La tumba de Bruce Lee.

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Que algo se está moviendo en el cine marginal español creo que está fuera de toda duda, ya sea por la crisis galopante, por las posibilidades técnicas —cada vez hacen falta menos medios para rodar una película por tu cuenta— o simplemente porque la gran industria no puede o no quiere acoger determinadas propuestas demasiado arriesgadas. O quizás son los creadores, o al menos algunos, los que quieren jugar con reglas nuevas y no ceñirse al camino de siempre. Aunque, por supuesto, cine de bajo presupuesto y alternativo ha habido desde hace mucho tiempo, sólo que no lo llamábamos low cost, calificativo del que habría que reflexionar, por la manera en la que en lugar de centrarse en lo artístico y cultural —como sí hacen alternativo o underground— define el cine que abarca por su bajo coste económico.

Pero mejor dejo eso para otro día y me centro en La tumba de Bruce Lee, obra del colectivo Canódromo Abandonado, que hace gala de varias de las características comunes de todo este movimiento, si es que no es demasiado pronto para calificarlo así: fuerte presencia en internet, donde difunden sus piezas, financiación del largometraje por crowdfunding, y una sólida relación con otros proyectos similares: sus tres miembros son habituales, por ejemplo, de las creaciones audiovisuales de Manuel Bartual.

Está claro que algunas cuestiones presentes en La tumba de Bruce Lee tienen que ver con el presupuesto, pero lo interesante es que la transgresión de la norma va mucho más allá del número de cámaras, la fotografía o los efectos especiales: si vamos a actuar en los márgenes, hagámoslo, primero, en los márgenes narrativos. Y ahí, en lo abrupto y lo ininteligible, es donde se sienten a gusto los tres componentes de Canódromo. La tumba de Bruce Lee tiene una estructura lineal más o menos clásica, si se reduce al argumento: una pareja española llega a Seattle a pasar unos días. Ella va para participar en un curso sobre liderazgo, y él para cumplir su sueño de estar cerca de la tumba de su ídolo y modelo en la vida, Bruce Lee. Una vez allí, ninguna de las dos cosas, aparentemente sencillas, lo serán tanto, aunque ambos se encontrarán, cada uno por su cuenta, con el mismo gurú que les ayudará en sus búsquedas.

Lo extraño y excepcional en esta película está en el tono, en cómo nos altera la conciencia con la sensación de que el viaje a Seattle —un Seattle desdibujado, sin grandes panorámicas, sin tratarlo como un lugar cool— es también un viaje interior. Pero con una retranca tan sutil que en ocasiones parece ni estar ahí, en la constante sensación de irrealidad, o de realidad alterada tan propioa del posthumor. Sin miedo a usar el adjetivo a la ligera, hay escenas surrealistas, que dejan un poso de desconcierto que, al final, es lo que perdura de la película cuanto termina. No es que no haya escenas escabrosas, pero lo que deja mal cuerpo de verdad es la incertidumbre.

En La tumba de Bruce Lee queda claro que en realidad la búsqueda de cada protagonista es la misma. Ambos buscan símbolos que se les escapan, y proyectan ellos sus frustaciones y miedos. Piensan que les basta con conseguir eso para que su vida eche a andar como por arte de magia. Persiguen sombras y quimeras, una desde una posición engañosamente proactiva —porque en el fondo es dependiente del reconocimiento externo— y él desde una postura pasiva. Por eso funciona tan bien la aparición de un gurú que con una cháchara entre lo incomprensible y la autoayuda de todo a cien guía hacia ninguna parte a los dos protagonistas, hasta que pasa… lo que tiene que pasar. Y hay en todo esto una mezcla muy interesante y para nada inocente entre el mundo de la empresa y sus códigos lingüísticos y esa autoayuda yupie que en el fondo participa del mismo espíritu individualista, predador e insolidario. Me ha recordado, porque la cabra siempre tira al monte, a los cómics de Marcos Prior y Danide.

Todo el armazón de La tumba de Bruce Lee se vendría abajo sin el buen hacer de los tres actores de Canódromo Abandonado. La inexpresividad hierática que le imprime Julián Génisson a su personaje es perfecta para construirlo con el hermetismo que necesita: no sabemos nunca qué le está pasando por la cabeza, y de hecho casi sabemos más de él por lo que dice su pareja, una contenida Lorena Iglesias que clava los matices de su personaje. Completa el trío Aaron Rux, que en su interpretación del guía espiritual no sólo está fantástico, sino que le da el contrapunto histrión-sin-pasarse perfecto a la actuación de sus dos compañeros, y además firma una banda sonora acojonante, como en él es habitual, con ecos de la mejor música electrónica y un sentido narrativo claro.

Es verdad que la mejor baza de la película, el desconcierto que genera, puede jugar en su contra al principio. Es cuestión de que su fuerza venza nuestras defensas naturales, nuestra resistencia a lo extraño. Yo tardé unos quince minutos en dejarme llevar y desistir en intentar explicarme qué coño estaba viendo, para simplemente disfrutar de la locura. Igual que uno tiene que forzar el cuerpo hasta hacerse un poco de daño para mejorarlo, viene bien darle caña a la mente con obras como La tumba de Bruce Lee, para que aprenda, la muy capulla, que en la vida casi nunca te dan las cosas hechas.

El extraordinario cartel de la película es obra de David Sánchez.

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