos. Pero se están haciendo muchos buenísimos, y negarlo creo que no tiene mucho sentido. Otra cosa es que no sean del gusto de ciertos aficionados y coleccionistas, pero eso, creo, lo que hace es evidenciar que el medio es cada vez más amplio, y que no todos sus sectores funcionan igual. De hecho, creo que el mercado del comic-book cada vez está más alejado del de la novela gráfica, que es lo que ahora, principalmente, se produce en España, y tienen menos impacto el uno sobre el otro. Y esto se aplica a todo, incluyendo a los autores. El que quiera dedicarse a dibujar superhéroes, me temo que tendrá que trabajar para el mercado americano —algo que hoy, en todo caso, es mucho más sencillo que hace unos años—, porque lo que mayoritariamente se está haciendo en España es otra cosa. Como se hace en todos los países donde se producen cómics, por cierto: por muy fuerte que sea la industria francesa, no tiene superhéroes propios que compitan con los de Marvel o DC.

Al final quiero quedarme con una idea que ha surgido varias veces este año conversando con amigos: vivimos tiempos que requieren compromiso, esfuerzo y trabajo, para que este buen momento creativo no sea algo pasajero y se asiente de verdad. Cada persona involucrada en el medio debería hacer examen de conciencia, medir sus aspiraciones y sus fuerzas y saber a dónde quiere llegar. Hay que trabajar, trabajar mucho y bien. Mejorar, hacer buenos cómics, para que luego lleguen otras cosas. Es el momento de definirse, de posicionarse en el mercado y tomar decisiones. Nadie está obligado a dibujar tebeos. Hay otras ocupaciones más lucrativas, pero eso es algo que va a pasar siempre. Lo que creo que hace falta es que cada cual encuentre el motivo por el que hacerlos. O venderlos, publicarlos, o hasta escribir sobre ellos. Si no nos gusta lo que hay, cambiémoslo. La crisis del sistema clásico puede dar lugar a otros modelos, como de hecho está pasando. Pero siempre necesitaremos una base innegociable: que haya buenos cómics. Y eso creo que lo hay, como intentaré demostrar en el  texto siguiente.

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