Planeta Tierra, de Aisha Franz.

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Planeta Tierra es una obra de apariencia modesta, y en esa condición reside su mayor arma. Aisha Franz es muy joven, y hasta ahora su obra se alojaba en la historia corta y el fanzine. De esa inexperiencia hace virtud en una novela gráfica que abraza con convicción la escritura íntima trasladada al cómic. «Me gustó la idea de dejar de dibujar “bonito” y “perfecto” y busqué una forma más honesta para expresarme», dijo Franz en la interesante entrevista que le hizo Elizabeth Casillas y que puede leerse en la revista Cactus. Y ahí está la madre del cordero. Tradicionalmente, en el cómic se ha consagrado como valor casi absoluto, con devoción luterana, el trabajo del autor, la perfección de su dibujo. Alabamos las horas que pasaba Hal Foster frente al tablero para terminar cada una de sus planchas y sospechamos del que es capaz de liquidar una página en un rato. Sólo ahora —y cuando digo ahora en realidad quiero decir en los últimos veinte o treinta años— empezamos a cuestionarnos si la perfección técnica no puede matar la espontaneidad y lo personal que un autor deposita en su tebeo. Es algo que está en el ambiente, que creo que han empezado a interiorizar muchos autores, y que de hecho hace poco hablaba con amigos de la profesión.

Hay muchas personalidades diferentes, muchas maneras de trabajar y muchas maneras de llegar a Roma. A mí Príncipe Valiente me puede llegar a emocionar, no tiene que ver con eso. La cuestión es que en determinadas historias, en determinados momentos para determinados autores, el acabado acabaría con su frescura. Cuando uno se está confesando no puede pararse a comprobar que cada frase está en su sitio. Y lo que importa es que a Franz le funciona. Dice que renuncia a «una organización de páginas “más profesional”». No sigue ninguno de los pasos previos que recomienda cualquier manual de creación de cómic al modo clásico. Hace un pequeño boceto previo de la página y se lanza a ella, y a veces ni eso, según va ganando confianza. Es un método que desde luego no funcionará para todos los autores, pero cuántos autores no se agobian y se bloquean innecesariamente por empeñarse en seguir una manera de trabajar más clásica.

Planeta Tierra —que es, por cierto, la incomprensible traducción que ha hecho La Cúpula de Alien, en su, por lo demás, excelente edición— está dibujado solamente con lápiz, y a Franz le basta para crear una atmósfera propia y personal. Las viñetas pequeñas —en un libro ya de por sí pequeño— sugieren intimidad y confesión. Las sombras y texturas son manchas de grafito. Un dibujo así, claro, tiene sus limitaciones para según qué géneros, pero aquí tiene una posibilidad que Franz explota muy bien: es un dibujo que parece inacabado, que está abierto, pero que al mismo tiempo tiene una fisicidad casi táctil, porque no oculta los materiales con los que ha sido creado: lápiz y papel. No es un dibujo que pretenda ser fotografía, fotograma o ni siquiera realidad. Y por eso puede deformarse, o deshacerse para volver al magma del garabato y la mancha, en algunas de las mejores escenas de este cómic.

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Esa indefinición también le vale para moverse entre el costumbrismo más convencional y un simbolismo personal con mucha naturalidad. Las tres protagonistas, la madre que se siente fracasada y se enfrenta a lo que podría ser si hubiera escogido otras opciones, la hija mayor, que descubre la amargura de una vida adulta de la que quiere escapar, y la hija pequeña, abandonada por sus mayores, y que por tanto debe descubrir sola su propia identidad… y sexualidad. A través de un alienígena que no hace nada, que no se comunica ni se relaciona con su entorno, y que parece casi una mancha del lápiz.

No hay lecciones ni soluciones a los dilemas de las tres generaciones, ni catarsis, ni revelaciones sanadoras. No las hay porque Aisha Franz, conscientemente, elige seguir uno de los caminos que la autobiografía o el relato confesional ha seguido en el cómic, de la mano, sobre todo, de Chester Brown: textos de apoyo mínimos —en el caso de Planeta Tierra inexistentes—, y nada de narrador convencional. Ese hermetismo impide la moraleja obvia y genera en el lector una incertidumbre sobre lo que está pasando que, aunque inquietante, asegura una participación más íntima en el relato. Queremos comprender a estas mujeres, pero para hacerlo estamos solos: a nosotros corresponde atribuirles motivos o razones para lo que hacen, o decidir qué están pensando en cada momento.

Los defectos de este cómic, que los tiene, no importan demasiado frente a sus logros. El precio de la espontaneidad de Franz es un par de páginas algo confusas —la secuencia en la que la hija pequeña ve por la ventana a su madre, fumando en el jardín— y una referencia demasiado directa y obvia —el fantasma de la madre hablando con ella desde el televisor—, pero se paga con mucho gusto, ante la altura de sus logros. Al librarse de una carga que nadie tendría por qué cargar involuntariamente, ha conseguido transmitir de forma tan directa como es posible cosas que siempre se pensó que no pueden dibujarse, precisamente despojando el dibujo, involucionándolo. Y sin embargo estoy bastante seguro de que Aisha Franz dejará pronto atrás Alien, porque se le intuye el mismo potencial de mejora que a muchos otros coetáneos suyos que se mueven en un paradigma nuevo y diferente.

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