El hijo, de Mario Torrecillas y Tyto Alba.

el hijo

Acabo de leer El hijo, una novela gráfica de Mario Torrecillas y Tyto Alba que publicó Glénat en 2009, el mismo año en el que los mismos autores, junto con el dibujante Pablo H., produjeron Santo Cristo, un tebeo que leí el año pasado y que me encantó. El hijo quizás no llegue a su altura, pero también me ha gustado mucho.

El hijo es una historia de la posguerra española, en la que Matías busca a su madre, internada en un manicomio tras ser entregada por su propio marido como pago en una apuesta jugando a las cartas. Cuando llega a la institución descubre que su madre se ha fugado junto a otros locos, y sale en su busca. Pero El hijo es más que una aventura, y la experiencia de Matías, construida basándose en vivencias personales de Torrecillas, es el medio para ahondar en cuestiones más profundas.

Lo que más me ha impresionado es la atmósfera tan opresiva que consiguen los autores. Alba dibuja con una soltura que le permite quebrar la línea o remarcarla con furia expresionista, y que me ha recordado a Blain, y escoge una paleta de colores seca, apagada, en consonancia con la España que describen ambos, tan llena de manchas negras como muchas de las viñetas de El hijo. Es una obra que asfixia durante la lectura. Es además sucia y grotesca, en la línea del tremendismo de los años 40 en los que transcurre la acción. El manicomio, un lugar sórdido con sus propias y siniestras reglas, se convierte en metáfora de la propia España de posguerra, negra y deprimente, sin espacio para la alegría o la esperanza. Un lugar de vencedores y vencidos, de locos calificados como tales, muchas veces, por apartarse de la norma social, y de médicos y monjas franquistas sin piedad. Aunque en algún momento he tenido la sensación de que Torrecillas se pasa de frenada con algún personaje que cruza con alguna frase la línea de lo verosímil, en general funciona perfectamente como alegoría y tablero donde dirimir, sin subrayarlas obviamente, más de una disputa ideológica. Va más allá de república contra autoritarismo: para mí, el tema principal de El hijo en este terreno es el choque entre la mentalidad científica y la mágicorreligiosa. La nueva psiquiatría, simbolizada, paradójicamente, por la monja Ángela —el personaje más interesante en mi opinión—, contra la superstición y la pacatería moral, que culpa de los trastornos mentales a los pecados cometidos o incluso al demonio.

También es una historia de lucha contra los fantasmas familiares por parte de Martín, que ve cómo la sombra de la locura se cierne sobre él, cada vez más cerca, a través de las visiones de su padre muerto y del temor a que la enfermedad de su madre se reproduzca en él, ya que por entonces aún se pensaba que muchas patologías psiquiátricas eran hereditarias. Esa obsesión a veces lo aplasta y genera alrededor un ambiente pesadillesco, reforzado por la irrealidad del paraje.

Sexo crudo, violencia brutal y sobre todo una mentalidad malsana, depravada, de valores morales perversos en una España de vencedores y vencidos en la que todos habían perdido. Eso en El hijo queda claro. La deformación de los rostros de los personajes refleja la de sus sistemas de valores, que vuelven a la edad media.

Hay más cosas aún, en El hijo, y de hecho puede que haya alguna de más, porque un par de tramas y escenas quedan desdibujadas, desubicadas en el conjunto. Pero no importa demasiado cuando lo verdaderamente esencial de este cómic son otras cosas, que tienen más que ver con lo emocional e ideológico que con lo narrativo, entendido esto de modo clásico.

Últimamente no puedo evitar deprimirme un poco al leer obras así. Hay una exageración consciente en El hijo, necesaria además para alcanzar lo que se propone, pero también mucha verdad, tanto en la historia personal de Matías como en el escenario que se dibuja. Esa asfixia moral, esa bajeza perversa y vengativa de los ganadores, existió, y dio forma a un país sin esperanza ni piedad, que explica, queramos o no, buena parte de lo que somos hoy. Cuando se quiere olvidar el pasado nunca es porque fuera bueno.

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